Escenas para evitar las pesadillas se titula la exposición individual de la artista de Medellín Angélica Teuta, en la galería Casas Reigner, en Bogotá. Una gran instalación en papel que plantea alternativas tridimensionales a su propuesta de luz y sombras trabajada en las anteriores exposiciones.
El 31 de marzo de 2011 parecía un día correspondiente a alguna cábala. Múltiples inauguraciones alrededor de Bogotá, excelentes artistas, propuestas atrevidas, cautivadoras y reflexivas, pero una sola destinada a evitar pesadillas.
Angélica Teuta, habitante de las redes sociales y de las escenas intermedias, ha construido una carrera caracterizada por un lenguaje sólido fundamentado en el romanticismo. La obra de arte entendida desde la perspectiva de la luz, un concepto aparentemente anacrónico, un compromiso formal con las sombras y, ante todo, una manera tan romántica de sensibilizarse al arte contemporáneo, que se siente incluso suspirar como adolescente ante su primer amor.
Su trabajo resulta increíblemente inspirador, tanto, que las maneras para describirlo son infinitas: delicioso, estructurado, sin espacio definido pero claro, reflexivo, presente y verbalizable. Una obra concebida como instalación, como secuencia investigativa y como exteriorización de procesos íntimos.

La presente exposición, escenas para evitar las pesadillas, se presenta como una secuencia de circunstancias que pertenecen al mundo oscuro de los sueños, y aunque hay cierta literalidad en su estructura, el resultado conserva una homogeneidad lograda a través de un gran bosque tridimensional que entrelaza conceptualmente como una enredadera todas las escenas.
La primera corresponde a la pesadilla de un niño que corre tratando de alcanzar un rinoceronte (de Durero por cierto) y no lo logra. El frenesí, la ansiedad y el desespero de correr por el objeto deseado nos inscribe también en el territorio del desamor. Una lucha desesperada por lograr algo que no está a nuestro alcance, un lugar común que produce escalofríos y una serie de recuerdos que se prefiere olvidar.
La segunda escena parece sacada de los libros de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Una mesa gigante y una sillita dando vueltas sobre una de sus patas. Una situación frustrante: ¡no le llego!, ¡no alcanzo, así trate! Nuevamente, ansiedad, desespero y desamor.
Tercera escena, un increíble bosque de bambú construido con luz, un espacio de reflexión, a la manera de Angélica Teuta, es decir, con el poder de la máquina expuesta, la fragilidad del papel al alcance de la mano y una sencilla puesta en escena que sobrecoge los sentidos.
Escenas para evitar las pesadillas es un lugar para estar bien despierto, porque éstas suceden indistintamente ya sean o no horas de vigilia. Finalmente, todo conduce a un lenguaje para esquivar el malestar de un sueño no deseado, tal como el desamor, la desilusión o el saber que, si yo no hubiera dicho esto, tal vez, no se hubiera acabado. Cábalas para ingresar en el complaciente mundo de la comodidad, donde todo brilla gracias a su luz propia, todo se armoniza con su entorno como si hubiese nacido allí. Pero ésa no es la realidad, y en ésta que a veces sentimos que nos tocó vivir, el tema es más complejo. Sí hay pesadillas porque vivimos enfrentando día a día nuestra inconformidad. Sí hay desamor porque no existe la fórmula secreta para evitarlo. No hay seres perfectos pero sí situaciones que parecieran ideales; en fin, Teuta nos introduce en sus bosques de ficción para recordarnos que tenemos universos paralelos coexistiendo dentro de nosotros y que, indistintamente de nuestra situación geográfica, económica o racial, la pesadilla es un territorio homogéneo, plural y democrático en el cual los escenarios son un gran truco conceptual que nos juega nuestro cerebro.
ESTEFANÍA SOKOLOFF
