Luis González Palma se ha convertido en uno de los fotógrafos contemporáneos latinoamericanos más solicitados. Dentro de un estilo inconfundible y bien definido, ha estado produciendo obras de manera sistemática durante los últimos veinte años. Su última exposición individual, Guarded, hizo las veces de pequeña retrospectiva, al reunir obras de los últimos diez años y ofrecer el marco perfecto para su nueva serie de obras, de la cual tomó el nombre la exposición. De principio a fin de la muestra se pudieron percibir ciertas evoluciones formales y conceptuales por las que su obra ha pasado durante estos años, lo que nos permitió apreciar su unidad y solidez. Al mismo tiempo, pudimos ver las diversas fases por las que ha atravesado. Sus primeros retratos, con los que obtuvo sus primeros reconocimientos, son muy característicos; con ellos encontró la forma de a la persona en lo que parecía casi como un retrato de estudio, una larga tradición en el Nuevo Mundo. Luego hizo la serie Family Album en la que captó a la gente en el ambiente de su vida cotidiana. Más tarde se concentraría en objetos, y decidió narrar las historias más bien a través de Su última serie, Bodyguards, puede percibirse como un movimiento audaz, debido a que se centró exclusivamente en retratos masculinos.

Uno de los elementos que unifica toda su obra, sin importar el período, es el tratamiento inusual que da a sus personajes. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en su gran mayoría las piezas de González Palma son retratos, excepto las de un corto período en el que se inclinó por interiores y objetos, aunque incluso en este muchas de sus imágenes incluyeron figuras humanas, en general mujeres. En un análisis simplista podemos asentir con la cabeza ante estas obras y pensar que los retratos son cosa frecuente en fotografía, y lo han sido desde sus comienzos. Aunque puede ser cierto, González Palma los convierte en una nueva clase de obra por los efectos que logra. Cuando miramos una de sus obras, reconocemos de inmediato que él es el autor. Quizás la respuesta radica en lo que es capaz de obtener de la gente que retrata; la intensidad de su mirada o su mirada triste, consciente, llena de pesar. El anonimato de sus personajes es parte de su identidad, y este es el punto de vista del autor con relación a su gente; su forma de decirnos que están allí incluso si desconocemos sus nombres, y su aparente falta de expresión es en cierta forma una identidad que los incluye como gente. Detrás de cada una de estas imágenes existe una historia, una historia muy personal de complicidad entre la persona retratada y el artista. Estas personas lo conmovieron en una u otra forma, ya fuera a través de una relación personal o por un encuentro casual, y ahora estaban inmortalizadas en esas imágenes congeladas.
En estas obras había también una sensación de nostalgia, un indicio de tiempo pasado y perdido; o, como diría Marcel Proust, el artista parece estar “en busca del tiempo perdido”. A su modo, González Palma está buscando el pasado como elemento de identidad, un hilo que puede traer a su país al presente. Esta sensación de pérdida se transmite en la añoranza de sus personajes, reforzada por el tono dorado que domina su obra, aplicado en el fondo como esfumado.
La obra más reciente de la exposición, de 2009, era la serie Bodyguards, un conjunto de retratos masculinos para el que fotografió a guardaespaldas reales de las familias más prominentes de su país. Los guardaespaldas son por lo general gente anónima e “invisible”; su lugar en la sociedad actual de América Central es delicado, debido a que son protectores pero al mismo tiempo su presencia es señal de la violencia e incertidumbre que prevalecen en la región. González Palma los “disfrazó” con gorgueras, un elemento que se usó habitualmente en los siglos XVI y XVII. Había un componente histriónico en estas imágenes: parecían actores sacados de una obra pero, al mismo tiempo, estaban incómodos, mirando derecho a la cámara, en una actitud casi desafiante. Cuando veíamos estas imágenes no asociábamos directamente quiénes eran, y ni siquiera sospechábamos en qué trabajaban. El artista hizo las imágenes como daguerrotipos, encerradas en la típica caja ornamental, lo que creaba al instante una relación íntima y les daba un estilo particular, haciéndolas importantes a pesar del hecho de que eran muy pequeñas.
En esta exposición pudimos identificar con facilidad los muchos personajes que han poblado la iconografía de este artista: los hombres, mujeres y niños tradicionales, las damas misteriosas y, más recientemente, los guardaespaldas. Estas evocadoras imágenes eran acerca de la humanidad, en el sentido más amplio.
Sin lugar a dudas, la obra de González Palma lleva dentro de sí una crítica social implícita. Al principio sólo vemos el rostro de la persona retratada; luego, captamos la idea completa que está detrás de ella; las jerarquías sociales de Centroamérica. Al representar a la población aborigen de su país el artista está haciendo un comentario sobre su existencia, la marginación, la discriminación, y su lugar en la sociedad. Ahora, con la serie Bodyguards está hablando de otra cara de la realidad contemporánea de un país en el que la violencia es cosa de todos los días. La serie Bodyguards es una representación irónica de una sólida estructura social basada en una jerarquía en la que para estar protegido se necesita poder permitirse ese lujo.
IRINA LEYVA
