Celia Sredni de Birbragher: ¿Cuándo empezó a coleccionar?
Howard Farber: He sido coleccionista de arte por casi 40 años. Comencé en 1970 con arte modernista estadounidense (1909-1935) y me concentré en un pequeño nicho: el grupo Stieglitz, que incluye artistas como Georgia O’Keeffe, Marsden Hartley, John Marin, entre otros; un creativo círculo de artistas que estudiaron con los maestros en Europa y luego regresaron a Estados Unidos en la primera década del siglo XX. Éstos fueron los primeros rebeldes auténticos del arte estadounidense.
Cuando empecé a comprar arte “modernista”, era muy barato y no se conocía mucho. Durante los diez años siguientes continué comprando e intercambiando y consiguiendo obras cada vez mejores. Obras similares que compré por $5.000 dólares se vendían en el mercado por $50.000, y luego los precios continuaron elevándose hasta casi $500.000 dólares, entonces quedé fuera del juego y no pude continuar. Busqué otras cosas para coleccionar y comencé con ídolos antiguos (mi esposa los odiaba); fotografía clásica, los precios subieron y se acabó la diversión. Si no puedo divertirme coleccionando… y no puedo darme el lujo de hacerlo, pierdo rápidamente el interés.

C.S. de B.: ¿Qué pasó con su colección estadounidense?
H. F.: La vendí en Christie’s. ¡Fue una gran subasta! Algunas de esas obras tenían récords de subasta, lo que realmente me sorprende, y todo lo que se vendió fue comprado por coleccionistas importantes o museos. Eso me hizo muy feliz.
C.S. de B.: ¿Por qué vendió?
H. F.: Ya no podía darme el lujo de comprar más pinturas modernistas estadounidenses. Me encantaba lo que tenía, pero si uno no puede comprar, la colección se detiene. Por ejemplo, mi apartamento de Nueva York estaba en venta; yo era el arrendatario, el dueño pedía mucho dinero. Tomé una pintura de la pared y la vendí en un día y compré mi apartamento. Pero una vez hice eso, supe que la colección estaba arruinada. Cuando uno retira una gran pintura que es la base de su colección, ya nada vuelve a ser lo mismo… algo falta.

C.S. de B.: Cuénteme de su colección de arte chino.
H. F.: En 1995, mi esposa Patricia y yo hicimos un crucero por Asia, y una de las paradas fue Hong Kong. Entré a una galería y cuando vi algunas obras de arte contemporáneo chino me volví loco. Nunca antes había visto algo así. No compré nada en ese momento porque en realidad no tenía información sobre éste, sólo sabía que me encantaba. Regresé a Nueva York para conseguir algunos libros sobre arte contemporáneo chino pero no encontré nada. Hice mi propia investigación durante el siguiente año, y empecé a comprar.
A mediados de los noventa no había en absoluto mercado para arte contemporáneo chino. Nadie sabía cómo era; todos me decían que estaba loco. Me decían: “No hablas chino, no te gusta viajar, y no hay mercado… ¿Por qué estás haciendo esto?”. Había vendido mi negocio de finca raíz en 1995, más o menos un año antes, y mi contador me dijo: “¿Qué hace? ¡Está gastando todo este dinero en arte contemporáneo chino, es terrible! Está loco”. Básicamente, todo el mundo decía lo mismo, pero yo no los escuchaba. Empecé a comprar como loco.
Alrededor del año 2000, encontré un artículo en una revista, creo que era Vanity Fair, y era una historia sobre Oliver Stone, el director; vi una foto con un enorme lienzo chino detrás de él, entonces rápidamente quise averiguar la historia. Resultó que él había comprado algunas obras chinas y su comentario era: “Me gusta este nuevo arte chino; creo que dentro de 30 años va a ser realmente fabuloso”. Sería un hombre muy viejo, así que me molesté mucho, pero seguí comprando. Lo que no sabía en ese momento era que estaba comprando obras icónicas.
Me interesaba mucho la procedencia; compré obras tempranas, obras que estaban prohibidas en China; obras que crearon toda una era después de la masacre de 1989 en la Plaza de Tiananmen, cuando los artistas eran muy creativos. Acumulé esta colección, y en 2007 la vendí por intermedio de Phillips De Pury en Londres, más o menos un mes antes de que el mundo colapsara financieramente. Tuve mucha suerte, y ésa fue (y sigue siendo) la subasta más exitosa de obras contemporáneas chinas de un solo propietario. La subasta generó 25 millones de dólares, yo estaba muy emocionado. Vendí sólo las obras que estaban en bodega, no vendí nada de lo que tenía en las paredes de mi casa (mi esposa me amenazó con diferentes cosas si lo hacía); tenía razón, y todavía tengo colgadas en las paredes grandes e importantes obras chinas que nos gustan mucho.

