Cuando un buen artista muere joven, siempre nos preguntamos cuál hubiera sido su futuro de haber tenido una vida larga y productiva. En las artes visuales esto nos ocurre con Van Gogh. Agon Schiele, Basquiat o Félix González Torres; en la literatura con Rimbaud, Martí o García Lorca; en la música, Mozart o John Lennon. En un nivel local, éste es el caso del artista puertorriqueño Ralph DeRomero, quien nació en Nueva York en 1946 y murió en su patria en el año 2000, y quien logra una productiva y y sumamente ecléctica carrera creativa durante más de tres décadas hasta su inesperada muerte; carrera donde como pintor y escultor dialoga efectivamente con lo que está ocurriendo en la plástica internacional, a la vez que desarrolla sus propios discursos estéticos y éticos, que reflejan de maneras muy diversas su realidad existencial y política.
Aunque DeRomero nunca estuvo entre los artistas apoyados incondicionalmente por la crítica como lo fueron otros artistas de su generación, y aunque nunca perteneció a ningún grupo específico (su conexión/amistad con Rubén Ríos, Peter Gaztambide, Luis Hernández Cruz, y otros, es de todos conocida), el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico decidió organizar una esmerada e interesante exposición retrospectiva, que comenzó en octubre de 2010 y terminó en enero de 2011, logrando que un público mayor y más diverso conociera su obra.

DeRomero era un artista que vivía sus libertades intensamente. Siempre fue una llamativa combinación entre un bohemio y un ciudadano con una conciencia política justa, que decidió recrear e inventar en muchas de sus mejores composiciones, "sus mundos", aquellos mundos que veía y donde interactuaba en una isla tan compleja y contradictoria como lo es Puerto Rico. Es imposible clasificarlo dentro de estilos y corrientes, ya que siempre luchó contra cualquier tipo de definición. Buscaba "su magia" al "traducir" lo que lo rodeaba y lo que se imaginaba, y usaba cualquier tipo de recurso para lograr, en muchas de sus obras, el enigma, la poesía, el reto. En su diario, cuando habla de lo importante que es "Desmembrar las cosas para luego reensamblarlas...", hace claro su análisis de parte de su corpus creativo: "He hecho muchas pinturas extrañas. A veces las vuelvo a mirar y me asombro de que sean tan extrañas. Sin embargo, son bellamente extrañas". Esto no quiere decir que no haya influencias de maestros internacionales en los campos de la neofiguración, el expresionismo y la abstracción, o que la presencia de la figuración de los Maestros de la afamada Generación del 50 (Carlos Raquel Rivera, Domingo García, Tufiño, Osiris Delgado, Félix Rodríguez Báez, Félix Bonilla Norat, Homar) y los que vienen después (como José Rosa, Anaida Hernández y Luis Alonso), o de los abstractos más sobresalientes (Julio Rosado del Valle, Luis Hernández Cruz y, sobre todo, el mejor pintor abstracto de la Generación del 80, José Roberto Bonilla Ryan), no sea claramente reconocible. No obstante, DeRomero logra unos "juegos" estéticos y éticos durante los más de 30 años de producción artística, notables tanto por su contenido como por sus constantes reinvenciones (que se ven claramente desde sus dibujos hasta sus pinturas y esculturas). DeRomero se distingue en la tradición del autorretrato y del retrato (ejemplos, Autorretrato y El Men, ambas de 1976), que en Puerto Rico cobra fuerza desde los cincuenta, con Julio Rosado del Valle, Domingo García, Tufiño, y luego, en los ochenta, con Arnaldo Roche Rabell, Carlos Collazo y María de Mater O'Neill. También se distingue, especialmente durante su estadía en París (1993-95), con sus desnudos de mujer, hechos con lirismo, pasión y libertades genuinas. El artista amaba tanto la belleza física de la mujer como sus enigmas y sorpresas, y en los distintos momentos de su carrera las concibe de múltiples maneras, desde el desnudo "realista" hasta el expresionismo figurativo, la neofiguración y formas semiabstractas.
Aunque señala que "Mi pintura es independiente de todo aquello que la inspiró", DeRomero también logra ser cronista de su tiempo, un cronista con humor y afiladas miradas de lo que le impacta. Para él, sus pinturas "Deben tratar de la experiencia humana". De ahí sus fascinantes escenarios (por ejemplo, Noche de Barrilito y Chesterfield, 1985) donde "traducía" una serie de realidades/ficciones armónicamente fenomenales.
Lo que para este crítico de arte verdaderamente distingue a Ralph DeRomero es su serie (acuarelas y acrílicos de distintos tamaños que pinta desde 1978 hasta 1992), que tituló Aquarium. Además de sus dibujos, esta serie nos deja entender un poco la propuesta del artista. Durante su carrera, DeRomero no sólo va a utilizar todo lo que le convenga para la construcción de sus obras, sino que en Aquarium va a destruir, desmembrar, deconstruir la totalidad de distintos peces —sus coloridas y/o rayadas superficies, sus aletas, sus espinazos, sus agallas, la magia de las aguas— hasta lograr una abstracción llena de movimientos y vida muy suya.
En Aquarium está la esencia de este artista: rebelde y generoso, sin limites, con ganas de experimentar y provocarnos siempre, siempre retando lo que se acepta porque está de moda, por ignorancia, por esnobismo.
MANUEL ÁLVAREZ LEZAMA
