Doris Salcedo

Plegaria Muda, 2008-2010. Madera, compuesto mineral, metal y pasto. 96 unidades como se instalaron en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de Ciuad de México. Abril 9 - Septiembre 3 de 2011. Foto: Jason Mandella. Cortesía de Alexander and Bonin, Nueva York y White Cube, Londres.

Instalaciónjun 2011 - ago 2011· Por María Belén Sáez de Ibarra

Doris Salcedo

Plegaria Muda

Ciento sesenta y seis mesas sobre las que se posa tierra del campo –plena de raíces y humedades–, en bloques arrancados al suelo con palas filosas que dejan su perfil en ellos. Los contiene otra mesa invertida a través de la cual se abre paso yerba que crece; esa yerba de monte que se trepa y todo lo cubre. Mesas de los más pobres. Cada una de ellas es singular y todas hacen parte de lo mismo. Ataúdes hechos con lo que hay disponible en el momento mismo de la urgencia de dar sepultura a cada uno de los cuerpos queridos hallados en una fosa común.

Salcedo acompañó a un grupo de madres de jóvenes desaparecidos, campesinos de Soacha vecina de Bogotá –Colombia–, en el arduo transcurso de la búsqueda de sus hijos por todo el país. Estos muchachos serían hallados en fosas comunes 1. Sus muertes han sido vinculadas a las investigaciones judiciales alrededor de los “falsos positivos” –más de tres mil casos en investigación en la actualidad–, donde se presumen asesinatos por parte del Ejército colombiano que “dio de baja” a población civil, haciéndolos pasar como milicianos de la guerrilla2.

Instalación: Doris Salcedo — imagen 1
Plegaria Muda (detalle), 2008-2010. Madera, compuesto mineral, metal y pasto. 96 unidades como se instalaron en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de Ciuad de México. Abril 9 - Septiembre 3 de 2011. Foto: Jason Mandella. Cortesía de Alexander and Bonin, Nueva York y White Cube, Londres. Detalle.

“Al destaparse la fosa común, para esas madres se detiene el tiempo”. Insistentemente viene a mi mente esta frase de Doris Salcedo, que me dijo en una de las visitas que hice a su taller, en donde me acogió con el generoso gesto de abrirme algunos de los pensamientos que acompañaron el complejo proceso de elaboración de esta, su última instalación escultórica, Plegaria muda (2008-2010): imagen de la fosa común y rito de un funeral en donde Salcedo misma ha socavado la tierra con una pala para esculpir estas sepulturas. Un funeral en el que “[…] espero restituirle a cada muerte su verdadera dimensión, y así permitirle el reingreso a la esfera de lo humano de estas víctimas desacralizadas […]”. Un intento de hacer acontecer un lugar de memoria, como ella lo señala y lo nombra.

En Plegaria muda el tiempo está detenido, atrapado en el silencio. El tiempo se ha detenido en “un instante de peligro”, que se revela como un relámpago fugaz en donde el pensamiento se detiene, se interrumpe el continuum de “la historia” cristalizando un plano de tensiones en una entidad completa en sí misma, una singularidad, un lugar de memoria que no es un presente como tránsito, sino que es también futuro y es pasado. Como enseña Walter Benjamin3, uno de los pensadores (como Celan, Valéry, Lévinas, Derrida, Agamben) que, en palabras de Salcedo, “han dado forma a mi obra y guiado mi intuición durante estos años”: la historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el que está lleno de “tiempo del ahora”. 

El “tiempo del ahora” de Benjamin es un tiempo extrañado que hace saltar ese continuum de los historicistas que llamamos progreso. El continuum del proyecto del progreso que cree en una secuencia de acontecimientos, de causa y efectos, en donde la humanidad misma avanza infinitamente hacia adelante en pos de su perfección que no se detiene. El continuum mismo es lo que llamamos progreso. El progreso es el relato de los vencedores. La catástrofe misma. Y hacer saltar como una liebre ese continuum, detenerlo, interrumpirlo, fracturarlo, es sacar a la historia de su apatía: apoderarse de un recuerdo para dejar ya para siempre inscrito en el futuro y en el pasado, en el ahora como mónada, ese instante de peligro en donde pudimos haber sucumbido a la complicidad con el poder; el lugar y el tiempo del conformismo, para en cambio encontrar un lugar y un tiempo para rememorar al vencido, al pobre. Doris Salcedo llama a este acontecimiento que se cristaliza en su trabajo, la historia de los sin nombre: “de los que no tienen nada salvo la vulnerabilidad de su piel […]; de aquellos que han sido destituidos y expulsados del género humano […], los que habitan en la periferia de la vida, en el epicentro de la catástrofe, en el silencio, en el vacío generado por el olvido”.

Plegaria muda, en palabras de Salcedo durante la conversación que sostuvo con José Luis Barrios en el Museo de Arte Contemporáneo Universitario de la UNAM (México), “enfrenta el duelo represado y no elaborado a la muerte violenta reducida a su total insignificancia y cuando además forma parte de una realidad silenciada como estrategia de guerra”. Es un duelo a la muerte violenta misma y “[…] a los muertos que tampoco estarán a salvo del enemigo, si este vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer” (Benjamin).

