Exposición Individualjun 2011 - ago 2011· Por Carla Zaccagnini

Fernanda Gomes

Centro Cultural São Paulo

El Centro Cultural São Paulo, originalmente proyectado como biblioteca pública, fue inaugurado en 1982 en el marco de lo que representaba en ese entonces el parisino Beauburg. El edificio, construido entre dos avenidas, cercado, entrecortado y recubierto por jardines, no tiene nada de la asepsia o la monumentalidad que caracteriza a los museos –especialmente los de arte– y otros grandes edificios públicos. Al contrario de subir imponentes escaleras, el visitante casi resbala hacia dentro del espacio construido, pasando de la calle al interior sin sobresaltos. Y tal vez sea ése uno de los secretos del público diverso que lo caracteriza y lo diferencia de otros espacios donde se acostumbra mostrar y ver el arte contemporáneo. Las paredes de vidrio, la tubería a la vista, las omnipresentes columnas metálicas coloridas de azul, el piso originalmente de mosaico verde y ahora pintado de gris alto brillo, el techo bajo y las lámparas que faltan, no guardan nada del llamado cubo blanco. Es, al contrario, lo que se suele llamar ‘un espacio complicado’.

Exposición Individual: Fernanda Gomes — imagen 1
Fernanda Gómes. Sin tÍtulo, 1999. Platos de porcelana, hilos de lino. Diámetro: 19 cm. (7 ½ pulgadas).

Es en ese contexto, en la única sala cerrada con el intuito de aproximarse a las condiciones ideales de humedad y temperatura, que se presenta la exposición monográfica de Fernanda Gomes. La muestra se expande más allá de la sala atrapada entre vidrios, empieza, se podría decir, justamente con el uso que hace la artista de esos vidrios que están allí para contenerla. Papeles de diferentes gramajes y en diversos tonos, del blanco al amarillento, cubren gran parte de esa pared transparente creando una superficie que dialoga tanto con la pintura de monocromos y su historia como con las tácticas de encubrimiento de vidrieras usadas por tiendas en reforma o liquidación. La ruptura entre interior y exterior es aún más clara con una pieza de piso en la que dos estructuras de madera habitan ambos lados de los cristales, como si fuera una estructura y su reflejo imperfecto. Desde afuera o desde adentro de la sala siempre parece que se está del lado del objeto y que lo de más allá es simulacro, haciendo con que se transite por la puerta repetidamente sin encontrar el punto de vista ideal.

Ese lugar ideal del observador –ese punto a partir del cual todo se ve o todo se explica, donde las piezas se encajan y una figura de contornos claros se forma– no existe aquí. Los fragmentos, los restos y los detalles agrupados, apilados o alineados, siguen siendo lo que son: ladrillos; lámparas; pedazos de madera, papel, hilo o vidrio; polvo de café o tierra. Pocas son las obras cuyas partes se condensan o solidifican en una forma cerrada. Un paracaídas abierto sobre el piso que forma un círculo sobre el que flotan pares de platos atados con un hilo que les da la vuelta muchas veces y termina colgándolos del techo. Papeles de cigarrillos fumados pegados unos a otros para formar una nueva superficie, pendiente, desarmada. Un lápiz con dos puntas atado al cielo raso por una línea que lo abraza y sigue hacia abajo. Un vaso cilíndrico sobre un espejo de mismo diámetro y lleno de agua hasta la boca, donde el contenido, por pleno, se hace invisible.

Aun en esas obras, la forma sigue tenue, trémula, incompleta o quebradiza. En otras, para las cuales hasta componer una descripción es difícil, la tensión entre la individualidad de cada material y la lectura de un conjunto está todavía más presente. El observador, sin encontrar el mejor ángulo, se pierde entre un deseo de entender esos fragmentos desparramados como vértices de una figura conocida, de unir en una composición lógica o nominable los elementos que se repiten, y la atención a cada elemento, sus variaciones sutiles de colores, las acciones y los equilibrios que los mantienen donde están.

La percepción es pendular, incierta, inquieta. Y se hace imposible recorrer la muestra sin preguntarse dónde termina el gesto de la artista: si es o no parte de la exposición ese cuadrado de espuma gris sobre el banco del guardia y el vaso de plástico bocabajo sobre una madera junto a la columna; si están o no en exhibición las cajas de obras apiladas más allá de los paneles que delimitan el espacio principal de la sala, más acá del reflector que ilumina un cristal y lo transforma en espejo. O, tal vez más fundamental, preguntarse qué es lo que cambia, si es que algo cambia, con ese gesto.

Salimos de la sala encristalada mirando las cosas de otra forma, buscando esa misma suspensión, ese dibujo inacabado en otros lados. Una lata olvidada junto a una escalera apoyada en la pared, la organización circunstancial de la basura en el cesto, un papel aplastado encontrado en el bolsillo, se transforman en potencia. Y tal vez sea ahí donde termina aquel gesto, tal vez sea en este otro lugar y en este otro momento donde produce un cambio.

CARLA ZACCAGNINI

Fernanda Gomes, por Carla Zaccagnini | artnexus