Entre el 1 de diciembre de 1992 y el 31 de enero de 1993, la muestra Voces de Ultramar realizó su segunda exposición en España, en la Casa de América de Madrid específicamente. Como ya había anotado en "Indian Summer"1 (ArtNexus No. 7 pág. 48) Voces de Ultramar se inauguró por primera vez en el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria el pasado otoño, su curadora fue Carmen Waugh y su propósito es ofrecer una interpretación del arte de América Latina del período comprendido entre 1910 y 1960, “alternativa" a la que por estas mismas fechas está ofreciendo en Europa la muestra Artistas latinoamericanos del siglo XX curada por Waldo Rasmussen del MoMA de Nueva York. Tanto en la presentación en Las Palmas como en Madrid, la galerista y crítica de arte Carmen Waugh insistió en su tesis de que esta era la primera antología del arte latinoamericano de este siglo pensada y decidida desde América Latina y no desde alguno de los centros de la escena artística internacional, que, como se sabe, son extracontinentales. Damian Bayón ratificó ese punto de vista en una mesa redonda sobre el arte latinoamericano, que tuvo lugar en esa misma casa dos días después de su inauguración. Y lo ratifica el papel crucial desempeñado en la organización de esta muestra por un comité de críticos integrado por Laura Buccellatto de Argentina, Aracy Amaral de Brasil, Eduardo Serrano de Colombia, Bélgica Rodríguez de Venezuela, Rita Eder de México, Mirko Lauer del Perú, Lenin Oña del Ecuador, Pedro Querejazu de Bolivia y Ángel Kalenberg del Uruguay. Ningún europeo, ningún norteamericano. ¿Pero es suficiente?
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Obviamente esta breve reseña no es el lugar idóneo para razonar suficientemente una respuesta, que prefiero aplazar y desplazar con esta afirmación: el arte latinoamericano posee ya tal riqueza que admite sin riesgo diversas lecturas, interpretaciones e inclusive reducciones. Ya no es un tierno brote de invernadero al que hay que manipular muy suave y delicadamente. Por el contrario, su fortaleza es tal que permite que especialistas tan distintos entre sí como Dawn Ades, Waldo Rasmussen o la propia Carmen Waugh ensayen interpretaciones diferentes del mismo o semejante corpus de obras y artistas sin riesgo de que ese corpus se les muera entre las manos. Esta apertura a las interpretaciones no es, por lo demás, sólo un resultado de la fortaleza. Está inscrita en lo que ese mismo corpus es: una amalgama de tendencias y obras contradictorias o por lo menos heterogéneas a las que sólo el formalismo característico de la estética y la historiografía moderna lograba reducir a la condición de conjunto homogéneo.
Dicho esto, cabe añadir que la interpretación definida y puesta en práctica por Carmen Waugh en Voces de Ultramar trae a primer plano movimientos y artistas dejados de lado o puestos en un segundo plano por Ades o Rasmussen, para citar sólo dos antecedentes. Me refiero a movimientos como la pintura indigenista peruana de los años 30 y 40 o a artistas como el pintor cubano Mario Carreño, el haitiano Jean Chiapini, el venezolano Héctor Poleo, el colombiano Gonzalo Ariza, el boliviano Enrique Arnal o el argentino Estanislao Guzmán de Loza, que no suelen figurar en la imagen corriente del arte del continente o en la imagen del arte de sus respectivos países. La inclusión de sus obras, junto con el hecho de que siempre que le fue posible, Carmen Waugh aplicó el criterio de seleccionar obras inesperadas o raras de los artistas más conocidos, trajo como resultado una exposición de aspecto poco corriente, inusual. Dicho de otra manera, en Voces de Ultramar había una escultura en bronce naturalista de Lucio Fontana que obviamente no parecía un Fontana; un cuadro de Luis Felipe Noé que tampoco lo parecía, como no parecía Botero el Botero exhibido, ni Morales el cuadro de Morales. En todos estos casos y en todos los otros que se les podrían sumar, se trataba de piezas de los períodos iniciales, formativos o de piezas realizadas al margen de la obra principal de estos artistas, la misma con la que normalmente se les reconoce e identifica.
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Este golpe de timón de Carmen Waugh hizo que Voces de Ultramar fuese visualmente algo muy distinto de la exposición de Rasmussen, a pesar de las numerosas coincidencias entre ambas en la lista de artistas incluidos.
Voces de Ultramar, con sus 117 cuadros, grabados y esculturas de 106 autores de prácticamente todo el continente, tenía un tono visual dominante, andino, de Tierra adentro, de sienas, ocres, verdes y azules apagados, de figuras y composiciones centradas, reconcentradas, verdaderamente impactantes. Así es y no es el arte latinoamericano.
NOTA
1. El catálogo de la exposición Voces de Ultramar fue reseñado en la edición No. 7 de ArtNexus (Arte en Colombia No. 53), enero de 1993, pág. 40.
CARLOS JIMENÉZ
Poeta y crítico de arte. Colaborador del semanario Tiempo y del diario El Mundo de Madrid.
