Por tercera vez en París1 Álvaro Oyarzún (Santiago de Chile, 1960) está presente en dos importantes exposiciones. Sin olvidar los dos grandes dibujos sobre papel de calcar del interesante colectivo inaugurado por La Maison Rouge sobre el tema del canibalismo en el arte (Todos caníbales)2, en este texto nos centraremos en su individual de dibujos, algunos de ellos con pintura. La Galerie Catherine Putman, especialista en obras sobre papel, presentó trabajos inéditos del artista chileno, cuya observación y análisis exigen una atención sostenida y permanente. En efecto, la especificidad de Oyarzún es la aplicación de un sistema de correspondencias, fusión y diálogo entre texto e imagen, entre texto y dibujo. Para obtener esa nitidez discreta de la forma, él utiliza el rotring y la tinta china negra con una libertad y un virtuosismo de ejecución que le permiten cubrir el espacio con dibujos delicados y ligeros, en un torbellino obsesivo y sin fin en el que hay tanto para leer como para ver. Así, pues, sentido y forma son indisociables en él, impregnados de un humor en el que se mezclan tanto la emoción (tristeza, desesperación, angustia, etc.) –con toda una fraseología de sentimientos cotidianos– como la erudición, con las numerosas referencias literarias y artísticas de las que se sirve, como intermediario, para enunciar sus gustos, disgustos y escogencias, así como su reflexión permanente sobre el arte (“La pintura no es otra cosa que el pensamiento destilado”). Gracias a su dominio y soltura de gesto, muy parecido a una escritura automática, distribuye sobre la superficie del papel todo un prolífico y anárquico de imágenes que no deja de recordar, esta vez sin color, la volubilidad gráfica de un Antonio Seguí.

En la primera sala, se enfrentan dos conjuntos: una instalación y una serie de diez dibujos. Esta presentación en diálogo la escogió el artista mismo, pensando en aquel que mira. Los cerca de ciento cincuenta dibujos de tamaño, soporte (papeles coloreados) y técnicas diferentes (collages, dibujos), que se yuxtaponen a las pequeñas pinturas informales, constituyen una amplia “constelación” (6 m de largo por 3 m de altura, aproximadamente). En este conjunto sin título nada es gratuito, todo está minuciosamente calculado por el artista, que construye su espacio visual para suscitar en el observador un placer estético. Hay también muchos “sainetes”, con uno, dos o tres personajes: pequeños diseños hechos a pluma, en donde cada uno se expresa a través de una burbuja de texto. Aunque eminentemente visual, el discurso de Oyarzún es muy narrativo, y el texto, trazado delicadamente, opera como conductor de sentido. El artista necesita hacer inteligibles sus dibujos, y es por eso que incluye mucho para leer. Las pinturas que aparecen aquí y allá, en concreciones palpables y sensuales, pueden tomarse como transposiciones formales, densas y coloreadas, de sus dibujos arácneos, casi inmateriales, que conforman la trama esencial de una vivencia tanto artística como existencial.
En el muro del frente, diez dibujos en blanco y negro hacen estallar y dispersan las formas. Algunos de ellos siguen mostrando la figura fragmentada, reducida a mil pedazos; otros se apegan a deformaciones abstractas recurrentes en el artista, formas fálicas o vaginales, torsiones de madera nudosa, evocación de la naturaleza y del sexo, dominadas por la justificación constante del texto. El espacio, siempre neutro –el blanco del soporte papel–, es un vacío que sirve de contrapeso al dibujo, tanto simbólica como estéticamente. Las figuras “informes” son como raíces o protuberancias vegetales, una especie de “espectros” que dan una visión trágica y dramática del mundo, pero en la que el humor, el sarcasmo, la causticidad o la ironía están presentes. Un mundo desesperado pero que se regenera permanentemente. El temblor del trazo es también un síntoma de este mundo frágil, en suspenso, nunca estático, siempre en movimiento. Se requiere tiempo para captar las conexiones, para comprender que la fragmentación de las formas debe ser asimilada en su conjunto y que ésta constituye un todo coherente, en permanente revolución. Todo nace y muere a la vez. No existen principio ni fin programados. La obra intitulada Composition(tinta china sobre papel de calcar, 2011, 103 x 106 cm) es sintomática de esta fobia al vacío en la que se confrontan monstruos y fragmentos humanos en una danza macabra, antropofágica o caníbal, a la manera de Bosch y Brueghel o de las esculturas deformes y terroríficas de los capiteles romanos.
La segunda sala presenta esencialmente lo que el artista llama sus “Cartografías temáticas”. Organizados en torno a una gran nebulosa coloreada (pintada), semilíquida, semialgodonosa, los textos se despliegan en el espacio blanco por secuencias visiblemente idénticas y numeradas, en un orden que las une mediante un leve trazo al “cuerpo” central. Ya sea que aborde la enfermedad, los suelos, el arte o los parásitos, Oyarzún propone una organización/desorganización del mundo que la metáfora del núcleo concretiza conceptual y visualmente. Desde los orígenes hasta la destrucción, desde las ansias del amor hasta su fragilidad y su pérdida, de las evoluciones y cambios del arte, nada es constante, y es tal vez en esta parábola, aparentemente desesperada, que se dibuja la perennidad de lo efímero y la de una eterna renovación.
NOTAS
1. Exposiciones colectivas en 2010: en la Fundación Louis Vuitton (de febrero a mayo) y en la Galería de Catherine Putman (de marzo a mayo).
2. Del 12 de febrero al 15 de mayo de 2011.
CHRISTINE FRÈROT
