Exposición Individualjun 2011 - ago 2011· Por Christine Frèrot

Carlos Ginzburg

3eme rue Galerie

Carlos Ginzburg (Buenos Aires, 1946) vive y trabaja en París desde hace más de veinte años. Para mostrar sus dos performances recientes, la galería parisina que representa al artista organizó dos exposiciones distintas y sucesivas pero complementarias1. Desde sus primeras acciones en Argentina (Buenos Aires, Instituto di Tella y Cayc, 1969 y 1970), Ginzburg hizo del cuestionamiento a la sociedad, a menudo a través del absurdo, el centro de sus preocupaciones intelectuales y artísticas. Uno de sus proyectos más importantes (por su duración y amplitud documental) consistió en interrogarse sobre el turismo de masas, el comportamiento y el estatus del turista. Artista-intérprete “que viaja como verdadero-falso turista”, realizó muchos viajes a cuatro continentes, entre 1972 y 1982, y, en un impresionante “carnet de viaje”, reunió fotografías, croquis, tiquetes de transporte y cuentas de hotel, habiendo logrado la producción de una obra proteiforme de la cual sólo se perdió una ínfima parte durante la guerra de Kipur. Es así que por medio de la fotografía y, en este caso, de la fotografía seudoturística –jugando al turista y haciéndose fotografiar delante de monumentos turísticos– abordó el tema de la relación con el otro, la distancia entre uno mismo y el otro, la superposición de identidades ficticias y reales a la vez, poniendo en perspectiva crítica y parafraseando la función y la naturaleza del turista curioso, mirón, consumidor consciente e inconsciente, como lo es la mayoría de las veces. El encuentro, la confrontación, la complejidad de la relación con el otro y con la sociedad y, sobre todo, la problemática del estatus del arte son el centro de sus reflexiones. Su trabajo ha estado, desde siempre, articulado en torno a varios resortes conceptuales como la repetición, el texto como signo y objeto, la “normalidad” cuestionada, la cita textual y, a veces, la cita de la cita textual. El efecto de espejo de las imágenes, así como de los sentidos, crea la materia perceptible y palpable de un work in progress sin rupturas intelectuales y constituye la obra de arte en sí, dentro de la más pura filiación de las “actitudes que se convierten en forma”.

Exposición Individual: Carlos Ginzburg — imagen 1
Carlos Ginzburg. Performance sobre la cruz de Jerusalén, 2011. Fotografía tomada en el Museo de Israel © Yves Courroy.

En su última exposición en París, no se trata esta vez de viaje turístico, como tampoco de peregrinación. No obstante, es en Jerusalén, la ciudad de peregrinación por excelencia, donde fue a colocar su cámara fotográfica, en una perspectiva en la que las dimensiones políticas y religiosas se cruzan y se enfrentan, para iniciar un acto a la vez provocador y en interfaz total con la actualidad. Así, pues, se trata de un acto artístico consciente, que toca una problemática existencial, tanto cultural como social, a través de una actitud que ya no es sólo la caricatura o la burla de su reflexión sobre el turismo, sino un acto de injerencia participativa en la realidad que lo rodea y tiene que ver con él. Hablaremos primero de  antes de abordar la segunda fase de su exposición, en el curso de la cual presentó su manifiesto Guillemeter Art Service, “El servicio de citas textuales (“entrecomillado”) que transfigura al Arte, al Hombre, al Mundo”.  En Jerusalem Cross and Bis, Ginzburg plantea el tema del diálogo entre los tres monoteísmos, unidos en su nacimiento, y nuevamente en guerra hoy en día. Durante la semana que pasó en diversos barrios de Jerusalén, el artista fotografió, delante de los edificios más emblemáticos de la Ciudad Santa, a cualquier persona que aceptara posar con una pancarta escogida por ella misma, en donde se leía la palabra ISRAEL escrita vertical y horizontalmente por Ginzburg, sin ningún estetismo, con una M que se formaba en el punto en donde se cruzaban las dos R. Como vemos, se trataba de un entrecruzamiento, tanto material como simbólico, de las tres religiones y las tres culturas: judía, cristiana y musulmana, dentro de un escenario cargado de sentido. Cada pancarta, del tamaño de una hoja A4, estaba suspendida en un rosario que llevaba los símbolos de identidad. Luego siguieron una serie de retratos y un diaporama que fueron presentados en la exposición. La performance de Ginzburg se inscribe en la órbita de los caminos abiertos por el arte conceptual americano de los años sesenta –el arte es un objeto teórico al servicio de un pensamiento conceptual y el “lenguaje” es un “objeto en sí mismo”– así como en la estela de una “estética situacional” en la que el mensaje prima sobre el material y donde el compromiso se sitúa en la escogencia del lenguaje.

El manifiesto Guillemeter Art Service estaba presente en un cajón luminoso que ocupaba toda la vitrina; un sillón, coronado con un par de comillas en aluminio negro sobre fondo blanco, invitaba al visitante a ponerse entre comillas. Esta puesta en escena de la cita textual “Conviértase usted mismo en obra de arte” debe aparecer, según Ginzburg, como un “verdadero-falso” plagio ficticio de su vida, “de sus obras, de sus amigos, de usted mismo, un universal estético aplicable en todo lugar, en cualquier espacio, cualquier época y cualquier cultura”, “ya que el ‘entrecomillado’ debe añadir una plusvalía estética”. El arte, los objetos, nuestra propia existencia, se ven así relativizados según nuestros deseos. Al interior de esta seudodesaparición que se nos propone, tenemos toda la libertad para reconstruir el mundo, pues el “entrecomillado” creado por Ginzburg nos ofrece una abstracción existencial e intelectualmente vertiginosa para imaginar, sin ideas preconcebidas y sin límites, nuestro desdoblamiento hasta el infinito.

NOTA

1. En París, el espacio está constituido por una sola sala. La galería tiene otro espacio en Marsella, en la Cité Radieuse de Le Corbusier (tercer piso).

CHRISTINE FRÈROT

Carlos Ginzburg, por Christine Frèrot | artnexus