En 1940 se inauguró en Bogotá el primer Salón Anual de Artistas Colombianos. Ese año se abría el espacio para los Salones de Arte que, con algunas interrupciones, cumplieron 70 años de historia en 2010.
Hasta el 39 Salón Nacional de Artistas el esquema organizativo, con obvios ajustes y variaciones, reconoce un recorrido sin demasiados sobresaltos. Fue en el 40 Salón que los procedimientos se modificaron, configurándose una nueva propuesta, y, pese a mantener el nombre, el criterio organizativo varió sustancialmente. El Salón Nacional no se elimina sino que se transforma, creándose para su realización becas curatoriales adjudicadas con carácter regional, buscando que cada región asuma el Salón como un proyecto que le pertenece y construye colectivamente. De allí la formación de comités regionales integrados por entidades académicas y culturales. Las investigaciones escogidas deben explorar, a partir de su respectivo proyecto, las particularidades de la actividad artística local. La idea que recorría el plan general era que las muestras surgidas permitieran visibilizar las características específicas de cada región involucrada.

La relación geografía-arte adquiría una dimensión central, acompañada, además, de otra preocupación: ampliar y fomentar espacios culturales que vayan más allá de ver el Salón como un evento de temporalidad limitada, para concebirlo como la posibilidad de abrir y mantener la discusión en sectores que habitualmente tienen escasa participación en la vida cultural, impulsando otras posibilidades de vivir una experiencia estética. Desde el 40 Salón el componente pedagógico se vio como primordial para activar la comunicación con el hecho artístico, estimulándose la formación de mediadores o Voceros del Arte, como se les llamó en el 41 Salón, realizado en Cali. Archipelia fue la denominación que recibió el proyecto pedagógico impulsado desde la región Caribe para el 42 Salón1, promoviendo estrategias que relacionan públicos diversos con los eventos del Salón y el contexto cultural y estético de la región.
El 42 Salón continuó entonces la línea de desplazamiento geográfico, siendo la Región Caribe —Barranquilla, Santa Marta, Cartagena— el epicentro del evento, pero su realización se concibió con un enfoque particular. No se limitaron a exhibir el resultado de cada curaduría regional, sino que desde el Caribe se invitó a no mostrar pasivamente lo realizado en cada uno de los espacios locales sino que, mediante lo que se llamó "extensiones curatoriales", se buscó un diálogo artístico que permitiera redefinir las obras en contacto y relación con el Caribe, enfatizando en la posibilidad de que lo intercultural operara como eje articulador del proyecto.

En Cartagena se reunieron ocho curadurías regionales, una curaduría internacional con el proyecto ¿Separados al nacer?, y la realización del Encuentro de lugares, espacio académico que planteó implementar la discusión en torno a las acciones desarrolladas a lo largo de la preparación del 42 Salón, abriendo un espacio para la deliberación y el encuentro entre artistas, curadores, teóricos e invitados internacionales.
El Encuentro generó interrogantes en diversos campos. Un espacio significativo estuvo dedicado a la reflexión sobre el arte y su impacto en la cultura. "Resituar el arte en la cultura", en cuanto el arte no puede pensarse por fuera de los cambios culturales que se dan en la vida cotidiana de las mayorías, fue argumento central en la ponencia de Jesús Martín Barbero. Florencia Mora se detuvo a analizar cómo las nuevas prácticas artísticas diluyen las fronteras del arte, mientras que Michéle Dalmace recogió la idea de pensamiento-archipiélago de Edouard Glissant, para mostrar al arte del Caribe como una experiencia que tiende puentes entre archipiélago y continente, volviendo borrosas y permeables las fronteras.

En lo concerniente a la curaduría, el tema de la necesidad de hacer un balance de la experiencia propuesta por el 42 Salón fue significativo. Surgieron inquietudes en torno a cómo operan los cambios que se producen en la administración ministerial con el modelo de Salón que se implementa. La discusión generó también controversia alrededor de la pregunta: ¿Salón de curadores o de artistas? ¿Se ha producido una evaluación de los distintos modelos de Salones, o el cambio es curadores en lugar de jurados?
Frente la idea de las "extensiones curatoriales", las interrogantes: ¿funcionó la transferencia?, ¿cómo operó la idea de territorio?, iban orientadas a discutir qué incidencia tuvieron esas dinámicas organizativas.
Teniendo en cuenta que ésta es la tercera versión del nuevo modelo de Salón Nacional y que cada uno de los dos anteriores le apostó a otras interpretaciones, las discusiones de Encuentro de lugares deberían abrir un ámbito clave para el necesario balance. Uno de los objetivos de estos nuevos Salones se centra en dar respuesta a las transformaciones que se han venido operando en las prácticas artísticas, buscando romper con centralismos culturales. Se cuestiona con acierto la idea de supuestas homogeneidades culturales, impulsando el diálogo, haciendo que la práctica artística de cada región tenga su espacio, valorando el particular entramado que esto conlleva. Hay preguntas que pueden tener distintas respuestas: ¿El Salón busca visualizar las diversas propuestas artísticas que se producen en el país fomentando núcleos de reflexión y cruces desde las regiones? ¿Debe seguir primando lo regional como ha sido entendido hasta ahora? ¿Es efectivamente factible que la labor pedagógica de los mediadores continúe una vez terminado el evento?
Las discusiones y críticas que cada uno de estos últimos salones ha generado ponen en evidencia que no ha sido fácil la implementación del nuevo modelo. La apuesta es compleja; de allí la importancia de no caer en discusiones puntuales, personalistas, sino en instrumentar la viabilidad y pertinencia de un proyecto tan significativo para las prácticas artísticas del país. La tendencia tan común a modificar y cuestionar sin abrir un efectivo espacio para el debate puede llevar a supuestas "reinvenciones" sin que medien la reflexión y evaluación necesarias sobre lo realizado. Esperemos que no nos pase como en el adagio popular: "'Amanecerá y veremos', dijo un ciego, y amaneció y no vio".
NOTA
1. Su nombre proviene del concepto de archipiélago que maneja el escritor de Martinica Édouard Glissant, quien concibe a la región Caribe como un espacio territorial donde se produce un nuevo tipo de pensamiento que defiende lo transversal, en lugar de lo universal.
IVONNE PINI
Editora ejecutiva de la revista ArtNexus. Profesora de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de los Andes, Bogotá.

