Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Carolina Lara

Juan Downey

Sala Fundación Telefónica

La exposición El ojo pensante permite al fin, en Chile, un amplio acercamiento a la obra de Juan Downey (1949-1993). El artista nacido en Santiago, se formó aquí como arquitecto, para emigrar, muy joven, a París y pronto a Nueva York. En este último epicentro fue —entre los años sesenta y setenta— uno de los protagonistas de esa escena innovadora y efervescente que estalló al vértigo de los cambios sociales, políticos y tecnológicos de entonces. Al poco tiempo de Nam June Paik, experimentaba ya con video arte, con video instalaciones, esculturas electrónicas, happenings y performances, sin abandonar el dibujo, el grabado y la pintura. Jugaba con los límites y reformulaba especialmente el rol del artista: se trataba más bien de un “comunicador cultural” o de un “antropólogo estético”, jamás encerrado, sino trabajando activamente en la sociedad y con los problemas de la sociedad, más allá de sus márgenes incluso, en busca de la otredad.

Bajo la curatoría de Marilys Downey y Julieta González, la muestra abierta de abril a junio lo presenta en su dimensión diversa, inclasificable y visionaria, es más: como un pensador. 

Exposición Individual: Juan Downey — imagen 1
Juan Downey. Rewe, 1971. Video-installation. Variable dimensions.

Al comienzo, Video Trans Américas (1976) marca una pauta desde la idea del viaje. La instalación es un recorrido a través de catorce monitores que se elevan sobre plintos, dibujando en el suelo el mapa continental y, en las pantallas, una polifonía de registros sobre la travesía vivida, entre 1973 y 1979, de Texas/Nueva York hasta muy al sur de Latinoamérica. Imágenes de calles, situaciones urbanas, de paisajes e indígenas en Chile, Perú, Bolivia, Guatemala y México, hasta culminar con tomas de una performance en su propio taller. La experiencia marca la obra posterior, abriéndose a cuestionamientos sobre el cruce entre arte, antropología y etnografía. El video es un híbrido, donde el corte, la edición, la sugerencia, la puesta en escena —portadora de símbolos— y nociones adelantadas de multiculturalismo, barren con la objetividad y el tono folclórico. A través del video, las distintas culturas se miran a sí mismas, con evocaciones que van de lo político a lo mítico y poético. La tecnología es un medium, es decir, un medio e intermediario hacia otros estados de percepción.

El viaje de Downey es político. De acción y compromiso total hacia el encuentro con el otro. Es la búsqueda de su identidad, de las propias raíces, de la memoria, resultando un encuentro frontal con la realidad de países marcados por agudos conflictos sociales y —en varios casos— por regímenes dictatoriales. Tras el reencuentro, Chile se vuelve un tema que persiste. Está en Map of Chile (Anaconda) (1975) y About Cages (1987), instalaciones que traspasan la vivencia de la tortura, la represión y la injusticia. En una serie de videos de los años ochenta (Chicago boys, La Madrepatria, The Return of the Motherland), aborda el documental, la entrevista, la representación teatral y la experiencia del desarraigo.

El viaje también es místico. Luego de Video Trans Americas, Downey se va a la selva amazónica venezolana y durante un año reside entre los Yanomami, integrando su “ojo pensante” a una tribu que vive aislada, en estado primitivo. Un trabajo recíproco con este grupo expande las posibilidades del video y de su propia experiencia como artista “observador”. 

Por entonces, hizo Meditaciones, una serie de trabajos gráficos con visiones propias de estados meditativos. Lo mismo que en sus mapas de América: manifiestan ideas de territorios traspasados por energías vibrantes y configuraciones danzantes. O en los bosquejos y estudios sobre sus esculturas electrónicas, presentados con intenciones estéticas: son representaciones de una realidad interconectada por flujos invisibles. En esta última obra, según se entiende a través de los registros fotográficos y textos, la tecnología propicia la expansión de lo aparente; los cuerpos se conectan con máquinas que activan sonidos, sombras e imágenes. Son obras animadas por la utopía cibernética y una preocupación por la teoría de sistemas, elucubraciones sobre las posibilidades de hacer comunidades y redes en un nuevo tipo de sociedad democrática.

En busca de su identidad, Downey termina más adentro aún. En un espacio intocado, pretérito y extático que no es sólo el mundo Yanomami, el “otro”, sino él mismo, el propio ser. El video es un espejo donde las posibilidades espacio-temporales se expanden, así como la experiencia individual, y las relaciones dentro de lo social y colectivo. El otro es un reflejo. Soy yo. Decidora es al respecto la fotografía en blanco y negro que presenta la exposición, donde un Yanomami, con su ojo tras la cámara, posa mirando a Downey… o a nosotros tal vez. Un juego de reflejos donde no se sabe quién, finalmente, es el observado. Algo que obsesionó a Downey en sus visitas al Museo del Prado, donde —aún veinteañero—contemplaba tardes enteras a Las Meninas de Velázquez, también tematizada en la serie de videos El ojo pensante (1981-1983).

CAROLINA LARA

Juan Downey, por Carolina Lara | artnexus