Así, pues, el lugar de memoria que propone Salcedo en su trabajo está comprometido con la tarea de promover un verdadero estatuto de la excepción (a los atributos de lo humano). Que prevalezca siempre en cambio de “la excepción” –como paradójicamente es la regla actual4 – un proyecto de lo humano: un humano como forma-de-vida, como lo presenta Giorgio Agamben. Éste es un hombre que dentro de sus atributos está comprometido con la felicidad, y un hombre que no es solamente puramente “en acto”, lo que le sucede y lo que vive, sino que lo define su potencia, lo que puede llegar a ser, el más ancho mar de lo que es posible. Es decir, la potencia de su pensamiento en cuanto, como sostiene Agamben, “sólo si en lo vivido y comprendido por mí están en juego en cada momento la propia vida y la propia comprensión –es decir, si hay en este sentido pensamiento–, una forma de vida puede devenir en su propia facticidad y coseidad forma-de-vida en la que no es nunca posible aislar algo como una nuda vida”5.

El tiempo discontinuo del “tiempo del ahora” de los desposeídos, ese lugar de memoria, de resistencia, está comprometido con la esperanza. El futuro se abre no como un tiempo vacío sino el tiempo lleno de la posibilidad donde en cada instante pudiere irrumpir el Mesías. José Luis Brea quizá hubiera hablado aquí para ese lugar de memoria de “contramemorias”6: “algo que está plenamente interiorizado, algo que ha pasado de ser repertorio adquirido, inventario de almacén, al ser la propia arquitectura de la máquina, el motor de su energía […] produciendo sus rescates únicamente como proyecciones de una fantasía comprometida que siempre piensa el mundo de emancipación que nunca ha dejado de anhelar, el proyecto de un futuro posible en el que verlo cumplido”. Es una memoria que, como la del ángel de Benjamin que mencionara Salcedo en su conversación con Barrios en el MUAC, vuela siempre hacia adelante, aunque lo haga con los ojos vueltos hacia atrás: para la “contramemoria” en todo pasado, aun el que presencia el ángel de la historia con los ojos desorbitados y fijos en las ruinas de la barbarie que crecen hasta el cielo y en los muertos imposibles de despertar, “se enuncia la pasión de un provenir nunca realizado pero aún y siempre pugna por cumplirse”. 

La yerba de Plegaria muda busca la luz en el sol que está por salir en el cielo de la historia.

Plegaria muda es el título del reciente proyecto de Doris Salcedo, que se encuentra hoy en el Museo de Arte Universitario de la Universidad Autónoma de México (MUAC), comisionado por la Fundación Gulbenkian de Lisboa y el Museo de Arte Moderno de Malmö (Suecia), curado por Isabel Carlos. Continuará su recorrido hacia la Fundación Calouste Gulbenkian (Lisboa), el Museo de Arte Moderno de Malmö (Suecia), el Museo Nacional de Arte del siglo XXI (Roma) y la Pinacoteca del estado de São Paulo.

NOTAS

1. Las fosas comunes han sido utilizadas en el conflicto armado colombiano y en todo el continente por parte de todos los actores del conflicto.

2. Un sistema de recompensas y beneficios del Ejército colombiano se asignaban a soldados y oficiales a cambio de cuerpos “dados de baja en combate” durante la administración del presidente Uribe Vélez, en el marco de su política de Seguridad Democrática (2002-2010). Esta circunstancia se ha vinculado a estos asesinatos en las investigaciones en curso por parte de la Fiscalía y la Procuraduría. También existen informes de que estas prácticas del Ejército se han venido conociendo desde el año 1994. 

El 27 de mayo de 2010 Philip Alston, relator especial de la ONU para las ejecuciones arbitrarias, en informe presentado tras su visita a Colombia, en junio de 2009, denunció que existe “un patrón de ejecuciones extrajudiciales” y que la impunidad abarca el 98,5% de los casos. El informe señala en varios apartados textualmente lo siguiente: “Mis investigaciones encontraron que miembros de las fuerzas de seguridad de Colombia perpetraron un número significativo de ejecuciones extrajudiciales en un patrón que se fue repitiendo a lo largo del país [...] Aunque estos asesinatos no fueron cometidos como parte de una política oficial, encontré muchas unidades militares comprometidas con los llamados ‘falsos positivos’, en los cuales las víctimas eran asesinadas por militares, a menudo por beneficio o ganancia personal de los soldados [...] Generalmente las víctimas fueron atraídas bajo falsas promesas por un reclutador hasta una zona remota, donde eran asesinadas por soldados, que informaban luego que habían muerto en combate y manipulaban la escena del crimen”.

3. Todas las referencias y citas de Benjamin, en Tesis sobre la historia, Ediciones Desde Abajo, 2010. Bogotá. Publicado por primera vez en 1942. 

4. Los despojados de los atributos de lo humano ya somos todos en este orden jurídico actual internacional del “Imperio”, como lo llamó Hard y Negri –qué duda cabe que sobre todo nosotros, en el Tercer Mundo, somos casi un “campo” de excepción permanente–. El “Estado-nación” -aunque hoy en crisis-, y el ordenamiento global policivo basan su soberanía sobre una condición que reduce al hombre a su desacralización en una vida nuda sin atributos. Es cada vez más arbitrario y toda barbarie puede ocurrir justificada en la necesidad de seguridad por todos los medios en la vieja construcción del fantasma del miedo y del terrorismo. Así que esta plegaria muda va por todos y cada uno de nosotros.

5. En: G. A. Medios sin fin. Pre-Textos, 2001. Valencia.

6. En: J. L. B. Las tres eras de la imagen. AKAL, 2010. Madrid.

MARÍA BELÉN SÁEZ DE IBARRA

Crítica y curadora. Directora Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia.

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