La exposición de Florencio Galabert en la galería Frederic Snitzer de Coral Gables fue toda una sorpresa, no sólo por la calidad de la muestra, sino por la presencia del elemento escultórico, totalmente ausente de los demás espacios de la ciudad donde reina la pintura por excelencia.
Gelabert nació en La Habana, Cuba, en 1961. Realizó estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro (1974-1980) y completó estudios de dibujo, escultura e historia del arte en el Instituto Superior de Arte de La Habana, en 1989. Aún en su medio, fue siempre “un extraño en la escultura”, como lo dijera alguna vez Gerardo Mosquera. Mientras sus antecesores trabajaban obras de tipo académico, Gelabert se mostró, desde el principio, dispuesto a romper los esquemas. Pertenece por mérito propio a la denominada generación de los ochenta y, como muchos de sus miembros, reside actualmente fuera de su país. La muestra, la primera individual desde 1989, incluye nueve piezas madera resultado de su experiencia en el exilio. Desde su llegada a Miami en octubre de 1990, Gelabert ha vivido un de proceso difícil de adaptación como persona y como artista. Al respecto relata: Los primeros seis meses fueron muy difíciles pues no tenía cómo subsistir. Tuve que dedicarme a hacer otros tipos de trabajo que nunca hubiera soñado y que de alguna manera me consolidaron. Un artista es un ente social que se nutre de lo que sucede alrededor y especialmente de la sociedad. El haber ‘paleado’ café me hace sentir muy bien...los trabajos que pasó fueron toda una experiencia, no sólo válida sino necesaria y marcan completamente su obra reciente. Sufrí porque no pude hacer escultura y no por lo duro que fuera aquello, porque yo creo que era un proceso aleccionador para mí como humano. Te hace cambiar, te hace ver la vida más maduramente y a mí me hacía falta.
El resultado de ese proceso de maduración se hace palpable en la muestra. Anteriormente, durante sus años de formación, la fuente creadora era la vida diaria de La Habana, la arquitectura local, las raíces antropológicas de la sociedad cubana; incluso llegó a interesarse en el desarrollo tecnológico desde un mundo alejado de esa realidad. A raíz de su salida, la obra cobra una connotación diferente. El análisis se vuelca hacía una posición más conceptual. Gelabert acepta el exilio como realidad para vivir pero sigue llevando el peso de su cultura, de su tradición. Se niega a aceptar la posición de quienes se asimilan o pretenden transportar su cultura o su historia a una geografía diferente.
Cuba es una cosa que quedó en el corazón, algo que llevo por dentro, que me está doliendo por dentro.
El uso de la madera no es fortuito. Yo sentí en la madera el mismo dolor por el que yo estaba pasando. Me identifiqué con ella...Yo siento que la madera es algo que sufre igual que yo. Si bien la muestra es un poco dispareja en cuanto a la fuerza de las obras, es evidente que aquellas que se destacan implican claramente ese mensaje: A brazo partido y Con este cuchillo te deseo... son troncos verticales tallados y quemados, heridos por un clavo metálico o por una madeja de alambre de púas. Según explica el artista: Se trata de la retórica de la lucha del trabajo del pueblo cubano. El brazo- tronco de madera es la verdad, la firmeza, la pureza y ese brazo queda cercenado, clavado... Con ese cuchillo de espinas te deseo., es, como quien dice, con esto mismo que nacimos, con esto mismo te voy a destruir.
De una manera muy personal y sin pretender utilizar un lenguaje directo (por el contrario, lo evita al máximo), Gelabert transmite en sus obras su propia realidad que sin duda resulta del proceso revolucionario mismo. Según él, la revolución tuvo una etapa de florecimiento, de auge, pero llegó un momento en el que el proceso paró y ahora se encuentra en una etapa de retroceso. Esta idea está claramente descrita en la escultura El libro de las horas, doce troncos de madera cortados en forma transversal y alineados horizontalmente, trabajados con fuego y clavados con puntas metálicas similares a dagas o puntas de flecha; las incrustaciones demarcan el transcurrir del tiempo, como lo marcan las agujas de un reloj, inicialmente de izquierda a derecha hasta que llega al meridiano donde la aguja se devuelve indicando un proceso inverso.
Otra obra ligada estrechamente a su experiencia personal es Abre caminos, un tronco ancho y sólido, cercenado, clavado por cadenas rotas. El escultor explica que se trata de un “elegua”, un elemento religioso afro-cubano en lengua yoruba que se usa para la buena suerte, para abrir caminos; la pieza es algo que rompió las cadenas para abrirse camino. La cama de Dios, una tabla gruesa de madera pintada, con puntas talladas ensambladas, colocada sobre dos bases, surge del siguiente pensamiento: Yo siempre he soñado con un Dios que es un ser humano igual que yo; que es un ser justiciero benévolo pero a la misma vez que tiene los mismos defectos y las mismas virtudes. Si este Dios existe, pues tiene que pasar una prueba de fakir para subsistir igual que yo en el mundo terrenal. La cama es un homenaje a eso, a que a Dios no todo se lo voy a pintar Esta pieza es tal vez una de las esculturas mejor logradas estéticamente.
Es evidente que Florencio Gelabert logra su objetivo de crecer, de tratar de entender lo que quedó atrás y de buscar siempre mejorar como hombre y como artista. Sus obras recientes lo reafirman, no sólo como “un extraño en la escultura”, sino como una fuerza plástica importante, comprometida (más no fanática) con sus raíces, su pueblo, su cultura y su identidad.
FRANCINE BIRBRAGHER
