Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Israel Castellanos

Luis E. Camejo

Galería Villa Manuela

Lo volátil en la pintura de Luis E. Camejo (Cuba, 1971) me hace recordar lo inasible que resultó el mismo pintor cuando traté de contactarlo para una exposición personal en la galería Arte 7. Era 1994, o ya 1995. No conocía al artista ni a su obra. Un amigo me los había recomendado. Pero no pude dar con Camejo en el Instituto Superior de Arte (ISA), donde supuestamente residía y estudiaba. Se había casado, me dijeron unos compañeros suyos. Para colmo, ninguno sabía cómo localizarlo. Así que, junto con él, se esfumó la procurada exhibición.

Muestras en otros lugares, catálogos y revistas me presentaron, luego, su obra. Tuve destellos de su devenir pictórico. Recuerdo una pintura donde la policía investigaba la escena de un presunto crimen en el ISA. Recuerdo, igualmente, el sostenido interés de Camejo por la huella impresionista: desde el puntillismo a lo Seurat hasta la evanescencia a lo Monet, desde la paciente y morosa construcción de grandes formatos con puntos de color hasta el emborronamiento de formas para sugerir el minuto que se escurre.

Aún vi asomarse a Monet en Estaciones, exposición de Camejo en Villa Manuela. La atracción del pintor francés por las terminales de trenes, por las columnas de vapor con que las locomotoras desordenaban la atmósfera, de cierto modo se me hizo presente en las estaciones ferroviarias que puntearon el tránsito del artista cubano por aquella galería. Con sus colores brumosos, pasteles y empastados, La Gare Saint Lazare (Monet, 1877) abría camino en la memoria cual posible remisión para las pinturas que Camejo estacionó, por menos de un mes, en aquel espacio de exhibición.

Exposición Individual: Luis E. Camejo — imagen 1
Luis E. Camejo. Sin título, 2008. Técnica mixta sobre papel. 76 x 112 cm. (29 ¾ x 44 pulgadas).

En la obra de Monet, la aprehensión del instante climático e irrepetible constituía, acaso, el designio más urgente. La escena parecía congelada, no por el frío. Locomotora, gente y humo estaban suspendidos en la epifanía del tren. Esa que el cinematógrafo Lumière aprehendió, poco después, en iluso movimiento. Las visiones de Camejo también apostaron por el dinamismo. Pero, más que el arribo a un punto culminante y definitorio, al pintor antillano parecía interesarle el transcurso en sí. La estación, ce n’était qu’un repère. Era referencia de paso, un hito no necesariamente de llegada. No importaba su nombre. No lo indicaba siquiera el título de la obra. Se trataba del “no lugar”, el paraje de tránsito no arraigado en la memoria afectiva del conglomerado que la (des)andaba a cualquier hora, sin pertenecerle jamás.

Las estaciones de Camejo pueden ser entes singulares, diferenciados. Pero carecen de protagonismo. No lo tiene, tampoco, el ser humano que las construyó y utiliza. De hecho, rara vez se asoma a sus andenes. También está privado de beligerancia el paisaje, urbano o rural. Semeja más bien un esbozo, una alusión, una presencia coyuntural. El papel protagónico es asumido por el “camino de hierro”. Sinuoso. Maleable. Tortuoso. Por allí debe pasar el “tren de la vida”. Lento o veloz. Moderno u obsoleto. De carga o de pasajeros. Con más o menos vagones. En aquellas líneas “férreas”, transitables y transitivas, Camejo pareció considerar pautas y opciones, al mismo tiempo. Mostró vías de comunicación, expeditas y (des)encontradas. Propuso dislocación, fuga, encrucijada.

El punto de vista está centrado en el camino, no en la espera. Poco importaría aquí Penélope, la del saco de piel marrón y los zapatos de tacón y el vestido de domingo, la que aguarda sentada en el andén a que pase el primer tren… La “subjetiva” está emplazada en la trayectoria, incompleta, sin principio ni final, y jalonada por recodos. Interesa, apenas, el fragmento visible, ya recorrido o por recorrer. ¿De dónde se viene? ¿Hacia dónde se va? Son preguntas trilladas pero ineluctables, que tomaron esta vez al tren como vehículo. Atrás quedaron los autos, entre el barrido del asfalto, los túneles y las luces artificiales. Aunque todavía se les ve cruzar las traviesas del ferrocarril, cuando la locomotora no se vislumbra. Es un mutis circunstancial, pero refrenda que el derrotero, en uno u otro sentido, es lo cardinal.

Las terminales de Camejo emanan esplín. Parece que las nimba la nostalgia. Quizá por los tonos grises y ocres. Quizá, también, por la soledad. No la del individuo retraído en medio de la muchedumbre, sino la del sujeto desmarcado de un gentío ausente. La solitude de la propia estación, casi huérfana de pasajeros. La soledad de la propia locomotora, que rara vez se cruza con alguna otra, ni siquiera en lontananza.

A Camejo le interesa el entorno mutante. Con el paso continuo de trenes y autos, sus vías pintadas no son, nunca, las mismas. Sus flujos cambian dialécticamente, como las sabidas aguas en el río de Heráclito. Pero circulan bajo el principio, agregado, de la celeridad mecánica y humana. Un vértigo que sedujo, igualmente, a los futuristas. 

ISRAEL CASTELLANOS LEÓN

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