Exposición Individualmar 2011 - may 2011· Por Marta Rodríguez

María Cristina Cortés

Galería El Museo

Hace bastante tiempo que María Cristina Cortés viene mostrando su trabajo de forma sistemática. Cada exposición suya evidencia una nueva exploración del tema del paisaje, desde hace varios años, guiada por su preocupación por el deterioro ambiental. A lo largo de su proceso ha utilizado medios tradicionales, pintura, dibujo, grabado y, más recientemente, collage, siempre explorando distintos modos de visión y construcción de la imagen.

En Quebrantos, su última muestra exhibida en la Galería El Museo, la experimentación con el collage, iniciada hace unos años atrás, da lugar a unas imágenes inquietantes que en ocasiones resultan casi irreconocibles como paisaje. En aquellas donde aún lo reconocemos, los troncos de los árboles se presentan extrañamente calcinados, su color es negro —un negro cenizo— sin vida, que procede de imágenes impresas, y su estructura recuerda la de una columna vertebral, parecen troncos creados por vértebras calcinadas, petrificadas. La muerte, de alguna manera, cobra presencia en sus paisajes recientes. Los ramajes secos se entrecruzan creando una imagen donde la vida apenas emerge a través de unos tonos donde aún vibra un eco de los amaneceres y atardeceres de la sabana de Bogotá, de ese paisaje sabanero que es el que siempre ha estado observando. La colorista apasionada de los primeros trabajos toma riesgos al pegar sobre sus telas las imágenes impresas en blanco y negro y unirlas a zonas en las que hay color y una atmósfera lumínica. El riesgo se justifica porque su interés es mostrar la calcinación de la naturaleza y la prevalencia de la pintura; también porque logra unas imágenes fuertes que proponen retos interesantes a la visión.

Exposición Individual: María Cristina Cortés  — imagen 1
María Cristina Cortés. De la serie Quebrantos, 2010. Técnica mixta sobre lienzo. 70 x 300 cm. (27 ½ x 118 pulgadas).

En otras telas, a causa de la fragmentación de las formas, el paisaje —si puede llamarse así— me hizo recordar algunas pinturas surrealistas. En estas telas no hay línea del horizonte; sobre una superficie cromática aparecen fragmentos de esos troncos calcinados, formas que flotan sobre una superficie cromática que distan de cualquier visión naturalista. El surrealismo fragmentó el cuerpo, fragmentó el mundo, y María Cristina Cortés fragmenta el paisaje reforzando su preocupación por la desaparición del mundo natural, pero insisto, interesada en el valor de la imagen pictórica, en los problemas de lo visual.

Esta muestra lleva más allá retos iniciados en su exposición anterior, Rastrojales. En aquella ocasión la construcción de sus imágenes, que ya recurrían al uso del collage, me hizo pensar en la complejidad de visión que propuso el cubismo y los joiner de David Hockney. El paisaje se multiplicaba rompiendo el punto de vista unitario, pero en Quebrantos hay una cierta desintegración que va más allá. Este proceso me lleva a pensar que la obra de María Cristina Cortés amerita una mirada retrospectiva donde se puedan observar los cambios que han ocurrido en el tiempo a través de las numerosas series. Sería muy interesante volver a ver sus trabajos iniciales, unos paisajes bordados que luego fueron abriendo una producción pictórica memorable que hoy presenta este nuevo estadio. Un momento donde algo se desintegra, algo cruje (el aspecto de sus ramajes desde lo visual evoca un sonido, las ramas secas y sin color, literalmente, crujen), y sus imágenes se abren hacia otras perspectivas.

Las alusiones que hago al cubismo, al surrealismo, en otras ocasiones que he comentado su obra, las he hecho en torno al impresionismo, particularmente a Monet, a sus nenúfares, así como a otros momentos de la historia de la pintura; también, muchos hemos comentado esa oscilación que se presenta en su obra entre lo figurativo y lo abstracto. Esta mención que parece obligada a la historia del arte me hace pensar que, así como en los libros de los grandes literatos leemos otros libros, en la obra de los pintores vemos la historia misma de la pintura. Y que, así como los escritores a menudo mencionan la soledad, el aislamiento que implica la escritura (pienso en los escritos autobiográficos de Marai y Pamuk), el pintor también pasa un largo tiempo en su taller, trabajando en soledad. Estoy segura de que el tiempo condensado en las pinturas de María Cristina Cortés es el resultado de una dedicación disciplinada que se apasiona por la construcción visual del mundo, por la tradición pictórica que apela a la fotografía como un modo de indagar en lo visual. Pero es evidente que también observa cómo, poco a poco, el hombre destruye su entorno natural.

MARTA RODRÍGUEZ

María Cristina Cortés, por Marta Rodríguez | artnexus