La segunda muestra coorganlzada por el Centro durante 1992 se tituló Vertientes: El Magisterio de Torres- García (“Vertientes: The Teachings of Torres-García”, septiembre 9 - octubre 12), una colectiva de cinco artistas uruguayos cuyas obras de una forma u otra reflejan el legado del maestro, “algo así como un manantial que ha alimentado” numerosas expresiones en el arte que se ha producido y se produce en el Uruguay.
El director del Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, Angel Kalemberg, ofició como curador. Ingeniosamente dividió en forma sintética las Vertientes creando cinco categorías. En la sustentación de su enfoque utilizó como punto de partida un pensamiento de Ortega y Gasset sobre la pintura española hasta Goya (aplicable a la pintura europea en general), la cual según el filósofo español fue siempre manifestación periférica del arte italiano. Es esta “periferia” la que Kalemberg considera importante en la aparición de nuevas vertientes en el arte uruguayo a partir del regreso del Torres García a Montevideo, preguntándose qué curso hubiera seguido la obra y el pensamiento del maestro... de no haber abandonado a Europa...por esa periferia nuestra.
La primera de ellas, la vertiente subterránea, estuvo representada por la obra de Miguel A. Battegazzore, (1931, cuatro acrílicos sobre tela) y Jorge Damiani (1931, cinco obras en técnica mixta de óleo, acrílico y papel), en donde elementos iconográficos de connotación cultural local se incorporan a la estructura constructiva, digámoslo así, con la que el viejo maestro resolvió la imágen plástica, tanto en el plano como en el espacio.
La segunda vertiente desrealizadora se conformó con obras de Wilfredo Díaz Valdéz, intentando ligar sus esculturas con los juguetes transformables de Torres- García. En la tercera, el pobrismo palpable en las cajas de Nelson Ramos (1932, seis en total) se identificó en dicha categoría como ejemplo de materiales y objetos en desuso. El estructuralismo agrupó casi por definición la obra de los cuatro anteriores artistas, relegando un poco a una esquina solitaria el postnaturalismo de Clever Lara (1952, con una tela al óleo de dos por seis metros en tres paneles), en cuyo caso, según Kalemberg el cubículo de Damiani se convierte... en un cubículo único..., donde Objetos inertes...dan paso a Naturalezas de Objetos Muertos...que nos vienen de un mundo irremediablemente perdido.
La coherencia entre el texto de Kalemberg y la muestra fue más evidente que la de las mismas obras entre sí, pero sin duda fue una exposición mucho más articulada conceptual y visualmente que su antecesora chilena. Desde el punto de vista de quien escribe estas líneas, sin embargo, las esculturas de Wilfredo Díaz Valdéz (cinco piezas realizadas en diversas maderas, cuerdas, vidrio, etc.) destacaron notoriamente sobre el predominantemente conjunto bidimensional (muy a pesar de las fuertes cajas de Ramos), no sólo por la rotunda presencia física sino también por la pode rosa combinación de su carga plástica y poética, en medio de una austeridad dictada por el esquema estructuralista que las rige internamente, aún en la deliciosa y casi frívola Guitarra (1991), una pieza digna de cualquier museo.
