En esta retrospectiva de treinta años de carrera de Rafael Ferrer sus pinturas nos impactaban al principio con toda la fuerza de su luz y color exuberantes. Pero después, la habilidad del artista para representar la oscuridad resultaba ser lo que más nos impresionaba. Este negro tropical se manifestaba en el excepcional manejo que le da a la pintura negra y en su talento para sacar belleza de materiales de desecho encontrados. Este aspecto dinámico de su obra fue muy bien dramatizado por Deborah Cullen, la organizadora de la muestra y directora de los Programas Curatoriales de El Museo del Barrio. La luminosidad, incluido un autorretrato maravillosamente desteñido, en blanco sobre blanco, nos atraía a la exposición, mientras que la galería final nos despedía dejándonos visiones de junglas negras y palenques para peleas de gallos. El contraste entre claridad y oscuridad era enfatizado aún más por el formato que estas pinturas compartían: todas pertenecían a un conjunto de obras a gran escala que Ferrer realizó a mediados de la década de 1980 y los años noventa, época en la que estuvo en República Dominicana casi todo el tiempo.

Cullen nos contó que decidió darles a estas pinturas de los años ochenta y noventa un lugar prominente en esta retrospectiva –organizada como parte de una serie de exposiciones en curso destinadas a resaltar la obra de artistas poco conocidos– porque quería convencernos de que este aspecto de la producción artística de Ferrer estaba incorporado a sus ensamblajes, esculturas e instalaciones. Lo logró al presentar sus obras en grupos temáticos. Bajo el título Light/Movement (Luz/Movimiento), la primera galería presentaba paisajes de vivos colores y escenas caribeñas de género, en su mayoría de finales de los ochenta y comienzos de los noventa. La siguiente exhibía obras relacionadas con el interés del artista por la música; la tercera, organizada alrededor del tema Series/Language (Series/Lenguaje), se centraba en dibujos de la década de 1970 y obras realizadas a partir de 2005, incluidas cartas de navegación de Ferrer y una serie de dibujos de rostros sobre bolsas de papel (1973-2010). Pinturas de los ochenta y los noventa sobre los modelos históricos del artista, y obras abstractas y surrealistas de las décadas de 1950 y 1960 eran el centro de la siguiente galería. Y, como ya se anotó, su gusto por retratar el negro tropical se vio reflejado en la última galería, Darkness/Menace(Oscuridad/Amenaza). Además, una pequeña galería contigua presentaba fotografías y material de archivo que documentaba sus instalaciones y performances.
Todos estos temas confirmaban los asombrosamente precoces y energéticos movimientos de Ferrer entre ámbitos culturales notablemente ricos y numerosos del Caribe, Estados Unidos y Europa desde 1950 hasta la fecha. Su gran virtud es su agilidad peripatética para introducirse en múltiples escenas, a la vez que mantiene la intensidad y la singular visión de su producción. Aunque no cabe duda de que los organizadores se prepararon para las inevitables quejas de que esta exposición no se organizó desde el punto de vista cronológico, el profuso tempo y la intensidad mantenidos a lo largo de la muestra se debieron en gran parte a la decisión de Cullen de desentenderse de una narrativa cronológica.
Dicho esto, buena parte del interés de ver toda la obra de Ferrer en una retrospectiva provenía de seguirle la pista a la senda de su proceso de descubrimiento artístico, una empresa fascinante e ilustrativa. Quizás la lección más importante que se puede aprender de este artista y su compromiso con el modernismo es que, como peregrino e intruso, ha disfrutado el privilegio de moverse por entre una impresionante cantidad de contextos, lo que le permite ocuparse por ejemplo, del jazz neoyorquino y el caribeño, y el surrealismo parisino y el caribeño. El regreso a Puerto Rico le ha permitido pensar a distancia en los múltiples mundos artísticos en los que participa. A esto, creo, es a lo que Cullen se refiere cuando habla de él como un modernista caribeño.
Como participante en los esfuerzos por revaluar la naturaleza del objeto artístico, Ferrer también ha demostrado que posee una aguda visión de los asuntos más vitales de su época. Tomando esto en consideración, parece tener mucho sentido el ver su giro hacia la pintura a principios de la década de 1980 como un caso más en el que Ferrer estaba al tanto de lo que pasaba. El problema de la acogida de sus pinturas durante los ochenta –que me hace acordar, en especial, de las pinturas de comienzos de la década, de la irreverencia de Peter Saul y los imaginistas de Chicago– nos induce a hacer preguntas sobre el retorno de la pintura en general en Estados Unidos y Europa durante la década de 1980, tales como ¿Cómo pudo arrojar luz sobre los impulsos primitivizadores de una figura como Francesco Clemente el hecho de reclamar un lugar para Ferrer en el centro de estas tendencias?
Retro/Active: The Work of Rafael Ferrer estuvo abierta al público del 8 de junio al 22 de agosto de 2010 en El Museo del Barrio de Nueva York, e incluyó un catálogo con ensayos de Deborah Cullen, Edward Sullivan y Carter Ratliff, y una entrevista con el artista hecha por Vincent Katz.
HARPER MONTGOMERY
