Situar la fotografía en otra narración es uno de los planteamientos que más me interesa en esta exposición. Situarla en la narración de la maqueta, de la instalación, situarla también en el problema del acertijo de la visión. Busco algunas definiciones de narración: relato de historias encadenadas, contar, hacer historia; encuentro un sinónimo un poco escondido: representar.
Y me interesa esa idea de situar la fotografía en otras narraciones, en otras representaciones, porque a pesar de años de discusión sobre la condición posmoderna, parece que todavía tenemos interiorizada la idea —moderna— de ver un objeto fuera de nosotros y representarlo, sin pasar por aquellos que nos hicieron caer en la cuenta de que la palabra está construida por dos: re-presentar. Entonces, la palabra guarda sentidos plegados, como volver a presentar, traer al presente. Los que abrieron esta palabra abrieron también la posibilidad de abrir las fisuras de las narraciones aprendidas sobre nosotros y nuestra historia, y volver poner en el presente objetos, espacios, toda una época.
Esta exposición, por el contrario, muestra una insatisfacción con la idea de representar simplemente. Le plantea al espectador una provocación entre narraciones. Provocación entre la fotografía y la maqueta, entre la maqueta y el espacio de la galería, entre la escala aparentemente antropomorfa pero sutil y radicalmente modificada. Provocación entre dípticos de fotografías que proponen el juego de "encuentre el error".

La idea de la exposición empezó con una fotografía en blanco y negro del archivo de Paul Beer (1904-1979), un fotógrafo alemán que llegó a Colombia a finales de la década de los veinte y documentó la imagen de la ciudad moderna. La fotografía escogida por Consuegra es la sala de una casa con todos los guiños de los años sesenta: amplio espacio rectangular con ciertas inclusiones de texturas como el piso marmolado, el muro de piedra, la marquesina para dar luz a jardines con plantas de interior, tapete y poltronas sostenidas por patas libres para que no interrumpan completamente el espacio, y claro, en Colombia, un Sagrado Corazón repujado en plata enmarcado como un cuadro.
La fotografía de Beer no está en la exposición, es sólo la referencia. Consuegra la situó en otra representación, una maqueta que respeta la escala de grises, una maqueta en la que se re-producen todos los detalles. (Recuerdo los estudios de televisión o de cine. Esta sala-maqueta parece que hubiera viajado desde el pasado para instalarse en la galería).
La maqueta no se podía atravesar. El espectador quedaba afuera porque la escala era aparentemente real. Estaba modificada para dar la ilusión de profundidad, de realidad. El arquitecto Peter Eisenmann rompe con la escala para liberar a la arquitectura de su valor de origen. Libera la arquitectura de la escala humana para localizarla precisamente en otra narración. Libera la idea del hombre como un lugar seguro que no necesita interrogarse. El pensamiento inhumano, dice Jean-François Lyotard, es el pensamiento lineal. Se necesita un hecho anárquico, en este caso, como la modificación de una escala, para situar al espectador en una pregunta; en este caso, una modificación sutil pero agresiva. Creo que si la sala se hubiera convertido en una casa de muñecas no hubiera tenido el mismo efecto en el espectador. En este caso, la sala era casi real, casi puedo entrar pero no me es posible. Resulta una sala-maqueta psicoanalítica: los años sesenta están presentes pero no están. No puedo atravesarlos, sólo puedo pasar por ellos narrándolos de nuevo para seguir a otro lugar.
La confrontación de narraciones en esta exposición continúa en la fotografía de la maqueta, impresionante en sus detalles, y en la presentación de nuevo de las fotografías de otro archivo, el de Manuel H. Rodríguez (1920-2009), un reportero gráfico colombiano que también dio cuenta de la modernidad en Colombia. De nuevo, Consuegra escogió fotografías de espacios interiores: sala con chimenea, un hombre en su oficina, recepción, estudio, bar, secretarias, niños jugando sobre tapetes, sala-comedor, cocina. (La historia es la que cuentan los espacios vividos). Estas fotografías las convirtió en dípticos: la fotografía de archivo al lado de otra modificada en pequeños detalles, para volver a pasar y descubrir la dificultad de ver. En el último piso, un gesto final. La maqueta de un edificio moderno en Bogotá, el edificio Lersundy. Algunas de sus ventanas iluminadas con luces rojas o azules, como si sus habitantes vieran televisión o iluminaran su vida con lámparas de diferentes colores.
Movimientos de confrontación: fotografías de espacios interiores de los años sesenta y setenta convertidas en maquetas, tal vez para reclamar que son un hecho vivido. Archivos que vuelven a ser presentados, con un choque de escala, que pone de frente el pasado como presente, los espacios vividos como historia.
NATALIA GUTIÉRREZ
