Esta no es la primera exposición que pretende mostrar, a escala internacional, la importancia que tuvo la versión abstracta del arte moderno en América Latina. Ni la primera en la que ocupan un lugar destacado las obras aportadas por la Colección Cisneros. Esta exposición le muestra a un público como el español que en América Latina existe una importante tradición moderna –“tradición de lo nuevo”, según la clásica expresión del crítico Harold Rosenberg– y que, por lo tanto, la vigorosa irrupción de los artistas latinoamericanos en la escena globalizada del arte de las dos últimas décadas tiene notables antecedentes. No es rayo en cielo despejado ni una creación ex nihilo, de la nada o desde la nada, aunque fuera de esta última naturaleza la creación defendida programáticamente en su día por los teóricos de la modernidad. O del modernismo, como suelen decir los críticos y los historiadores del arte norteamericano y los que les siguen entre nosotros la corriente.


Esta notable muestra colectiva supone una alteración o una modificación del canon al uso de la abstracción geométrica de América Latina porque incorpora a los cubanos y omite del mismo a los artistas colombianos. Una operación verdaderamente insólita, que tiene desde luego la ventaja de que permite conocer artistas y obras que se nos escapaban a quienes, como es mi caso, podíamos presumir de un conocimiento previo suficiente del arte de esta tendencia desplegado en las escenas argentina, brasileña, venezolana o colombiana. Para mí fue, desde luego, una grata sorpresa descubrir en esta oportunidad los cuadros y las construcciones de artistas como Sandu Darie, Mario Carreño, Rafael Soriano, Loló Soldevilla, José Mijares, Luis Martínez Pedro, Salvador Corratgé o Carmen Herrera. Sus obras, con un promedio de calidad muy notable, pertenecen en muchos casos a la Colección del Museo de Bellas Artes de La Habana y demuestran hasta qué punto el mundo del arte de la Cuba prerrevolucionaria estaba abierto a la influencia de la abstracción y el constructivismo. Tanto a las que venían directamente de Europa, representadas en este caso por las obras de Wassily Kandinsky, Paul Klee o Piet Mondrian, como las que tenían su fuente en las obras precozmente influyentes de Jesús Soto o Cruz-Díez.


Contribuye a la construcción de esta imagen del cosmopolitismo moderno cubano la inclusión en esta muestra de ejemplares de revistas, catálogos de exposiciones y folletos editados en La Habana, como Noticias del arte, Conversación con nuestros pintores abstractos o Pinturas de hoy. Vanguardia de la escuela de París. Y la exhibición de los planos y fotografías de la maqueta del proyecto para la sede de Ron Bacardí, diseñado por Mies van der Rohe, la figura paradigmática, junto con Walter Gropius, de la arquitectura moderna en la América de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.
Cierto, la decisión de incluir en esta exposición a los artistas cubanos tiene como responsable al historiador y crítico de arte cubano Ósbel Suárez, que fue el curador de la misma. Y a él es a quien debe atribuirse también la decisión de compensar la exclusión de la misma de artistas colombianos con la inclusión del colombiano Leo Matiz. Inclusión muy justificada porque él fue evidentemente un fotógrafo moderno, y no sólo por sus opciones estéticas –que son rotundamente modernas–, sino porque unas cuantas de sus fotos expuestas tienen como tema la arquitectura igualmente moderna del Museo Jesús Soto, cuya construcción fue el motivo del regreso en 1973 del artista venezolano desde Paris hasta Ciudad Bolívar, su ciudad natal y la sede de dicho museo. Sólo que esta inclusión no basta para justificar la ausencia en esta exposición de obras de artistas como Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar, Guillermo Wiedemann o Carlos Rojas, cuyas aportaciones al arte abstracto latinoamericano no pueden ser ignoradas por ninguna muestra dedicada a dicho arte mínimamente comprensiva.


Esta exposición también es importante por su propio contenido, que, aparte de incluir obras de Torres García, Tomás Maldonado, Luis Tomasello, Alfredo Volpi, Lygia Clark, Hélio Oiticica, Jesús Soto o Cruz-Díez, incorpora numerosas obras de artistas menos conocidos, aunque de una calidad en muchos casos equiparable. Aquí figura una nutrida representación del Grupo Madi –encabezado por Gyula Kosice–, cuyo reconocimiento no cesa de crecer entre los historiadores del arte de nuestro continente; fotógrafos como Geraldo de Barros y Haruo Ohara, y pintores como Willys de Castro u Omar Carreño.
CARLOS JIMÉNEZ
Crítico de arte y curador independiente.

