La fotografía en Venezuela data de mediados del siglo pasado, cuando las primeras técnicas llegaron de mano de artistas viajeros. Seguidamente, algunos venezolanos aprendieron el arte de la cámara para captar el rostro del hombre, el paisaje y diversos acontecimientos sociales y de la naturaleza. Entre aquellos pioneros podemos distinguir iniciales discursos artísticos. Ya en nuestro siglo, la fotografía se asoció al retrato de sociedad, a la escenografía académica, a la gráfica de prensa y al documento humano.
Así, cuando Alfredo Boulton comienza en 1930 a manifestarse como fotográfo, hay una modesta tradición local que le antecede y que él supera en sus distintos parámetros al plantearse una visión moderna, más plástica de la imagen fotográfica y al marcar un testimonio estético hasta entonces inédito y con carácter de personal lenguaje visual. A partir de Alfredo Boulton el sujeto de la fotografía será reinventado como consecuencia del proceso creador.
Para comprender nuestra historia de artes, y concretamente la fotografía, hay que ver y estudiar la obra de Boulton. Su exposición en la Sala Mendoza de Caracas ha sido curada por Antonio Padrón Toro, aunque tal crédito no aparece en el catálogo. El conjunto reúne un centenar de fotos, muchas inéditas, y lamentablemente no reproducidas en el catálogo.
Las primeras fotos que interesan de Boulton datan de 1930 y en las mismas indaga su contorno espacial: La hacienda de San Bernardino muestra un aspecto del campo, una casa humilde y la grandiosidad del cielo. Caracas desde el Calvario (1932) es una panorámica de la ciudad en la que se aprecian algunos edificios en medio de las casas y, hacia el extremo izquierdo, un detalle de El Avila. En primer plano una rama traza su dibujo en el espacio. Torreón de la Urbina (1933) es la composición más lograda de este período; la misma recuerda los postulados de la Escuela de Caracas y especialmente la pintura de R. Monasterios. La fachada y el burrito revelan una característica del país. Al fondo, el paisaje del Avila.
Por otra parte, y de 1930, están varias fotos que refieren escenas de la Sabana Grande, sean una calle o una plaza, que certifican el aspecto rural de la capital. En árboles de San Bernardino se impone el encanto de la naturaleza, la belleza de un camino en estado salvaje. Estas imágenes corresponden a los ejercicios iniciales del artista. Llaman la atención los juegos de luz. En Las hortalizas de los chinos en el paraíso tenemos el campo sembrado de una Caracas que pronto desaparecería. Dos copias grandes muestran el valle de Caracas (sin título, sin fecha), como último vistazo de un espacio virgen, en el que se destaca la majestuosidad de la naturaleza.
Seguidamente se ofrecen las indagaciones de Boulton, motivado por el surrealismo, en cuatro fotos que aseguran su ingenio y su madurez como fotógrafo.
Continúa la exposición con la figura humana, el desnudo femenino o masculino de sensualidad hasta entonces desconocida en la fotografía venezolana. Es admirable la escenografía inaudita de La salamandra (1935): desnudo en los médanos, la belleza y plenitud del cuerpo y el sentido del erotismo. Una de las características de la obra de Alfredo Boulton es su mirada sobre la geografía. Apreciamos cualidades documentales, como en las series del Cementerio Los hijos de Dios (1934) o La rotunda (1932) y su referencia al petróleo en Los puertos de Altagracia (1940); composiciones estéticas, como en Mi ventana (1931), donde hay juegos de líneas y luz o El barco ebrio, donde el objeto es humanizado; la marina, El cementerio marino (1943) poético tributo a Valery; lo árido Quiebra hacha, Falcón (s/f. En su libro se indica el año: 1937), donde lo infecundo es motivo para la reflexión de arte, en fin, el hombre, representado en Eladio Montiel (la fecha correcta es 1944), que es una alegoría a la felicidad de un cuerpo en el espacio.
Alfredo Boulton ha publicado dos libros en los que ofrece buena parte de su obra como fotográfo: La Margarita (1981,210 páginas) e Imágenes (1982, 238 páginas), ambos impresos en Milano.
Boulton recorrió el país, los Andes, los llanos y la Margarita, obviamente un tema con el que identificamos al artista.
En tierra adentro se interesó por la flora, el cielo y la inmensidad del paisaje; en la isla escoge al hombre, sus faenas frente al mar, el trabajo colectivo, el pasado histórico, su casa de Pampatar, su mujer, sus amigos -Calder-, la virilidad del margariteño, Agapito Acosta, y la alegría de vivir, Las aguadoras, título que por lo demás recuerda el de una de las primeras esculturas de Narváez.
Luego tenemos una antología de los retratos de Boulton, hechos a hombres de bien, a individuos progresistas: Villanueva, Cabré, Reverón, Otero, Uslar Pietri, Narváez, Meneses, Sotillo, el general Medina, Arráiz y, por supuesto, la señora Yolanda. Son conocidas fotos de estudio, a las que se agregan Cruz Diez (1962) y Soto (1992), estupendo retrato. Del período de los años cuarenta son las tomas de El silencio y las fuentes de Narváez.
Un capítulo novedoso corresponde a las fotos de sus viajes por Europa, principalmente por Grecia, España, Italia y Francia. Boulton escoge por norma el testimonio artístico del hombre, a través de su arquitectura y de la escultura. En sus encuadres hay cierta soledad, que se reafirma por la solemnidad de las construcciones.
Las pisadas del Panteón toma las piedras del piso y de la columna como sinónimo de civilización. La vida cotidiana ha pasado y ahora sólo queda la mirada del hombre, en este caso la de un esteta.
En otros lugares, cuando Boulton hace una toma del campo, sea en Granada o en Aragón, es para destacar edificaciones aunque se encuentren en estado de ruina. En Estatua ecuestre de Diego Velásquez (Madrid, 1939), se trata de una referencia a la Guerra Civil: el lugar es desolado y triste, y la estatua está destruida como consecuencia de los enfrentamientos bélicos. Luego, el símbolo de la cultura es arrollado por las pasiones humanas.
Finalmente, fotos recientes de su jardín con Caracas de fondo: desde los Guayabitos, es la hipérbole de su vida: testimonio del crecimiento de la ciudad y de su empeño por construir un lugar para gozar su existencia.
JUAN CARLOS PALENZUELA
