Exposición Individualmar 2011 - may 2011· Por Caridad Blanco de la Cruz

Aimée García

Galería Villa Manuela

Flores; flores rojas o grises, pintadas sobre lienzo, en guijarros o trazadas con hilo ascendiendo por la pared de la galería, resultaron ser las protagonistas de las instalaciones concebidas por Aimée García para su exposición El jardín de la intolerancia, presentada en Villa Manuela durante noviembre y diciembre. Probablemente, buena parte del público asistente quedó embargado por un sentimiento de extrañeza, sobre todo aquellos que suponían ir al encuentro de una nueva lección acerca del tema del retrato, en particular de esos autorretratos que han marcado la ascendencia de su obra. Pero esta vez no había en la muestra rostros que admirar.

La pieza que daba título a la exposición era una suerte de muro. Su composición había sido realizada a partir de veinte pinturas de pequeño formato. En cada una ellas sobresalía un tipo de flor. Allí, por el contrario de lo que ocurre en la naturaleza, las flores eran todas rojas. La diversidad reconocida en los tipos: margaritas, gladiolos, mariposas, orquídeas, aves del paraíso, guayacanes o reginas, entre otras muchas especies, quedaba sofocada por el uso del color con que fueron representadas. Así, todas aquellas flores de espíritu igualado en El jardín de la intolerancia daban rienda a particulares comentarios de la artista, al traducir sentimientos y creencias, que sobresalían ahora, como un aparte en la línea narrativa que Aimée García ha venido hilvanando, desembarazándose en esta ocasión del rol secundario que habían tenido con anterioridad. Las flores eran ahora personajes, y con ellas pasaban a primer plano las acotaciones sobre zonas de la realidad que no habían tenido lugar en el fluir de su discurso. De un modo puntual quedaba expresada por medio de ellas esa violencia que trae consigo la intolerancia. La ausencia de espacio para la pluralidad podía olfatearse en aquella prisión metaforizada, en cuanto distinguíamos la desmesura del poder humano dando riendas a su fuerza de sometimiento; la garra del totalitarismo en la desmesura del orden, negación de la vida al contrariarse su polifónica esencia. Más allá del enclaustramiento presente en la estructura, era aquel color rojo, que remitía a la palpitación de lo que vive como la sangre misma, el símbolo inequívoco también de la descomposición y la muerte.

Exposición Individual: Aimée García — imagen 1
Aimée García. Resguardo, 2010. Hierro bordado con hilo. 43 x 46 cm. (17 x 18 1/5 pulgadas).

Contrariamente al peso dramático de la pieza anterior, con Aferrada, la artista reforzó el juego perverso con las formas delicadas, y la instalación en su levedad conseguía articular una sugestiva alegoría. Si bien sus hilos rojos dibujaron a gran escala sobre la pared la silueta de una mariposa —flor nacional de Cuba desde 1936, y universalmente, símbolo de pureza y sublime espiritualidad—, el énfasis estaba en esa trampa tendida al ser desde la persistencia del dogma, cualquiera que éste sea y más allá de latitudes. La dominación, vista como hiedra en su ansia trepadora, impide el crecimiento individual, estancamiento que lleva a la decadencia de la sociedad. Al quedar integrada la pared a la obra, la luz que manaba desde ella ponía en entredicho el vigor de aquel tejido devenido corsé, y con eso su vigor para frenar el ímpetu humano.

En medio de esas oscilaciones de sentido, desde su irónica ludicidad, Aimée García convierte la flor que antes le sirviera como un símil de la libertad, en objeto del escarnio. Al representarla agrisada y sin la prestancia habitual del símbolo, en Impura, intenta alejarse de la sublimación y la retórica, estratagemas que sirven al ocultamiento de la verdad y del mundo real. Es en medio de esas lides que cobran sentido el desencanto, la melancolía y el despropósito que albergaba Lluvia de ilusiones. Como para formar un aluvión servía aquel intenso aguacero de piedras. Guijarros que salpicaban la pared, y sobre ellos, como muertas, diminutas flores grises en las que pesaba la eternidad. Aquella borrasca era el diluvio perenne de la adversidad, de las contingencias en la batalla de vivir, de las contiendas por ser más allá de yugos; beligerancia cuya antigüedad se remonta al origen mismo de la sociedad humana.

Vestida por la historia como una Magna Mater, la artista concluyó su exposición con Resguardo, a modo de sentencia. Hay que venir a este mundo "armado" de todas las ideas y la voluntad que hagan posible el reto de vivir en libertad. Ésa es la coraza que protege, ampara, defiende: cinco petos resplandeciendo en la oscuridad eran esa aseveración. Armaduras de metal bordadas a mano por la artista, hechas tomando su patrón de un niño, tal vez a la medida de su pequeño hijo. Esa construcción lírica que fue El jardín de la intolerancia hablaba desde lo fugaz sobre temas permanentes; con vigor al amparo de lo delicado. Por aquel camino era posible encontrar la creencia, la angustia y la fe de una artista, y con seguridad su más fiel retrato, el del cuerpo sutil de Aimée García.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Aimée García, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus