Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Andres Isaac

Los Carpinteros

Ivorypress Art+Books

Drama turquesa es la más reciente exposición en Ivorypress Art+Books, de los artistas cubanos Marcos Castillo y Dagoberto Rodríguez, Los Carpinteros. Se trata de la mayor individual de este colectivo en Europa, con más de doce esculturas e instalaciones y diecinueve dibujos en gran formato. El resultado es una puesta en escena sofisticada y exquisita que hace conjugar –de un modo impecable– la densidad conceptual contenida en cada pieza con el virtuosismo de superficie con el que cada vez se identifica más su trabajo. Poco queda ya de esas marcas de identidad de un principio en el que la ebanistería y la pintura, según el modo de hacer más tradicional, hacían la suerte de sello distintivo de una producción que disfrutó recuperar el tan conflictivo paradigma estético del arte y su embestida en el escenario cubano de los noventa. La actual propuesta, sin abandonar esa premisa de articulación que sustantiva la objetualidad y el cuidado minucioso de las superficies enfáticas, alcanza un grado de sofisticación tal que emula varios frentes discusivos de la cultura contemporánea y sus mecanismos de simulación y de sublimación, y rivaliza con ellos. El objeto y su representación son aquí grandes alegorías que funcionan  con autonomía absoluta en el plano discursivo. La seducción parece ser el leitmotif de todo el relato. Un ejercicio de complacencia retiniana que reclama la mirada, sin que por ello tengan que abdicar los enunciados articulados en cada uno de estos artefactos enfáticos. 

Exposición Individual: Los Carpinteros — imagen 1
Los Carpinteros. Sala de lectura, 2010. Madera. 450 x 450 x 300 cm.(177 x 177 x 118 pulgadas). Foto: Paco Gómez / NOPHOTO.

Drama turquesa se convierte, entonces, en un texto con infinitas gradaciones semánticas que interpela no sólo al espectador de tales piezas sino al propio sistema del arte, su tejido axiológico y sus categorías al uso. Lo escultórico expandido es un principio que diagrama la propuesta y enfatiza el carácter de puesta en escena, así como esa habilidad para rozar los límites ontológicos del lenguaje artístico. Los propios artistas, refiriéndose al trasfondo conceptual de estas piezas y a su clarísima polivalencia, han escrito: “Son objetos que aparentemente han sufrido una alta temperatura o una transformación que les ha hecho derretirse. Hablamos de derretir pero en realidad es mucho más amplio, es algo que está sucio, que está corrupto, que ha perdido su unidad física”. Obviamente, esta advertencia señala, por fuerza, el descalabro de toda una ideología nacional ortodoxa que basó sus reglamentos en la construcción de ideales de virtud que hoy se reconocen por todos en crisis. La obra es, así, una sustanciosa y lúcida metáfora que describe la insubordinación del ímpetu, por una parte; mientras que, por otra, apunta el desvanecimiento, entonces, de todo aquello que un día se creyó sólido e inamovible. El paisaje de derretidos y de viscosidad exultante se convierte en alegato de defunción de un relato histórico que halló en la soberbia de sus voces y en la fragua de Vulcano un modelo de hegemonía en extremo excluyente y asfixiante. Por suerte, y esta exposición de fe de ello, toda ideología, todo ideal de emancipación, engendra –de facto– su propia esclerosis. 

El uso de elementos que comportan una gran carga simbólica en el contexto cubano no aminora, como han pensado algunos, el alcance y la embestida de su actual obra. Todo lo demás atribuye sentido y garra a un grupo de piezas que, sin esas modulaciones del sentido y sus remisiones contextuales, sí perderían fuerza en medio de una escena global del arte asistida por la desidia y el culto trasnochado a la obra purista en diálogo pernicioso con las exigencias de un mercado del arte propenso a la satisfacción de los gustos más elementales y anodinos. Todas estas obras, reunidas bajo el enunciado de Drama turquesa, ironizan respecto de su referente inmediato, juegan a la simulación y al simulacro, coquetean con la voracidad de sus interlocutores de turno y hacen del objeto arte una apuesta discursiva que no se rinde ni se agota en nuevos escenarios globales. 

Rebajar la rentabilidad de ciertas iconografías y de su magnetismo o pregnancia en el plano, por ejemplo, de la política es una de las intenciones recurrentes en el trabajo de este colectivo. Ellos domestican esa iconografía, en un intento por vaciar su sentido originario a favor de subvertir su estatus desmitificando y amedrentando el trasfondo dramático de la misma. Tal y como ellos afirman: “Nosotros hicimos algo doméstico de toda esta iconografía dramática y socialista, hicimos algo bastante dominguero”. De ahí el sentido lúdico de la serie de piezas (dibujos y esculturas) bajo el título Barbacoa, en la que objetos asistidos por el aura de la consagración y el estoicismo más ramplón se convierten en arte-factos de uso cotidiano para jardines o, simplemente, en eso, en elementos de la cotidianidad doméstica y sus instantes de expansión y regocijo. 

La obra Sala de lectura, en mi opinión una de las piezas más soberbias y arriesgadas de toda la muestra, se inspira en el presidio modelo de la isla de la Juventud y reproduce su estructura panóptica en forma circular. La ironía aquí alcanza matices sorprendentes cuando la referencia (y su uso social) se desnaturaliza, y lo que antes era un espacio carcelario de adiestramiento y vectorización de la conciencia, se convierte en estantería, en una especie de anaquel con fines utilitarios y sociales, pero de muy distinta naturaleza en lo que concierne a su uso. En su dramaturgia interna se amplifican muchos sentidos que afectan la idea misma de la historia, sus mecanismos y estrategias represivas, así como ese carácter de ontología cíclica tan recurrente en las islas, la de Cuba en particular, donde la historia parece siempre repetirse esbozando la parálisis de una mueca que congela y extorsiona. Drama turquesa es una gran exposición, y lo es, sin duda, porque convierte el arte en escritura, en testimonio, en certificado –en definitiva– de cultura. 

ANDRÉS ISAAC SANTANA

Los Carpinteros, por Andres Isaac | artnexus