Producto de muchos siglos de cultura, de madurez política y social, que desembocaron en la sociedad industrial y urbana del siglo XIX e hicieron posible el desarrollo del capitalismo, la modernidad intentó, entre otras cosas, democratizar el diseño y producción de objetos para el hogar. Se sabe que en la mayor parte de nuestros países latinoamericanos esas condiciones (de cultura secular, industrialismo y vida social urbana) estaban apenas esbozándose cuando ya en Europa la modernidad era un hecho.
Hay que admitir que aquí también hubo intentos de modernización, favorecidos por ciertos sectores europeizados: una porción ínfima de la sociedad (entre ellos, algunos profesionales, intelectuales, pensadores y artistas que, o bien habían realizado sus estudios en el exterior, o estaban bien informados por su propio impulso y gusto, o bien profesaban esas ideas por haber nacido allí), aunque la modernidad sólo haya logrado asomarse de un modo muy precario, restringido y parcial, porque, de hecho, nuestra propia historia (y la de Latinoamérica, en general) hacían imposibles estos desarrollos.

En Venezuela (y, tal vez, en toda Latinoamérica, dada su condición de países recién surgidos del colonialismo y con una industria incipiente) casi todo provenía de afuera (aunque aquí se intentó responder, por lo menos en cuanto al diseño industrial, y se dieron algunas soluciones válidas), pero la modernidad, para serlo, debía impregnar toda la sociedad e influir en el comportamiento civil. Es una realidad infraestructural que, a la larga, conformará las formas superestructurales, un cambio radical del modo de pensar y sentir la vida.
Según los estudios de García Canclini, en Latinoamérica el modernismo “no es la expresión de la modernización socioeconómica sino el modo en el que las élites se hacen cargo de la intersección de diferentes temporalidades históricas y tratan de elaborar con ellas un proyecto global”, lleno sin embargo de contradicciones que será necesario admitir y conciliar (Culturas híbridas, Paidós, p.86).
Aunque parece que en esta exposición Mauricio Lupini quiere hacer evidente el en Venezuela, nos presenta una visión que en principio nos pareció negativa de esa modernidad. Pero la exposición no pudo dejar de evocar lo que fue nuestra experiencia de ella y despertó nuestra nostalgia: no tuvimos que hacer gran esfuerzo para encontrar su espíritu, tal como se dio en Venezuela. Ahí están los espacios amplios, modernos, de muchas construcciones caraqueñas; allí, a la entrada, los filodendros que aún ahora lo reciben a uno (como en esta exposición) en muchas casas o quintas de Caracas; allí están, aunque sea arrumbadas, las sillas (en lugar de la simplísima pero hermosa Superleggera, de Gio Ponti ─imposible de conseguir para esta exposición─, la 969, también de Ponti), o bien desconectadas, separadas de sus cables y privadas de su función, las lámparas que tanto nos gustaban. Allí está el sonido de la Onda Nueva: bossa-nova made in Venezuela. Y, sobre todo, allí están, aunque sólo como sombras, inaprensibles, pero haciendo evidente su innegable belleza, las siluetas de los muebles que fueron la gloria de la modernidad nórdica (de Charles Eames, Alvar Aalto, Eero Saarinen, Ludwig Mies van der Rohe, Alf Svensson y otros), y en un video (Hägring, Espejismo, 2009) engañoso de “veladuras y reflejos” (J. González, catálogo de la exposición), los objetos domésticos que tanto éxito tuvieron entre nosotros.
Y, finalmente, allí, en otro video (London, Tuesday 9 December, 1997 [Colección Plaza], 2010), vemos aparecer y desaparecer sin tregua (y sin opción alguna de detener esas desapariciones dolorosas), las fichas técnicas y precios (afortunadamente no las imágenes, lo cual hubiera sido mucho más desgarrador), de una fabulosa colección consistente en ochenta y cinco obras de Morandi (óleos, dibujos y estampas) prometida en 1971 por un coleccionista particular al Museo de Bellas Artes de Caracas, lo que hubiera podido cambiar su categoría de buen museo por la de uno de los museos más importantes de América Latina, ya que de haberse cumplido la donación hubiera estado en capacidad de ofrecer al mundo el conocimiento de primera mano de la obra de Giorgio Morandi, cosa que no sucedió por obra y gracia de la incultura, tacañería e incompetencia de los gobiernos que ha tenido siempre Venezuela.
Este es mi sentimiento de la exposición: la visión de una modernidad precaria, inconsistente, fantasmal, que falló, que no llegó a concretarse, pero que en nuestro recuerdo se vislumbra todavía fabulosa, impresionante.
IRIS PERUGA
