En la galería Víctor Martín de Madrid la pintora Elizabeth Aro presentó, durante los meses de diciembre y enero pasado, una muestra de sus trabajos más recientes. La componían media docena de cuadros pintados con ocres, marrones y azules muy quemados que más que cuadros eran construcciones pictóricas, artefactos pintados cuya característica tridimensional dialogaba sin tropiezos con las dos piezas directamente escultóricas expuestas junto a ellos.
Elizabeth Aro es una artista portería de algo más de treinta y años que en América Latina ha dado a conocer su obra, aparte de su Argentina natal, en Colombia, Ecuador y México. Su mayor logro en la difusión internacional de su trabajo está representado, sin embargo, por su participación en La Escuela del Sur, El taller de Torres García y su legado, una ambiciosa exposición sobre el tema tan claramente resumido en su título, inaugurada en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid en 1991 y continuada en The Bronx Museum de Nueva York y la Archer M. Huntington Art Gallery de Austin en 1992. El dato tiene implicaciones. Elizabeth Aro es heredera artística de Torres García y en especial de su proyecto de aclimatar el constructivismo y la abstracción geométrica europea en Latinoamérica fusionando sus lecciones con la tradición artística precolombina. La idea de una mezcla de este tipo no era completamente original.
Worringer, el filósofo e historiador del arte alemán que tan decisivo fue para la fundamentación del arte abstracto en sus orígenes, apeló para lograrlo al arte egipcio, tan poco naturalista, tan dado a la abstracción y la geometría. Pero los ingredientes que Torres García reunió para su propio proyecto tenían otra consistencia y su mezcla dio otros resultados.
Su obra tardía y la de la mayoría de sus discípulos, directos e indirectos, agrupados en la exposición mencionada arriba, fue“ensuciada por la tierra”, para decirlo con la terrible fórmula empleada en el estatuto de limpieza de sangre, impuesto por la corona española en sus colonias americanas, para descalificar a los españoles que se asentaban definitivamente en América. La geografía tocó a la geometría.
Ese mestizaje se nota en la obra de Elizabeth Aro, incluso ahora, cuando según ella misma declara, quiere tomar distancia del legado de Torres García e intensificar su propio lenguaje. Había en todas las piezas expuestas en la galería de Víctor Martín una gravedad, una opacidad telúrica, que todavía separa su arte de la limpieza platónica, puramente ideal, de los integrantes y herederos de la otra gran vertiente constructiva del Cono Sur, la del grupo Madi de Buenos Aires precisamente.
CARLOS JIMENEZ
