Cierto ánimo temeroso a la confrontación está impregnando peligrosamente nuestro ámbito cultural y plástico. Esto se observa no sólo en la consolidación de una crítica complaciente, poco creativa y signada por la pasividad; en el trabajo mismo de algunos artistas, reacios al riesgo que implica toda verdadera creación, sino también en algunos eventos que, como los salones de arte, deberían promover con mayor fuerza la confrontación y el desafío.
El miedo a la discusión no es sino el síntoma de la pereza intelectual que impone toda oficialización de la cultura alimentada de los precarios éxitos originados en lo establecido y ávida de la siempre insípida seguridad de lo conocido y reconocido.
Quizás ésta sea la mayor crítica que se le haría a la IV Bienal Nacional de Dibujo, realizada en el Museo de Artes Visuales Alejandro Otero.
Es cierto que para este evento se convocó libremente a todos los dibujantes activos en el país, pero paralelamente se invitó a participar a un numeroso grupo de artistas que entrarían a la Bienal sin pasar, por supuesto, por el proceso de selección.
¿Qué riesgos genera, para el resguardo de los fines del salón, la participación por invitación de un gran número de artistas?
En primer lugar, desvirtúa notablemente el sentido de este tipo de eventos, asentados en la confrontación y en la posibilidad de descubrimiento, pero no sólo descubrimiento de algún joven genial o de un maestro desconocido, sino también develación de facetas críticas de un ámbito plástico dado. En este sentido, los salones contribuyen a hacer “mediciones” del estado en que se hallan determinadas modalidades y posibilitan estudiar rasgos comunes, búsquedas concominantes, carencias.
En segundo lugar, se promueven ciertas “injusticias”, que en esta edición de la Bienal de Dibujo fueron patentes. De la gran cantidad de obras llegadas como envío libre para ser sometidas a selección (un envío no abundante en calidad, por demás), muchas fueron rechazadas porque no eran propiamente dibujos, sino que tenían elementos de expresión propios de la pintura. Pero, sorpresivamente, el Salón abunda en pinturas enviadas por los artistas invitados que no pasaron por el “filtro” de la selección. Esto no sólo genera ciertos malestares, sino que confunde notablemente al público que visita la Bienal, convirtlendo lo que podría ser un interesante tema de discusión (las fronteras entre dibujo y pintura) en una categoría elusiva.
Un tercer punto que esgrimiría como crítica a las “invitaciones masivas” es la laxitud del sentido crítico que subyace en ellas. Sería incierto e ingenuo afirmar que en un ámbito cultural hayan tantos individuos que hayan marcado una pauta en el dibujo. En este Salón son numerosos los artistas invitados cuya principal vía expresiva no ha sido el dibujo, el que sólo han practicado secundariamente en relación con otras modalidades. Entonces ¿por qué no arriesgarse y convocar a los pocos que nuestro sentido crítico nos señale como maestros, como artistas que marcaron un hito o que se expresaron fundamentalmente a través del dibujo?, ¿por qué seguir con el temor a la discusión y seguir el “sentido común” impuesto oficialmente?
El máximo galardón de este evento, el Premio Fundarte, fue concedido a Luis Lizardo, a pesar de que su obra El regreso, la casa y la creación es una pintura. El Premio MAVAO fue otorgado a Zeinab Bulhossen por su pieza Dibujos: De la línea a la firma. También fueron entregadas menciones especiales a Luis Romero, Luis Poleo, Antonio Montes de Oca y Franco Contreras.
Quizás sólo si asumimos el riesgo que implica toda generación de cultura, en cuanto ente vivo, dialogante con el hombre, podamos reactivar y reencontrar el sentido de la confrontación plástica en los salones.
KATHERINE CHACON
