Las fotografías que Luis Márquez –artista, folclorista, productor y versátil empresario– tomó a los bailarines que llevó de México para que se presentaran en la Feria Mundial en 1940, expuestas hace unos días en el Museo de Arte de Queens, plantearon nuevos y productivos interrogantes sobre cómo y por qué el arte y la cultura mexicanos se hicieron tan deseables para el público estadounidense durante esa época. En las fotografías de los bailarines, ataviados con trajes tradicionales y posando entre la imponente y moderna arquitectura de la feria, Márquez enmarcó la cultura folclórica de México como claramente vigente, reestructurando el pintoresco viejo México como productos de consumo y entretenimiento actualizados.
La exposición de trajes de la colección de Márquez en la primera de dos galerías –que, como era debido, no se exhibieron como artefactos etnográficos sino más bien como moda, en el mismo tipo de maniquíes utilizados en los almacenes por departamentos– daba a entender cómo la riqueza material y visual de estos trajes, y de los tipos de productos tradicionales mexicanos presentados (como vimos en las fotografías de la segunda galería) en el Pabellón mexicano, debe haber llamado mucho la atención, si se comparan con la agresivamente moderna arquitectura de la feria. Las muchas fotografías que el artista tomó de la arquitectura de Manhattan y en los terrenos de la feria (sin modelos ni figuras) eran las que estaban exhibidas sobre las paredes de la primera galería, que rodeaban sus trajes.

El evidente placer que le causó a Márquez la modernidad de los rascacielos de Manhattan y los pabellones de la feria se transmitió a la perfección en esta primera galería, donde los curadores llenaron tres paredes con fotografías de Nueva York y los terrenos de la feria tomadas por Márquez mientras estuvo allí trabajando para el Gobierno mexicano durante el verano y el otoño de 1940. Las fotografías, desprovistas casi por completo de líneas del horizonte y figuras humanas, presentaban la arquitectura moderna como superficies tersas y ángulos dinámicos, independientes del paisaje y/o de la escala humana. En las fotografías de Manhattan percibíamos de manera profunda el punto de vista del fotógrafo, a medida que inspeccionábamos con él, a través de la escultura de , en la Plaza Rockefeller, el rascacielos que se elevaba hacia el cielo. En las fotografías de los pabellones y el Trylon y la Periesfera (un punto focal arquitectónico de la feria) Márquez fundió la arquitectura temporal de la feria en brillantes efectos superficiales, geometría flotante y logotipos corporativos incorpóreos. Vistas nocturnas del edificio de la General Electric iluminado con luces fluorescentes y de neón y la torre del edificio Westinghouse nos ayudaban a imaginar cuán fascinante debe haber sido para los visitantes de la feria mirar estos símbolos arquitectónicos de progreso.
Que la autenticidad de la cultura tradicional fue adoptada como la socia inevitable de estas visiones progresistas de modernidad durante la década de 1930 es un hecho ampliamente conocido. La presencia de maniquíes con vestidos tradicionales de México nos dio la entrada, en una forma teatral (y suntuosa), a las fotografías de la galería contigua: hombres y mujeres en trajes tradicionales mexicanos, que habían posado en diversos lugares de las instalaciones de la feria. También nos recordaban la incapacidad de una exposición de simular el notable espectáculo de encontrar una tehuana en el modernista contexto cubierto de blanco de la Feria Mundial (aunque existen, sin duda, muchas situaciones contemporáneas que simulan experiencias similares de un encuentro fabricado, al estilo Museo de Disney, con un Otro racial o de género). Y nos recordaban la proximidad de la etnografía y los museos, y el comercio y el entretenimiento.
En muchos sentidos, la segunda galería era el foco temático de la exposición, aunque podría decirse que las fotografías de la primera eran el grupo más fuerte de la producción de Márquez, con su extrema sensación de drama y refinamiento modernista. En esta galería encontrábamos a los bailarines fotografiados en trajes típicos en diversos puntos de la feria. Una tehuana aparecía posando junto a la piscina mientras observaba una enorme estatua de Ben Franklin en el Pabellón de Estados Unidos. Un hombre con un traje huichol estaba sentado con su bastón y su sombrero en la mano, delante del Trylon y la Periesfera, frente al edificio de la General Motors. Los elaborados trajes de estos modelos, que posaron para mostrarlos, se veían modernos y teatrales frente a las eclécticas arquitectura y escultura de la feria, de colores blanco y dorado. La habilidad de Márquez como productor teatral era obvia en la gama allí exhibida. En otra serie fotografió a sus modelos posando con marineros y guías turísticos de American Express (jóvenes blancos con uniformes de tipo militar); y en una serie de tomas más íntimas, chinas poblanas posaron en los jardines que rodeaban el Pabellón Japonés, flirteando con marinos estadounidenses con sus blancos uniformes recién planchados, o con un hombre vestido de mariachi. Todas estas poses eran, en cierta forma, empalagosas y melodramáticas, tomadas del cine y de revistas de celebridades. En otra serie más se mostraba todo un curso de cadetes de Westpoint en formación, como filas y filas de diminutas figuras, frente al Pabellón de Estados Unidos.
El número de interrogantes académicos planteados por los curadores de la muestra, Itala Schmelz y Ernesto Peñaloza, es considerable. Parece obvio que escurridizas y complejas nociones de género y raza contribuyeron a las enigmáticas imágenes de identidad nacional plasmadas por Márquez, y ése es un tema que amerita más estudio. También parece increíblemente importante, desde la perspectiva de Estados Unidos (que es desde donde yo escribo), considerar cómo la popularidad comercial de la cultura mexicana coincidió con una ola de violencia racial en Estados Unidos, que, entre otras cosas, dio como resultado la primera ola del movimiento chicano por los derechos civiles. Dicho esto, el tema de la cultura como antídoto fabuloso para problemas sociales reales fue planteado a la perfección y en una forma estimulante al sacar a la luz a Márquez, en toda su complejidad.
HARPER MONTGOMERY
