Exposición Individualabr 1993 - jun 1993· Por Autor no disponible

Jacqueline Maggi

Castillo de la Fuerza

Jacqueline Maggi es un caso paradójico dentro del panorama actual de la plástica cubana. Hoy día, cuando una nutrida presencia de personas muy jóvenes existe en lo que podría denominarse vanguardia artística, y cuando los contemporáneos de la Maggi nacidos a finales de los años cuarenta están en su mayoría en un impasse creativo, esta mujer, ahora en sus 43 años, ha sorprendido a todos con lo mejor de su producción, que coincide con su última muestra, denominada Cambio de estación, realizada en el Castillo de la Fuerza.

Y sucede que Jacqueline, de hecho grabadora, pues ese siempre ha sido su medio de expresión en la plástica, dio la sorpresa con piezas tridimensionales, tallas en madera, para ser más específicos. Jacqueline no había sido una revelación en el grabado, a pesar de su Indudable oficio y la sobriedad de sus trabajos; pero su incursión en la escultura, como bien explicó Antonio Eligió Fernández (Tonel) en el texto del catálogo, indica ias posibilidades de desarrollo de su obra individual, pero también abre un respiradero para la tan llevada y traída talla en madera, que en nuestro contexto ha funcionado como uno de los refugios más seguros para la banalidad y el pseudoarte.

Jacqueline se ha dedicado fundamentalmente a la calcografía y a la xilografía, y dentro de ellas dio un giro de ciento ochenta grados al comenzar por temas de corte histórico, como el descubrimiento y la conquista de América, y cuando ilustró el diario de campaña de José Martí, lo que le valió el Gran Premio del Salón Nacional de Pequeño Formato, en 1981, hasta llegar a recrearse en dimensiones más intimistas de su entorno, al estilo de lo reflejado en sus serles Torsos y De las cuatro estaciones. Estos dos últimos conjuntos conformaron su primera muestra personal, en 1989.

Jacqueline se confrontó tardíamente con el público; pero es que esta artista comenzó por el diseño, especialidad que estudió en la Escuela Nacional de Arte, en 1975, y se dedicó por mucho tiempo a trabajar como ilustradora. Su inserción dentro de los ámbitos del arte ha sido un poco tardía o, más bien, lenta, a la manera de quien piensa extremadamente cada paso que da en ese terreno. Por eso siempre tengo la impresión, ante su obra, de la existencia de un dique invisible que contuviera una impetuosa corriente. ¿Cuál será el freno? No lo sé, pero intuyo un cierto temor o inseguridad a lanzarse “de cabeza” a la creación.

Lo cierto es que la última exposición de la Maggi sugiere el primer paso hacia la rotura de esos muros de contención. Allí campeaban por su respeto la loza sin fregar, la tabla de planchar, un paquete de cartas viejas, los implementos de limpieza... todo el universo de la vida hogareña y de un espacio que bien podría ser su taller, des- contextualizados, creados por ella en madera. Era tan fuerte la personalidad sugerida tras todos aquellos objetos, que se hacía más notable aún la ausencia de la protagonista, al punto de dejar en el espectador un regusto a soledad, a sitio desolado.

A pesar de que el Castillo de la Fuerza con sus oscuras paredes de piedra del siglo XVII le restaba las máximas posibilidades de expresión a lo que allí se exhibía (hubiera requerido paredes lisas y blancas), había belleza en aquellas obras, y también de cierta forma una ternura, al poner a la consideración del ojo ajeno algo muy entrañable para ella, pero sin caer en lo cursi o banal. Era una frenética (y ¿por qué no? romántica, por la nostalgia que respiraba) necesidad de desnudarse ante otros seres, al difundir la intimidad de sus recintos, en una suerte de llamado inconsciente para que la gente colmara con su presencia quizá un vacío interior de la dueña, por el recurso de identificarse con sus esencias a través de los objetos mudos que en su ausencia la simbolizaban. Jacqueline entró con paso firme en una nueva estación. Hay que seguirle los pasos.

ERENA HERNANDEZ

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Jacqueline Maggi: Castillo de la Fuerza | artnexus