Exposición Individualjun 2011 - ago 2011· Por María Malagón Kurka

Clemencia Echeverri

Alonso Garcés Galería

El juego de El Gallo, herencia de un antiguo ritual y punto de partida de Juegos de herencia, le había llamado la atención a Clemencia Echeverri hace diez años, durante un viaje realizado a través de Colombia. En un período de especial dificultad para recorrer el país, ella y un grupo de artistas lograron visitar regiones de difícil acceso, siguiendo y presenciando sus fiestas y carnavales tradicionales. El resultado de tal exploración fue la obra Quiasma: experiencia audiovisual bajo un territorio en tensión (2004). 

En 2008, cerca del 20 de julio, Echeverri regresó a El Valle, Chocó, en compañía de un nuevo grupo de colaboradores; durante una semana fotografió y filmó el desarrollo de la fiesta de El Gallo, y llevó a cabo una serie de acciones, referidas a comportamientos y gestos vinculados a la fiesta, con padres de familia y estudiantes de la población. 

Exposición Individual: Clemencia Echeverri — imagen 1
Clemencia Echeverri. Juegos de herencia, 2011. Videoinstalación con 9 proyecciones de video en alta definición. 3 tarjetas Triple Head 2Go, para MAC PRO con 4 salidas de video. Dimensiones 16.9. Video NTSC. Sonido Dolby 5.1.

Juegos de herencia es una videoinstalación de 24 minutos de duración, realizada con video y sonido (Dolby 5.1) multicanal, a partir de la selección y edición de las tomas realizadas en esta ocasión. En un salón rectangular y oscuro de la galería, el visitante se encuentra con ocho proyecciones sobre paneles de madera de 1,80 x 1,20 metros, ubicados en grupos de cuatro, sobre las paredes paralelas de la sala. Las imágenes son proyectadas secuencialmente y a diferentes velocidades, entre una pantalla y la siguiente. Al fondo del mismo salón hay una proyección circular sobre una sección del piso cubierta con arena, de aproximadamente dos metros. Tal disposición permite a los espectadores seguir la proyección a lo largo de cada pared o turnar su atención entre una y otra, teniendo siempre como contrapunto la proyección al suelo. Provenientes de varios parlantes, los múltiples sonidos –complementarios y en ocasiones independientes de las imágenes– contribuyen a generar una atmósfera tensa y expectante. Adicionalmente, en una sala alterna, están expuestas fotografías digitales también referidas al juego. 

La obra constituye un conjunto cuestionador y revelador con respecto a gestos y actitudes en los que es posible reconocer semillas de comportamientos violentos. En su calidad de collage, además, ésta presenta imágenes y sonidos relacionables entre sí, pero abiertos y sugerentes con respecto a su posible interpretación. 

Tal apertura se explica por algunas de sus características fundamentales: en primer lugar, por la fragmentación y recomposición selectivas, no lineales, ni narrativas de imágenes y sonidos provenientes del juego o relacionados con él: la cabeza y los ojos del gallo vivo, el vendaje de los ojos de algunos participantes, la apertura de huecos, la mano preparada para empuñar el machete, el pie pisando al gallo, los sonidos del tambor, del mar, de la excavación, del machete, y de la gente. 

Se explica, también, por la conciencia acerca del proceso de selección y edición realizado por la artista, aparentemente contingente y discontinuo pero discriminado –resulta tan significativo lo que se ve y se oye como lo que ella se abstiene de incluir–. 

Igualmente, por la recepción por parte del espectador de tales imágenes y sonidos de forma sucesiva, rítmica, superpuesta, repetida y cambiante, que hace que cada uno de ellos sea percibido como un hecho en sí mismo, reconstruido a partir de vivencias personales. 

Finalmente, por la generación de preguntas con respecto a las posibles razones detrás de lo observado y lo escuchado: por ejemplo, del enterramiento del gallo vivo y de los procesos de vendaje; de los criterios de selección y presentación utilizados por la artista; acerca también del propósito del machete y de los huecos; del sentido del tambor y de los gestos, a la vez agresivos y cuidadosos, hacia el gallo. 

¿Son éste y las personas vendadas víctimas del mismo juego? ¿Existen vínculos latentes entre el abuso al que es sometido el gallo y otras formas de expresión violenta? ¿Alude la obra sólo a este ritual convertido en juego, o a un contexto y unas implicaciones que lo trascienden? 

La interrelación de las imágenes y los sonidos, realizados tanto por la artista como por los espectadores, implica un proceso de deconstrucción del juego, de su filmación y de la sociedad. Tal proceso estimula el deseo de comprender el sentido profundo de las actitudes y las actividades seleccionadas en las que se percibe una desensibilización radical frente a la violencia presente no sólo en la fiesta de El Gallo sino también en gestos equivalentes, igualmente recurrentes en otras partes de Colombia y del mundo. 

La obra permite así adoptar una perspectiva autorreflexiva que hace que actitudes y gestos asumidos en ocasiones como familiares y cotidianos adquieran un carácter intrigante, inquietante y perturbador; como consecuencia, incita al reconocimiento y a la comprensión crítica, tanto de lo que subyace a nuestro comportamiento, individual y colectivo, como de las condiciones deformantes –históricas, económicas, culturales y afectivas– en las que éste se arraiga.

MARÍA MARGARITA MALAGÓN

Clemencia Echeverri, por María Malagón Kurka | artnexus