En el recién inaugurado Museo de las Américas en San Juan de Puerto Rico se efectúa, desde el mes de abril hasta octubre de 1993, la exposición homenaje que la X Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe dedica al artista puertorriqueño Carlos Raquel Rivera, quien nació en Yauco, Puerto Rico, en 1923.
Durante sus primeros años pudo acumular experiencias existenciales que le han permitido explorar el alma de su pueblo. Retinó su talento natural en el taller de Juan Rosado en el sector sanjuanero de Puerta de Tierra y luego en el Arts Students League de Nueva York.
Durante la década de 1950 ingresó en el taller de Artes Gráficas de la División de Educación a la Comunidad en San Juan. También se incorporó al Centro de Arte Puertorriqueño junto a Lorenzo Homar, Rafael Tufiño, José A. Torres Martinó, Julio Rosado del Valle y Félix Rodríguez Báez. Dichas instituciones, una desde el plano oficial y la otra de iniciativa privada, fueron factores claves para el gran desarrollo de la gráfica en Puerto Rico a partir de mediados de nuestro siglo.
La obra gráfica de Raquel Rivera proyecta valores motrices que avivan la sensibilidad emocional del pensamiento latinoamericano. Sin embargo, las ideas desarrolladas responden a principios de vigencias universales. Entre sus aportaciones más relevantes' encontramos la impresión de imágenes que se estampan en la psique del observador. Las mismas se incorporaron de manera tan estrecha, que se han transformado en parte de la intimidad iconográfica del ser nacional. Representan verdaderos reclamos históricos extraídos del inconsciente del ambiente isleño. Un aspecto distintivo de un artista es la manera en que reúne factores circunstanciales a fin de transformarlos en mensajes cuya misión es trasponer tiempo y espacio. Como espectador susceptible del contexto estético, Raquel Rivera sabe que el arte origina situaciones externas dirigidas a influenciar a los contempladores. Cuando se establecen relaciones con el producto de la inventiva, el recuerdo puede alcanzar dimensiones vitalicias, ya que existen diferentes maneras de poseer ese tipo de quehacer intelectual. Si la experiencia se transmite a generaciones futuras, se ha logrado el objetivo. Se suscita así una situación interesante en la cual los gustos de una época se ven apoyados por la posteridad. Raquel Rivera ha desarrollado un legado visual que ha sido ampliamente reconocido por sus coetáneos.
Tenemos ante nosotros un creador que ha orientado su quehacer a articular experiencias y proyectar lo cotidiano y lo extraordinario como se aprecia en Huracán del norte y Santa Clara. El nombre de la primera fue motivado por su vivencia en 1957 durante la devastadora tempestad que causó serios estragos en Puerto Rico. En la segunda, extrae de los registros de la ilusión los espectros que pueblan las fantasías populares. Allí convocó los poderes nefastos que, de acuerdo a las creencias generales del país, son portadores del desastre. A veces el artista nos confronta a aquelarres poseedores de la técnica especial del sincretismo característico del criollismo antillano, como se percibe en el contenido de Las cuatro plagas. Es una pieza de carácter apocalíptico donde oficiantes en estado de arrebato se convierten en portadores de males, de procedimientos inversos a los del surrealismo.
