El viernes 14 de mayo a las 18 horas, en la avenida Toison D'Or, en uno de los barrios exclusivos y comerciales de la ciudad de Bruselas, un nutrido grupo de residentes iraníes se pronunciaba contra las ejecuciones de cinco estudiantes en la cárcel de EVIN, Irán. Portando carteles, banderas y fotografías de los niños, mujeres y hombres asesinados –algunos con la boca tapada con cinta de embalaje–, protestaban bajo el resguardo de los “guardianes” del escultor mexicano Rivelino (Jalisco, 1973). Las imponentes figuras de Nuestros silencios reclamaban para sí la autoridad y atención de ser escuchados fuera del ámbito local, y se convierten en embajadores de los que no tienen voz en los Parlamentos y pasillos de la política internacional.
Pocas veces una instalación de arte público no permanente trasciende su lugar para convertirse en un símbolo de representación política tan potente. Y todo ello sin recurrir a discursos o folletos conceptuales que le abran el sentido y la polisemia a la intervención de la vía pública, y que muchos en el arte contemporáneo se prestan a clasificar con el llamado site specific. ¿Sitio específico de qué? En su gran mayoría estas intervenciones, para existir, no pueden sostenerse fuera del contexto de la galería o las instituciones artísticas. ¡Qué gran paradoja! Nuestros silencios es todo, menos voces calladas; es un alegato y una vuelta de tuerca total a lo que el arte público debería ser en toda su dimensión: interpelación añ espectador-transeúnte y comunicación, propuesta contundente visual, integración al espacio urbano y al contexto (político y social del lugar que interviene), y retención en la memoria de la ciudad como parte de las “leyendas urbanas” que se construyen.

Desde su primera presentación en la Plaza del Marqués de Pombal de Lisboa, y luego en el Parque Juan Carlos I en Madrid, Nuestros silencios ha sido acogido con mucho interés, aunque su recepción ha diferido muchísimo en cada ciudad. Y es de esperarse en una obra de arte público que considera con mucho cuidado cada una de sus sedes y el lugar de instalación. En la avenida Toison D’Or, en el barrio Louise, existe un lugar baldío por varios años llamado sintomáticamente “la herida de Bruselas”, un sitio que avergüenza a los lugareños y donde los dueños no terminan de decidir qué harán con un terreno en esa área tan lucrativa. En escasas tres semanas, Rivelino y el arquitecto Héctor Velázquez Graham convirtieron el erial en un potente atractivo con la intervención urbana sanando la herida. Per, en cambio, Nuestros silencios ha cuestionado la opinión pública en la sede de la capital europea donde se ventilan tantos conflictos internacionales sin solucionar. Y lo que es más, la obra ha escapado del autor para ser apropiada por los residentes de los barrios que desean su permanencia definitiva.
Los guardianes, diez esculturas colosales de (3,50 x 2,30 x 1,10 metros cada una), fueron fundidos en bronce y recubiertos posteriormente con una fibra que les daba la apariencia dúctil de la arcilla y la suavidad de la porcelana pulida. En donde debería aparecer la boca, se colocó una especie de placa casi rectangular que impedía “escuchar” las voces o resonancias. Cada una se diferenciaba sustancialmente en los signos o grafías inscritos sobre ella; líneas o escrituras de algún lenguaje olvidado, pero que nos hablaban secretamente sobre aquello que ocultan. Las grafías también aparecían sobre el voluminoso cuerpo de forma abstracta, cerrada y contundente, que unifica a los diez guardianes. La cabeza también responde a un mismo diseño que les confiere unicidad en la síntesis de rasgos. Luego de un estudio de las cinco razas predominantes: caucásica, negra, asiática, americana nativa y arábica, se construyó un “prototipo” representativo que quizás recuerde la utopía de una raza única cuyo significado se encuentra en una sola palabra: ser humano. Lo acompaña la Caja táctil, una estructura de acero de 2 m3, en cuyo interior hay cuatro esculturas en pequeña escala que reproducen las de tamaño real. La caja, realizada específicamente para los invidentes, no sólo presenta cuatro cavidades cuyo interior alberga los volúmenes, sino que también animal al placer de ser tocada y descubrir en la superficie mensaje en braille que llevan inscritos los guardianes.

Con Nuestros silencios, es el Rivelino americano quien ha vuelto a través del océano a Europa, no sólo como la representación de una utopía olvidada por los europeos en su sueño de democracia e igualdad, cuya conquista brutal de América empañó los deseos de realizar aquélla en el nuevo paraíso descubierto. En un contexto globalizado en el cual, aparentemente, todos estamos interconectados, Nuestros silencios es la respuesta de una mayoría silenciada que no tiene acceso y es sólo testigo de decisiones que le conciernen, pero que no se le tiene en cuenta para dar una opinión. Los silencios viajan de una ciudad a otra, o de un país a otro, para conectar millones de personas olvidadas en su vida privada, cercenadas de la esfera pública, cada vez menos participativa. Y es que el arte se ha olvidado de un principio profundo que le dio sentido a lo largo de su historia: ser comunicador de la realidad del presente y construir una visualidad legible para la mayoría, y no tan sólo para una élite consumista.
DERMIS PÉREZ LEÓN
The Curatorial Bureau, comisaria y crítica de arte independiente.

