La primera exposición museística individual de Hugo Lugo visita su segunda sede en México, en el MUSAS (Museo de Arte de Sonora). La selección de obra, curada por Ana Elena Mallet, está fechada entre 2009-2010, signo inequívoco de la prolífica práctica y el rigor creativo que caracteriza el trabajo del artista sinaloense.
Sin duda, uno de los pintores más talentosos en el escenario contemporáneo mexicano, Hugo Lugo nunca parecería estar conforme con mantenerse dentro de las fronteras del medio, aun cuando su obra —extendida sobre la instalación, la escultura, la fotografía y el video— pudiera entenderse como un insistente cuestionamiento sobre las condiciones que constituyen (y desbordan) 'lo pictórico'.
¿Qué condiciones son éstas que Lugo interroga, seduce, fragmenta y revierte? Son las condiciones de existencia más elementales de la pintura en cuanto visibilidad narrable. La virtuosa factura de su gestualidad y una certera contienda de inversiones imaginativas son aquellas condiciones propias que le permiten jugar con tal efectividad con el tiempo y el espacio del plano pictórico dentro y fuera de el.

Entre las tendencias evidentes de su proceso presente, el artista tiende a crear pequeños grupos de obra que derivan entre estados de completitud y condición narrativa. Entre estudios, bocetos y tridimensionalizaciones, Lugo transporta sus elementos estructurales y simbólicos condicionando a veces las fronteras de la técnica, y otras, nuestras propias derivaciones. Son esos desplazamientos entre fondos, figuras, dimensiones y suplantaciones los que convierten el recorrido de La superficie del precipicio en una suerte de constelación de historias imprecisas gravitando en torno a una cohesiva coherencia extrañamente (in)visible.
Aun cuando en la selección hay obras sumamente llamativas, como las intervenciones/reconstrucciones de una portada 'pictórica' de la revista Le Figaro, resultan especialmente seductores ciertos pequeños apuntes que, como anotaciones discretas, con lucidez enuncian la profundidad de los juegos condicionados de Lugo. Detengámonos, pues, en un par de esas discretas notas que cimbran desde el nombre la exposición, explorando las densidades de su materia.
La primera se construye en sutil apareamiento entre un delicado dibujo del tallo de una rosa sin flor frente al que descansa, debajo de un capelo cúbico transparente, un lápiz al que le han germinado esas cuatro espinas de las que carece el dibujo. Lugo le llama Forma de correspondencia. El despliegue silógico (es decir, derivable en silogismo) que sugiere la lectura conjunta de este díptico contiene la sutil tensión, paradójica y atrayente, que articula las mejores obras de Lugo. Una suerte de "dibujo en el campo expandido" (parafraseando a Krauss) que atraviesa la pertinencia de la materia visible para transformar su ilusión en referente 'verdadero'. El juego de tono surrealista-conceptual que sostiene el hilo sobre el que andan funámbulas ésta y otras de sus obras presentes en esta muestra sucede en artilugio fuera del cuadro enmarcable. Obras como Naturaleza muerta y La permanencia del desastre serían ejemplos evidentes de esta forma de ejercicio condicionado sobre los límites de la representatividad pictórica.
En su estudio La verdad en pintura, Derrida anotaba sobre el encuadre 'como aquello que funda el plano' que tanto la palabra como la cosa como la palabra 'encuadre' coinciden en una condición fundamental: existen irremediablemente solos. En sus ejercicios de expansión pictórica Lugo parecería haber ya escuchado tal condena en desheredo, y sucede como si en respuesta intentara tender hilos de acompañamiento obligado más allá de la soledad del cuadro. La segunda de esas 'anotaciones discretas' que pinchan el recorrido de la muestra a manera de punctum bartheano inicia con un pequeño prisma acrílico negro perforado con milimétricas punciones por todos sus lados. Al frente, un pequeño orificio nos invita a asomarnos al interior. Al fondo, como en una lejanía que se antoja inabarcable (si bien no son más de 10 cm los que recorre la mirada dentro de la caja estelar), descansa en penumbra un boleto de entrada al Museo del Louvre. Siendo el acceso para una 'visita nocturna', Lugo ha convertido el interior de la pequeña caja en una bóveda celeste confinada. A un lado, el artista replica en gran formato el fondo visto dentro del negro prisma y le acompaña de un segundo acrílico sobre tela en el que un hombre como suspendido en el manto estelar intenta absurdamente alumbrarle con una pequeña linterna. Imposible no recordar las palabras de T. W. Adorno sobre la narrativa proustiana: "[...] que por todas sus ventanas esté dispuesto a penetrar el narrador asocial para iluminar el oscuro temps durée con la linterna sorda de un recuerdo en absoluto tan arbitrario". Potenciando las dimensiones de enfrentamiento de la visión sobre el mundo como supuesto aprehensible, el tríptico Museo nocturno de Lugo devela el origen no sólo del título de la muestra, sino la condición primera que anima la relación de existencias en su trabajo, donde resultaría imposible pensar la posibilidad del arte como cuerpo ajeno al tiempo indómito de la naturaleza. Hospedaje incierto que anticipa contenido su propio destino catastrófico ante cuya afrenta bastaría con aprender a andar sobre la superficie de un precipicio.
MARCELA QUIROZ
