Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano

Joaquín Rodríguez del Paso. Rosado para las niñas, azul para los niños, 2010. Óleo sobre cuatro paneles. 67 x 157 2/5 in. (170 x 400 cm.).

Bienalmar 2011 - may 2011· Por Emiliano Valdés

Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano

Una apuesta por el cambio

BAVIC reunió 60 obras de 45 artistas individuales y colectivos, dando lugar a una exposición que, dentro de todo, constituyó un buen muestrario de lo que hoy se produce en Centroamérica. 

Del 4 de noviembre al 5 de diciembre de 2010 se llevó a cabo en Managua, Nicaragua, la séptima edición de la Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano —BAVIC—, acaso el evento artístico más ambicioso de la región, que en algunos casos resulta de la suma de ganadores o seleccionados de las bienales nacionales de Centroamérica —incluido Panamá, claro—, y en otros, de la selección ejecutada por un jurado internacional. En esta oportunidad, la BAVIC reunió 60 obras de 45 artistas individuales y colectivos, dando lugar a una exposición que, dentro todo, constituyó un buen muestrario de lo que hoy se produce en Centroamérica. Además, por primera vez, la bienal estuvo marcada por Nadie sabe el pasado que le espera (Arte hoy desde Centroamérica), un evento teórico dedicado a Virginia Pérez-Ratton, fallecida hace poco, que recogió importantes aportes teóricos y reflexiones de distintos profesionales vinculados con Centroamérica. Este fue, sin duda, uno de los mayores aportes a la estructura de la bienal y al medio artístico regional.

Los organizadores hicieron hincapié en la profesionalización, palpable, además del componente teórico, en la presencia de un grupo de expertos invitados a formar parte e intervenir en las distintas secciones y actividades del encuentro. Esto y la visita programada de un grupo de Amigos del Museo del Barrio fueron el highlight social e institucional, mientras que el evento teórico representó un verdadero aporte y un estímulo, no sólo para pensar el arte en la región —como era su objetivo—, sino también en la naturaleza, estructura y funcionamiento de la bienal misma. Hasta aquí la logística y el concepto de fondo.

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José Manuel Castrellón. Chimbilín, Cermeño, de la serie Priti Baiks, 2010. Bicicleta intervenida por su propietario.
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Adán Vallecillo. Topografìa VI, 2010. Huellas de neumáticos en calles de Tegucigalpa.

La exposición, resultado de la suma de obras de cada país, fue un conjunto de lo que teóricamente podría considerarse lo mejor del arte centroamericano, es decir, la obra de artistas más o menos reconocidos, dentro y fuera de la región. Salvo el descubrimiento eventual —por la mirada atenta de un individuo o por el consenso generalizado— de obras particularmente elocuentes o bien logradas, la bienal no dio mayores sorpresas. En esta singular categoría podemos citar las topografías de Adán Vallecillo, que exploran Tegucigalpa desde la huella que las calles dejan sobre neumáticos; Punto ciego de Regina Galindo, una reflexión sobre lo que vemos y lo que dejamos de ver, en una performance sutil pero elocuente; y las pinturas siempre incisivas de Joaquín Rodríguez del Paso. Ahora bien, de lo que no cabe duda es que la muestra —la palabra nunca me pareció más adecuada— es la oportunidad privilegiada para enterarse de lo que se ha producido durante los dos años previos en este "estrecho dudoso", como lo nombró la curadora homenajeada en una de sus tantas muestras sobre Centroamérica.

A pesar de un montaje correcto, una coordinación eficiente, y de que no se escatimaron recursos para adaptar las instalaciones del teatro a las necesidades de las obras, era difícil seguir un recorrido lógico que no respondiese estrictamente a las características físicas del edificio. Además, más allá de la experiencia puntual que ofrecía cada obra, no existía un discurso que unificara o que al menos pusiera en relación las múltiples partes con el todo. No obstante, cabe decir que esto no respondió a problemas de producción, montaje o presentación, sino a un motivo mucho más importante y estructural: la manera en la que las piezas son seleccionadas. Así, esta edición de la BAVIC se configuró como una colección de buenas obras con poca relación entre sí, a no ser por su origen geográfico regional. No obstante, el teatro Rubén Darío y las obras lucían bastante bien. "Un buen café descafeinado", me comentó hace poco uno de los artistas participantes.

