Exposición Individualjun 2011 - ago 2011· Por Marcela Quiroz Luna

Alex Dorfsman

Museo de Arte de Sonora

La obra fotográfica de Alex Dorfsman procede de una mirada paciente, cierta, sostenida en el aliento de una interrogante cuya respuesta está a punto de ser enunciada pero que, al estar siempre reconfigurándose, termina por no decirse nunca completamente.

En su segunda sede –primero expuesta en el Centro de la Imagen (DF) y ahora en el MUSAS (Hermosillo)–, Dorfsman reúne un rico cuerpo visual bajo las líneas de una narrativa inquietante: This Mountain collapsed and became a bridge. Frase rescatada de una memoria personal del artista al recordar la vista de una maqueta creada por un niño en un curso de verano en Marfa, Texas. Descontextualizada, la frase que narra un acontecimiento que aseguraríamos imposible sugiere imágenes literario-filosóficas de extenso potencial que nos hacen pensar tanto en posibilidades borgeanas como en interpretaciones metafísicas de ascendencia oriental. Emplazada sobre el límpido entorno de las dobles-páginas blancas entre las que se deshoja la muestra como en un extendido libro de artista, la idea de la montaña colapsada convertida en puente se mantiene cerca del espectador en el recorrido de todas las composiciones que Dorfsman abre, página por página, como si estuviera a punto de develar un secreto. Es ésta una de las raras relaciones de convivencia casi ontológica entre el título de una muestra y la obra convocada, así que el tono imaginario que de origen imponen las palabras termina por hacer visibles sus contornos y peso específico a lo largo del recorrido.

Exposición Individual: Alex Dorfsman  — imagen 1
Alex Dorfsman. De la serie Esta montaña se derrumbó y se convirtió en el puente, 2010. Fotografía.

El formato de doble página o libro abierto que ha elegido el artista como encuadre reiterado para estructurar esta muestra de fotografías –la mayoría tomadas en su reciente estancia en Berlín– le permite acompasar sus imágenes entre trípticos, dípticos y un par de imágenes solas, recuperando el origen del proyecto configurado efectivamente como tal, expuesto en 2009 dentro de la Feria Internacional del Libro de Artista en el Centro de la Imagen. Recuperar este formato sobre muro permite que entre las constelaciones de imágenes se hagan sonar ecos y reverberaciones a veces tan intensas que resultaría ya para siempre impensable separar sus existencias individuales sobre el estado de encuentro en el que Dorfsman las suspende. Pronto entiende el espectador la condición anímica que habilita los encuentros de acompañamiento formal y cromático: todo está en la espera; una espera que busca confirmar su despliegue como sensibilidad compartible, un espera improbable.

Entre los cuestionamientos filosóficos que afronta en su ‘novela fragmentada’, La espera el olvido, Maurice Blanchot explicaba sin saberlo el ritmo que enlaza el andar fotográfico de Alex Dorfsman en esta exposición: “Esperar, estar atento a lo que convierte la espera en un acto neutro, enrollado sobre sí, ceñido en círculos de los cuales coinciden el más interior y el más exterior, atención distraída en espera y girada hacia lo inesperado. Espera, espera qué es el rechazo de esperar nada, calma extendida desenrollada por los pasos”.

Como pequeñas confesiones, el artista anuda uno a uno sus pequeños encuentros entre las craqueladuras del óleo en una pintura barroca holandesa y la superficie de un lago arrugado por el viento; entre los reflejos del capelo que cubre el perfil de un faraón egipcio y el diseño que desgaja la piel de un coral. Sus temas son mínimos e infinitos, plantas, animales, arquitectura, objetos cotidianos, fósiles, pinturas, esculturas; todo aquello que sea posible capturar para entender la sutilidad de la transformación que recorre el agua entre su ser estanco, brumoso, burbujeante, fluido, congelado, evaporado, goteante. Es tal la capacidad de atención de la mirada que habita estas imágenes que logra restituirnos, sobre lo discursivamente inconexo de sus fragmentos y colindancias, un espacio de continuidad pura. Sucede incluso que entre los destellos, las superficies, las texturas, formas, tonalidades, sombras, tersuras y opacidades, uno se olvida de la discontinuidad fundante que hace de la fotografía extracto en registro visible sobre lo ‘vivible’; desestimados los referentes, se olvidan las discontinuidades que física y temporalmente deben haber mantenido antes separadas esas figuras. Se olvida que el cuello de una jirafa quizá no tenga ‘nada que ver’ con el quiebre del vidrio sobre el retrato del músico, ni con las varitas encharcadas en los cantos del cuerpo acuoso. Decidimos seguir las recomendaciones de Blanchot sobre la lectura fracturada: “retengamos, pese a todo, que una forma discontinua puede seguir siendo una forma y cargar con el sentido de un movimiento ininterrumpido”. Decidimos creer que del colapso de una montaña inevitablemente nacerá un puente.

MARCELA QUIROZ

Alex Dorfsman, por Marcela Quiroz Luna | artnexus