Las fotografías de Oswaldo Ruiz (Monterrey, NL, 1977) que se exhiben en la Galería Luis Adelantado de la ciudad de México poseen más presencia como objetos en sí mismos, que como representaciones de algo más. El artista retrata paisajes presentados como si fuesen puestas en escena. Las imágenes se construyen a partir de una corporalidad tangible, con masa y sombra, iluminadas con luz teatral.
El papel fotográfico es tratado como tela en su construcción física sobre un laminado de acrílico. La superficie mate posee texturas tenues, casi imperceptibles, aunque aterciopeladas, cuestión que enriquece la emoción al observar las figuras que se concentran bajo esa poderosa luz. Existe una fuerza de tensión que emana de las fotografías de Oswaldo Ruiz, en cuanto parecen irrumpir en un espacio más allá del marco. En otras palabras, tanto las figuras que posan en su entorno dentro de la foto como el espectador que acoge la obra ven alterada su relación al no poder inhibir una fuerza de atracción entre ellos. Aun con la parsimonia con la cual parecen exhibirse los objetos en el escenario, se percibe cierta vibración que solamente puede traducirse en dinamismo afectivo, aquella sensación que se produce cuando experimentamos una emoción, que, en este caso, es estética.

La exposición gira en torno a la Frecuencia natural, término de la ingeniería mecánica que se refiere al nivel de libertad o restricción de movimiento de ciertas estructuras que sostienen el peso de otras en las construcciones. Entonces, además de la fuerza física que emana de los objetos retratados, las fotografías de Oswaldo Ruiz exhalan vigor a partir de la tensión generada por un equilibrio perfecto de fuerzas en movimiento y en resonancia. El efecto es de una amplísima experiencia de regocijo frente a las imágenes extrañamente inertes en su apariencia, pero que son impulsadas por una constante vibración armoniosa. La serie que retrata las enormes torres cilíndricas de piedra, construidas en Irlanda entre el siglo VIII y el XII, capta el momento en que la estructura vertical se erige imponente, rodeada de árboles, sombras y siluetas de tumbas construidas a su alrededor. Se percibe una calma que es intensa, mas no apaciguada; un silencio a punto de reventar, pues los contrastes de luces en los cuerpos generan una sensación de explosividad dentro de la oscuridad casi absoluta. Destaca de entre las imágenes de las torres, aquella a la que no se puede acceder de noche, pues se encuentra en la “isla sagrada” a la cual sólo se permite visitar durante el día. Oswaldo Ruiz retrata la isla con la torre que sobresale desde un punto lejano, otorgándole una visibilidad casi prohibida a una oscuridad total en cuyos márgenes solamente se logra apreciar la sombra de la vegetación que rodea a la construcción.
En otra sala se muestra un grupo de fotografías que retratan magueyes, en los que, al mismo tiempo que su tallo o quiote está en pleno crecimiento, muere la planta que, todavía por un período bastante largo, continúa erecta, aunque estéril. Los fondos oscuros de la fotografía realzan las partes iluminadas de la planta milenaria que exhala su último aliento al dar vida al quiote, que, a su vez, dispersa sus semillas y fenece en la gloria del cumplimiento de su misión. Si bien existe una analogía entre la construcción vertical de las round towers y los quiotes, las torres son los receptáculos en donde alguna vez hubo vida humana que se refugiaba en ellos, o vigilaba desde su altura de treinta metros o almacenaba granos y comida; el quiote, en cambio, vibra en un movimiento imperceptible en su lento crecimiento, pero se retrata en la culminación de su existencia. Ambas formas se erigen hacia el cielo, mientras un entorno casi siniestro las envuelve en una oscuridad parcialmente iluminada por la luz artificial con las que impregna el artista los objetos retratados.
Una pieza que nos detiene en el recorrido es un video que parece permanecer sin alteración alguna y que muestra desde un solo punto fijo la toma del interior de la cárcel irlandesa de Kilmainham, construida en el siglo XVI y reconstruida tres siglos después bajo los parámetros de hipervigilancia, impartidos por Jeremy Bentham y su idea del panóptico, en el que se puede tener una vigilancia de todos los reclusos, sin que éstos sepan que son vistos. A lo largo de los seis minutos que dura el video en loop, las luces de los pasillos se van apagando paulatinamente, hasta que el vestíbulo central, rodeado por las celdas que actualmente albergan un museo, queda en tinieblas, solamente para encenderse todas las luces al mismo tiempo, y así reiniciar el proceso ininterrumpido por las luces, que van extinguiéndose nuevamente.
Otro video, dispuesto como instalación, retrata a una jardinera decorativa detrás de una reja, aunque moviéndose libremente y acompañada por la voz casi monótona de una cantante que hace vibrar el entorno con una nota sostenida que logra generar una resonancia que provoca la sensación de un movimiento continuo que rima con el vaivén de las plantas que se extienden sobre el muro de más de diez metros.
Existe una concordancia e ilación entre las obras expuestas en Frecuencia natural, en donde la plasticidad de la fotografía le otorga cierto pictorialismo a la obra, al mismo tiempo que la constante vibración se mantiene en un equilibrio perfecto.
LUZ SEPÚLVEDA