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Lester Rodríguez. Dispersión, 2010. Instalación con piezas de ajedrez.

En conjunto, las obras dieron la impresión de una creciente madurez formal y de responder a ciertos intereses comunes a lo largo del istmo. En primer lugar, el estudio o la respuesta al contexto parece ser uno de los ejes temáticos de la producción artística centroamericana actual, lo cual se percibe en artistas que están trabajando sobre rasgos culturales propios: Yasmin Hage, con su Aldea modelo; Lester Rodríguez y su obra Dispersión; José Manuel Castrellón y su serie Priti Baiks, entre otros. Los asuntos de corte político también permanecen como una de las preocupaciones predominantes. Otro tanto sucede con cuestiones vinculadas al género, la historia reciente, la violencia y otros fenómenos sociales (Habacuc, el colectivo de artistas que presentó Pasaje BHH, etc.). Es curioso notar cómo, a pesar del carácter regional, se presentan en la bienal pocos artistas que aborden, precisamente, la idea de lo centroamericano, lo cual nos lleva a reflexionar, una vez más, sobre las implicaciones de la "categorización geográfica" como estrategia para el posicionamiento del arte. De las opiniones de los asistentes, las reflexiones de los visitantes expertos y las conversaciones surgidas a raíz del evento teórico, se infiere que los problemas de la muestra son producto de la estructura misma de la muestra (y no la institución) bienal, más que de una u otra edición en particular. También esto nos remite a un análisis retrospectivo del formato geográfico o "geopolítico" único —y quizás por eso mismo necesario—, en cuanto evento regional centroamericano.

La BAVIC es la sucesión lógica y necesaria de la Bienal de Pintura del Istmo Centroamericano, cuyas dos primeras ediciones se llevaron a cabo en 1998 (Ciudad de Guatemala) y 2000 (San José, Costa Rica). A partir de esta experiencia y de comprobar que el formato se quedaba corto frente a lo que se producía en Centroamérica a finales de los noventa, se decide darle el upgrade a Bienal de Artes Visuales (en plural). Así, en 2001 se llevó a cabo la primera edición de la BAVIC, tal y como hoy la conocemos. O casi. A partir de entonces, se desarrolla dentro de su estructura organizativa, una conciencia tanto sobre las características ideales de un evento de este tipo como sobre sus alcances e implicaciones. Al fin y al cabo, la bienal centroamericana surge de la intención de generar una plataforma de visibilización y consolidación del arte regional, y para lograrlo habría de pasar por un proceso de maduración y autorregeneración que aún no termina, pero que está empeñada en recorrer.

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Colectivo Habacuc. Pasajero BHH, 2010. Bloques de cemento tipo bloque de hormigón hueco (B.H.H.), compuestos por huesos humanos, mármol y cemento blanco.

En esa línea, una de las intervenciones teóricas más fructíferas en cuanto a feedback fue Nadie sabe el pasado que le espera, de Elvis Fuentes (curador del Museo del Barrio), que partió de la especulación sobre una "bienal ideal", tirando de modelos viejos y nuevos, reales e imaginados, para derivar en un diálogo nutrido, en varios niveles, sobre lo adecuado del modelo vigente y sus posibilidades de cambio (posibilidades que, desde la propia organización de la bienal, se han empezado a escuchar, y no me cabe duda de que pronto se tendrán en cuenta).

