Monografíaabr 1993 - jun 1993· Por Katherine Chacón

Chillida

El cuerpo, el espacio

"Cada una de las esculturas de Chillida es, como un pájaro, un signo del espacio; cada una dice una cosa distinta: el hierro dice viento, la madera dice canto, el alabastro luz, pero todas dicen lo mismo: espacio".Octavio Paz

El Centro Cultural Consolidado de Caracas inauguró el pasado mes de noviembre la primera muestra del escultor vasco Eduardo Chillida hecha en Latinoamérica. Chillida, escala humana agrupó 187 obras entre dibujos, collages y esculturas realizadas por el artista entre 1948 y 1992.

Toda la obra de Chillida es un juego constante de oposiciones, un diálogo entre la masa y el vacío, o mejor entre el cuerpo y su espacio. Pero ¿acaso no es el espacio parte fundamental, inseparable, de lo corpóreo? ¿No es creado el espacio sólo en relación al cuerpo que recibe?

"El espacio [...] nos rodea y nos sostiene; simultáneamente, nosotros lo sostenemos a él y lo rodeamos. Somos el sostén de aquello que nos sostiene y el límite de lo que nos limita. Somos el espacio en el que estamos"1 nos señala Octavio Paz al referirse a la obra de Chillida. Si atendemos a esta reflexión, y a la sensación de un espacio que se crea constantemente activado por la masa, nos estamos acercando a algo quizás esencial en la obra del escultor vasco: al diálogo de la materia plástica con el mundo, es decir, a la capacidad de instalarse y habitar el mundo y de crear un espacio estético.

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Paz dice que atisba en la obra de Chillida un rechazo tanto a la forma como a la abstracción geométrica. Lo puramente geométrico no parece conciliarse con la sensibilidad de Ghillida, pero ¿qué podemos pensar de su rechazo a la figura humana cuando vemos dibujos como Figura femenina sentada de espaldas (1948), Figura femenina tumbada de espaldas (1948) o Cuerpos (1948-1949)? En estos dibujos predomina la decantación de la forma, dada por la capacidad de síntesis lineal, la limpidez compositiva y lo que podríamos llamar una cierta elegancia que evade todo lo accesorio. Sin embargo, lo corpóreo, el cuerpo como masa, cobra una presencia inusitada en estos trabajos. Por esta vía podemos entender la afirmación de Paz: "Chillida no retrata el cuerpo humano buscando lo anecdótico o lo meramente naturalista, sino que parece indagar en su forma a través de su doble condición espacial y sensible: cuerpo consciente de su corporeidad, donde su espacialidad, masa que crea un espacio y que experimenta sensorialmente su "habitar" el mundo. Quizás de aquí provenga la sensualidad que impregna toda la obra de Chillida".

Chillida parece transponer esta noción de corporeidad a la escultura a través de obras que estudian el cuerpo humano, al que sintetiza en masas escultóricas compactas. (Forma, 1948; Torso, 1948).

Alrededor de 1949 comienza a recortar, en sus dibujos, algunos contornos de los cuerpos, reiterando su "gusto" por la presencia masiva del cuerpo y su activación espacial (¿el silencio atento y vivo del que nos hablara Marguerite Yourcenar?). Esto se repetirá, en esencia, en sus collages abstractos de finales de 1968-1969 y en la serie Gravitación (1989-1992) en la que se superponen papeles colgados con recortes y dibujos en tinta.

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En la década de los cincuenta, este espacio activo emerge del trazo lírico; la masa es ahora mancha, impulso, movimiento. Tal vez por esta actitud se concretará, en las esculturas, una apertura de la masa, una libertad de las líneas y una potencia interior de las formas. El diálogo entre cuerpo y espacio se hace más íntimo y más potente. Las formas adquieren la fuerza expresiva de la metáfora o del símbolo.

En los Peines del viento, conjunto escultórico instalado en el Paseo de Ondarreta en San Sebastián (España), la intimidad entre cuerpo y espacio se patentiza en "una suerte de mano terrible que abre los dedos para que pase entre ellos el viento de alta mar"2. Estas esculturas han comenzado a "habitar" el mundo, activando estéticamente el espacio, entrando en diálogo con el paisaje: persistiendo en el diálogo inmemorial de hombre y naturaleza, estableciendo una especie de pacto entre naturaleza y cultura. Este "habitar" el mundo lo observamos también en Elogio del horizonte (1990), en la obra en la que la relación dinámica de creación entre masa y espacio se da tan poderosamente que casi nos es imposible imaginarnos el Cerro Santa Catalina en Gijón, donde fue colocada, sin su presencia.

"Sean las obras de Chillida enormes [...] sean diminutas [...] la escala en la que trabaja es siempre a escala humana"3, apunta Kosme María de Barañano, curador de la muestra. De aquí se desprende la idea que titula la exposición y que nos habla de la relación que guardan las obras de Chillida con el cuerpo humano. Esta relación no es exterior, no apunta ni a la medida ni a la dimensión; es más bien una relación intrínseca, viene dada interiormente de cada obra, deviene de su forma, de su estructura, de su interacción sensual, sensible, ¿humana? con el espacio, de su "habitar" corpóreamente el mundo, y ¿por qué no? de una vocación humanista, es decir, dirigida al hombre, a la cultura, que intuimos en obras como Homenaje a la tolerancia, Homenaje a la arquitectura o Mesa de Ornar Khayyam.

La sensualidad y capacidad creativa de lo humano son una referencia permanente en Chillida, como puede constatarse por su reiterada alusión, en dibujos y modelados, a la mano como forma. ¿Y no vemos en la serie de las Lurras, en su plasticidad que invita al tacto, en sus incisiones "húmedas", un homenaje a lo manual, a lo táctil, a la sensualidad pura de la materia plástica? Es obra variada la de Chillida, una obra que trata por diversas vías una misma inquietud, cambiando, metamorfoseándose. Hay en ella constancia y fidelidad, pues, como dice Paz: "Chillida persiste cambiando".

*Fotos cortesía del Centro Cultural Consolidado de Caracas.

NOTAS

1. Octavio Paz: Chillida, 1979. Tomado de: Centro Cultural Consolidado: Chillida, escala humana, Caracas, 1992, Cat. No.13, pp. 144–149.

2. Ibidem.

3. Kosme María de Barañano: Chillida en Venezuela. En: op. cit. p. 36.

KATHERINE CHACÓN

Curadora de arte latinoamericano del Museo de Bellas Artes de Caracas. Profesora en el Instituto Armando Reverón en Caracas.

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