Exposición Individualabr 1993 - jun 1993· Por Autor no disponible

José Luis Cuevas

Galería Diners

Abordar la obra de José Luis Cuevas es siempre el gran reto para todo el que escribe de plástica. Su trabajo ha sido semilla de palabras e ideas desde finales de los años cincuenta. En nuestros días su fresca vigencia polémica sigue siendo una de las principales razones para que su trayectoria continué bajo la cercana vigilancia de seguidores y detractores.

Su permanencia bogotana está no sólo en función de su propia obra sino que, atada por lazos ya viejos e irrompibles, a la de Alejandro Obregón. Este acto encierra generosidad, memoria a un trato antiguo. Reconozco en este punto mis limitaciones para apreciar la obra de Obregón tal como lo hacen con inteligencia los que sí la entienden. Quiero pensar que el homenaje es al hombre, al amigo, al compañero.

Deseo que viva en Cuevas el espíritu que habitó los primeros trabajos de este catalán importado a Colombia. Deseo que ahora pinte con los pinceles que utilizó Obregón en los años cincuenta. Deseo que no se tope ni por accidente con los que pintó retratos complacientes, flores decorativas.

Ojalá utilice el pincel con el que pintó Violencia, con el que arengó a los toros a embestir a quien los mirara, con el que hizo del cielo una tormenta constante. Ese es el pincel que espero que Cuevas desempolve; ese es, precisamente, el que le valió a Obregón gran prestigio y reconocimiento plástico. El reconocimiento humano, todos lo sabemos, lo tuvo siempre y en cantidades desmesuradas.

No sólo para eso Cuevas es desprendido. ¿No es acaso un gran gesto de generosidad cada frase que dice, cada reto que presenta a sus escuchas, cada propuesta que pronuncia con palabras claras, pausadas, como si las leyera sin equivocarse?

La idea de que un creador como Cuevas se enfrente de manera tan directa y frontal a la ausencia de un amigo no es gratuita. Este comportamiento encierra dolor. ¿Y qué otra cosa ha pintado Cuevas con mayor maestría sino el dolor? El mismo es un “narrador” de lo terrible, es decir, de la ausencia, de las enfermedades, del submundo, de lo oculto, de lo censurado.

Mientras se fragua un gran homenaje a Obregón, me asalta la pregunta: ¿Qué parte de él es la que Cuevas retoma? ¿La de la violencia constatada casi literalmente? ¿La del terrorismo que ataca a la población o, tal vez, la de los cóndores que son, no obstante su hermosura, aves de rapiña? ¿Cómo es el “guión” que Cuevas prepara para contarnos a su modo esta historia?

Dueños de diferentes lenguajes, Cuevas y Obregón diseñan mundos distintos aunque al habitarlos lo hagan con similar intensidad. Apuntando esto, aún me es difícil pensar en las similitudes de estos dos creadores; son sus diferencias las que me asaltan.

En tanto Obregón es en gran medida el pintor de la fuerza, de la energía desbordada, de la naturaleza que todo ocupa, de las bestias más atractivas entre más fieras, del color que nos entra de golpe recién caen nuestros ojos en uno de sus cuadros, Cuevas es más el creador de ambientes sórdidos, reconstructor de burdeles y hospitales, retratista de enfermos y moribundos, maestro en el tratamiento de la lujuria desbocada, colorista sórdido amante de los ocres, los sepias, los grises de la penumbra; antes que con el sol, Cuevas cohabita más con la sombra que ha sobrevivido al calor intenso de las escenas que nos muestra.

No importa, después de todo, si Obregón salió a caminar, de pesca o está encerrado para siempre en su taller. Importa lo que esa memoria puede producir en Cuevas, y lo que los recuerdos de tantos años han hecho en él. No tendremos a un Obregón revisitado y sí a un Cuevas que vuelve a la casa del amigo, como si pisara cauteloso sus propias huellas. Visita íntima, Cuevas experimentará intensamente las propias sensaciones de la ausencia del amigo en función de su propia memoria. ¿Obregón está en sus objetos abandonados? No lo sé. Aseguro en cambio que Cuevas está más aplomado y contundente que nunca. Ya él sabrá decir qué pincel tomó, aunque en la Intimidad, cuando nadie lo vea, saque discreto y cuidadoso su plumilla de siempre, cargada de tinta negra.

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Fragmento tomado del Magazín Dominical del diario El Espectador, noviembre 1 de 1992.

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