A raíz de la intervención de Fuentes se pensó y se discutió sobre los diferentes modelos de bienal: las tradicionales (Venecia, São Paulo); las más recientes (Mercosur, Tirana); las "no bienales", como InSite, ferias de arte, etc. Y también se habló de las bienales locales centroamericanas, de donde, como ya dijimos, provienen quienes luego participan en la BAVIC. Todo esto sucedió a pesar de que el evento teórico no intentaba reformular la estructura general del encuentro, pero cuya necesidad y pertinencia están fuera de duda. Ahora bien, a sabiendas de que hay poco que inventar, está claro que la mejor bienal para Centroamérica será la que mejor responda a las necesidades de una región que paulatinamente ha ido adquiriendo un grado inédito de conciencia de sí misma y de sus necesidades artísticas (pienso en los discursos sobre arte centroamericano que, si bien revisables, sí constituyeron esa estrategia magnífica de posicionamiento que de alguna manera subyace a todo lo que se promueve con la etiqueta de centroamericano). Y aunque el objetivo de estas líneas no es encontrar una solución para este momento ciertamente decisivo por el que atraviesa la bienal. De ahí que seguir alimentando dicha discusión me parezca una tarea irrenunciable de todos los que de una u otra manera operamos en el sector.

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Regina José Galindo. Punto ciego, 2010. Performance.

En suma, queda la sensación de que, a pesar de los enormes esfuerzos de patrocinadores, organizadores y artistas, hay algo intrínseco que penaliza a todos y que tiene que ver con la manera en que se integra la BAVIC, es decir, a partir de un puñado de artistas que, en el fondo y por encima del vínculo geográfico, provienen de contextos distintos, y que, sobre todo, pasan por procesos de selección o premiación de lo más variado. Así, por ejemplo (en este caso hablo desde mi participación en la selección guatemalteca), los artistas que participaron por Guatemala (cuya obra provenía de la XVII Bienal Paíz, Ver para creer) mantenían individualmente su fuerza, pero perdían los vínculos con el tema en el que fueron presentadas las obras originalmente: una reflexión sobre la fe en el arte y la sociedad contemporánea. Esto me lleva a pensar que quizás los artistas que participan no necesariamente tengan que surgir de las bienales nacionales, y que la BAVIC, habiendo alcanzado la mayoría de edad, pueda y deba continuar con ese proceso de reformulación que la mantiene activa y vigente. ¿Qué queda entonces? Modelos hay muchos, y no es tarea fácil encontrar uno que funcione según los paradigmas de una región compleja. No obstante, un esquema sencillo que ha probado su eficacia es, justamente, el de la muestra curada, con un autor, por arbitrario que sea, con una estructura (discursiva), con una intención. Una muestra que aborde aspectos de los centroamericanos —lo que sea que eso signifique—, comunes a todos, y que los discursos individuales se entretejan para construir un meta-discurso, entrando en materia semántica, que su proximidad y, seguramente buena producción, museografía y presentación, fortalezcan las propuestas individuales, en vez de operar en su detrimento. Las experiencias de Panamá y Guatemala, dos bienales que adoptaron este modelo, demuestran que sus resultados no sólo permiten que la obra funcione en distintos planos sino también que la exposición y sus actividades paralelas aborden temas inherentes al contexto en el que se llevan a cabo, atribuyéndole no tanto un valor agregado como una razón de ser, más allá de la mera presentación de arte y del acto social. De hecho, no es de sorprenderse que las representaciones más sólidas fueran, justamente, la de estos dos países, en los que la bienal es un acto fundamental del medio local, con modelos renovados de actividades que empujan hacia arriba el nivel general de la producción artística nacional. Y, como es de esperarse, todo esto se refleja tanto en las obras aisladas como en el diálogo que se produce entre unos creadores y otros. Y entre éstos y su público.

Independientemente de los pasos de la BAVIC para actualizar su modelo y responder a las necesidades del medio centroamericano, está claro que se impone la necesidad de un cambio. Por otra parte, es responsabilidad de artistas, patrocinadores, organizadores, y público en general, mantener vigente el intercambio y la reflexión colectiva, para que de ahí surjan opciones productivas y alentadoras. Al final de cuentas, sólo a través del cambio y la actualización puede una institución como la BAVIC sobrevivir a los desafíos de cambio e injerencia. Afortunadamente, está claro que así quiere ser.

EMILIANO VALDÉS

Curador, responsable de la sección de Artes Visuales del Centro Cultural de España en Guatemala.

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