El pasado diciembre, la Galería Carla Stellweg expuso la obra reciente del joven artista Jaime Palacios. Aunque de nacionalidad chilena, se formó en Ciudad de México y vive en Nueva York. Como artista que convivió con una pluraridad de culturas, incluyendo China, Chile y Venezuela, su obra revela un lenguaje simbólico que al mismo tiempo desafía su definición en términos de una fuente única e independiente y unifica esos orígenes con respecto a un pasado común. Las imágenes “unlversalizadas” que proliferan en sus lienzos se estancan en un género humano colectivo. Ya sea pintando metáforas precolombinas o haciendo referencia a las historias de arte del occidente y/o del arte latinoamericano, Palacios tiene una visión de la humanidad dentro de una continuación cíclica y cósmica.
Como una “enciclopedia” virtual de imágenes de cruces culturales, los lienzos de Palacios evolucionan dentro de un vocabulario de signos, incluyendo una figura humana universal andrógina (a veces dotadas con órganos de sexo característicos), fluidos corporales, referencias botánicas, manos, imágenes de útero, símbolos de rituales, tijeras, cuchillos que proporcionan un cuadro espiritual de humanidad, identidad y creación. En los 13 lienzos que llenaban los muros de la galería, se veía la fascinación obsesiva de Palacios trabajando con su repertorio de símbolos.
Aunque en el pasado, esta repetición de caracteres y signos pudo haber parecido profunda, las figuras oscuras aquí en su segunda exposición individual en Nueva York se unen en una tendencia más innovadora para revelar el proceso del artista de luchar mano a mano con temas existenciales.
El cuerpo disecado y visto a través de rayos x por el artista, sigue siendo un objeto sagrado, adorado, como la máxima expresión de creatividad. Con el poder de procrear el cuerpo se une al paisaje natural. Aunque Palacios hereda esta idea de la tierra que nutre su legado latinoamericano, le interesa el aspecto binario de la creación, de dualidades coexistiendo de manera armónica como se ve en Fountain/ Source de 1992. Es este énfasis en el mito de la procreación y de la imagen del corazón que ha llevado a algunos críticos a situar a Palacios en la categoría de “Frida-ite”, pese a que puede verse en su obra una influencia más directa de artistas tales como Carlos Capelán, quien de hecho fue su profesor y mentor.
La figura universal que aparece en la obra de Palacios no tiene sexo, etnicidad, cultura ni tampoco clase. Desnudado de todas esas particularidades, el cuerpo está facultado como ser humano. Moviéndose del tiempo al lugar y al espacio, sobrevive a la historia. Aunque muchas de sus figuras humanas han sido manejadas con un ojo dirigido hacia obras de artistas como Durero o Rembrandt, en algunas obras recientes vemos su otro ojo estimulado por Imágenes africanas como en Origin and Identity en donde la forma humana se ha vuelto abstracta.
Ejecutados en tonos sombríos obscuros, los lienzos de Palacios no se deleitan en el color, sino que más bien reflejan una luminosidad interna, como con vitrales antiguos que aparentan perdurar a lo largo del tiempo; como si fueran el legado de una cultura arcaica. Traen a la memoria manuscritos iluminados de viejos pergaminos o inclusive exvotos populares. El “virtual pastiche” de imágenes encuentra eco en la textura de la superficie de los lienzos que son trabajados de manera intensa con barniz, raspados o, a menudo, cubiertos con capas de cera y a veces punteados con huecos. Lo que resulta es de una calidad elusiva, misteriosa, como si el espectador tuviera que encontrarse frente a frente con una reliquia del pasado.
ANNA INDYCH
Traducción de Andrés Salgado
