El estudio del fenómeno de la domesticación del ser humano —conectado, globalizado, y consumido— constituye una de las motivaciones puntuales en la exposición Domesticated Homosapiens in Tradional Costume Circa Twenty-First Century de Ricardo Estanislao Zulueta; sus causas y efectos, arreglos sociales, desdoblamientos, ordenaciones y proporciones. La domesticación, en la obra de Zulueta, implica un proceso de amansamiento del sujeto (omitido), una succión, una calamitosa transformación de las circunstancias en que vive el individuo que lo obligan sutilmente a funcionar siguiendo una horma de pensamiento y/o comportamiento prefijado por la sociedad de consumo, aquella que tiene que ver con la idea de dejarse arrastrar por el afán de acumular objetos materiales e inmateriales a los que se les atribuye cierto valor comercial o formativo, la imagen publicitaria, la categorización arbitraria, y el uso desatinado de la tecnología, y que apela al carácter vulnerable de nuestras emociones para excusarnos de la necesidad de confrontar, rechazar o evadir la naturaleza incierta, acaso mercantil, de las estrategias culturales.

Zulueta fotografía personajes que localiza en diversos circuitos citadinos, hombres y mujeres, cuyo estatus social no se revela de inmediato, sino que se confunde, se licúa en la producción de expresiones y ademanes tangenciales que parecen burlarse del mero patrón sistémico que los absorbe. El artista selecciona indumentaria y gesticulaciones básicas que funcionan como elementos de domesticación, pero que al mismo tiempo se convierten en estímulo para despertar la capacidad "artística" de los sujetos fotografiados, quienes adoptan una larga serie de poses que involucran sugerentes máscaras faciales y corporales, las cuales sirven para liberarlos de una manera creativa del peso de la subordinación y la clasificación. Zulueta disuelve los habituales paradigmas etnográficos en busca de un modelo de organización y tipificación menos rígido que permita agrupar individuos provenientes de diferentes ámbitos socioculturales (personas que están siendo expuestas a procedimientos de segregación y gentrificación constantes, estudiantes de arte, doctores en Filosofía, entre otros agentes sociales) y que, conscientemente o no, pudieran formar parte del equipo amansado, ablandado por la avalancha tecnológica y el cuño consumista.
Del cuerpo amortiguado, sometido a un riguroso entrenamiento correctivo, que, de modo imperceptible, lo limita a funcionar como aparato público de promoción, distribución y marketing, surge una valiosa materia subjetiva que permite al organismo renacer, adaptarse o reaccionar de forma imprevisible. El sujeto oprimido utiliza las propias técnicas punitivas en tanto incentivan la elaboración de espacios anímicos que logran distraerlo, entretenerlo, así como brindarle regocijo pasajero. Contrario a lo que se esperaba, el estudio fotográfico se trastoca en zona de esparcimiento no sólo para el artista que cumple con su papel como director de orquesta sino para los propios individuos amaestrados y, desde luego, el ojo público, que tampoco puede sustraerse de la domesticación. Si nos acercamos a las fotografías cuidadosamente, nos percatamos de que ni el escaso vestuario ni los accesorios confeccionados por diseñadores en boga logran en sí mismos dominar el entorno de representación, sino que aparecen supeditados a la vehemente disposición de las figuras: cuerpos asimétricos que se encogen, se contraen dentro del campo visual, mientras se extienden en otras dimensiones.
Zulueta expone una fotografía de cada personaje de tamaño natural en la pared y una proyección en video que recoge toda la secuencia de imágenes captadas durante la sesión de adiestramiento, y que se encuentra acompañada de una animada música electrónica. La condición performática, teatral y armonizada se acentúa detrás del telón, en un pequeño recinto de la galería. Si bien es cierto que el modelo antropológico que el artista propone nos invita a reflexionar sobre la intrínseca cualidad variable, discontinua, e intermitente de los actos de categorización, también éste opera como un mecanismo que seduce y aglutina, domestica percepciones y sensibilidades, ajusta formulaciones y otros detalles analíticos como si fueran vértebras de nuestra espinal dorsal. Sin embargo, vale aclarar que la obra de Zulueta no tiene relación directa con la quiropráctica. El artista prefiere hacer uso de otras técnicas cognitivas que le posibilitan infiltrarse en varios ¿grupos? humanos y múltiples esferas del conocimiento, burlando barreras, oposiciones, mascaradas.
¿Quién, qué domestica? ¿Zulueta, el público, la sociedad obedientemente acoplada, ensamblada, fracturada? Tales categorías desaparecen, o se disimulan, en el trabajo de Zulueta para que (re)surja el Homo sapiens en su más pura versión, portador legítimo de la sabiduría y productor de interacciones sociales. La domesticación deviene entonces estrategia de rehabilitación o restauración de la sustancia psíquica, interior, del ejecutante que rehúsa ser amaestrado, a pesar de la fragilidad y vulnerabilidad de lo corpóreo, las cisuras originadas por la presión de consumir, los desgarrones. El artista alinea el objeto de estudio, redistribuye el fundamento medular del individuo a través de una certera y bien meditada lista de maniobras persuasivas (oratorias), teoréticas y digitales, para construir una estructura sensorial muy eficaz donde lo artístico ejerce una función disciplinaria que incide en el sujeto dejándole una secuela positiva, y que le permite recrearse frente a la cámara fotográfica, intervenir, modificar, domesticar sus facultades.
DINORAH PÉREZ-REMENTERIA