C.S. de B.: ¿Por qué cree que el arte contemporáneo chino se disparó?
H. F.: Para esa época, no es que la gente hubiera descubierto el arte contemporáneo chino sino que China empezó a atraer el interés periodístico. La portada de la revista Time: “La nueva revolución china”. Newsweek, todos querían a China. China estaba empezando a hacer negocios; todas las compañías decían: “¡Oh! Si podemos conseguir el mercado chino, ¡tienen 1.300 millones de habitantes! Venderemos 1.300 millones de telescopios!” Nunca vendieron 1.300 millones de nada pero toda la prensa sobre el crecimiento de China estimuló los negocios y un mercado internacional de arte.
Había gran cantidad de empresarios jóvenes en China, gente de internet, y en lugar de comprar pinturas antiguas en pergamino, las pinturas tradicionales, querían estar en la onda del momento, querían ser vanguardistas, querían lo “nuevo”. No querían comprar algo del siglo XVIII, entonces comenzaron a meterse en lo contemporáneo, y una vez les entró la fiebre, se volvieron coleccionistas.
Hoy hay muchos coleccionistas chinos, además de museos privados que están abriendo sus puertas en el país.
Lo que me molestó de China fue lo que les sucedió a los artistas. Ahora son superestrellas con largas listas de espera para sus obras. China todavía es una gran ganga para el arte, porque si uno mira los precios más altos para pinturas de un gran artista chino, son mucho más bajos que los de un artista estadounidense o británico. Entonces hay una disparidad entre ellos, aunque su arte haya subido tan rápidamente. En 2004 estuve en una subasta en la que una pintura de $10.000 o $15.000 dólares, de 2001, ¡se elevó a 900.000 dólares ¡Quedé atónito! Yo dije: ¡¿Cómo ocurrió esto?! Para mí, eso significaba que no podía comprar más, y también: “¡Soy rico! Mi colección vale plata!”. Así que fue una gran experiencia, pero después la personalidad de los artistas cambió, y no los puedo culpar. Todo ese dinero los afecta. El dinero cambia a la gente, entonces, me alegro por ellos, pero era tiempo de retirarme. Estuve allí, lo hice, pero dejó de ser divertido. Sólo quiero disfrutar la experiencia de coleccionar.

C.S. de B.: Cuénteme de su colección de arte cubano.
H. F.: En 2001 –ahora retrocedemos unos cuantos años–, mi esposa Patricia y yo fuimos de viaje a La Habana con el Museo Metropolitano de Nueva York. Era la primera vez que iba a Cuba. A mi esposa le interesa mucho la danza, entonces quería ir y ver el ballet cubano, así que me dije: “Bien. Con mucho gusto iré a Cuba pero de ninguna manera compraré arte cubano; estoy totalmente enfocado en el chino”. Entonces hice el viaje y regresé sin comprar nada. Visité una serie de estudios de artistas en realidad me gustó el arte pero no quería dedicarme a un nuevo género.
Ya en casa, recibí una llamada de alguien del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana. Se llama Abelardo Mena Chicuri, y me pidió un catálogo de mi arte chino. Pensaba que yo tenía una galería. Así, empezamos a hablarnos durante unos meses, hasta que por último le dije: “¿Cree que podría orientarme en la dirección correcta para comprar unos cuantos dibujos?”. Me dijo “Sí”, entonces compré algunos dibujos. Eso fue todo… Me envicié de nuevo. ¡Me encantó el arte! Los dibujos se convirtieron en pinturas al óleo. En un lapso de seis meses me estaba volviendo adicto al arte contemporáneo cubano. Ahora, mi idea era tratar de coleccionar la historia del arte contemporáneo cubano. Quería coleccionar obras de los mejores artistas contemporáneos cubanos y remontar a sus primeras obras. Básicamente, traté de hacer lo que había hecho con el arte chino.
Así fue como empecé a coleccionar arte contemporáneo cubano, y ahora ¡el arte me está coleccionando a mí! Me involucré por completo. A finales de 2006, publiqué un catálogo de la exposición de mi museo itinerante de Vanguardia Cubana, y a partir de esa fecha creo que tengo cien obras más de ese período, y esas obras son cada vez más grandes y más importantes. No me preocupa qué tan grandes sean las instalaciones. Por ejemplo, en la Bienal de La Habana, en las afueras del museo, estaban las cucarachas creadas por el artista cubano Roberto Fabelo. ¡Eran asombrosas! Estaban trepando por la pared exterior del museo; bueno, pues compré tres. Iba a comprar dos y mi esposa Patricia dijo: “No puedes comprar dos. Tienes que comprar tres, porque así el mensaje del concepto de la obra es más contundente”. Entonces, compré tres cucarachas. Si diez años atrás usted me hubiera dicho que yo compraría tres cucarachas de Cuba, habría pensado que estaba loco. Pero ahora estoy tratando de comprar lo mejor de la historia del arte contemporáneo cubano.

El mayor problema que encuentro es que el arte contemporáneo cubano no se conoce internacionalmente. Eso en realidad no me asusta, porque cuando yo empecé no se le prestaba mucha atención al arte modernista estadounidense, y lo mismo sucedía con el arte contemporáneo chino. No puedo comparar a Cuba con China en población ni aspectos demográficos, pero el arte de los dos países es fantástico. Como todo coleccionista, trato de enfocarme en los mejores ejemplos.
Hay algo divertido que ocurrió cuando hablé con un artista; le dije: “Estoy interesado en esta obra en particular”. Y me contestó: “No, ésa ya no la tengo”. Entonces le dije: “Sí, sí la tiene. Probablemente esté escondida en su armario o debajo de la cama”. Empezó a reírse y dijo: “Bueno, la estoy reservando”. Le pregunté: “¿Para qué? Déjela ir a una buena colección, un libro, deje que vaya a una exposición de museo…”.
Hace muchos años me enseñaron que uno no posee arte; sólo somos sus custodios, lo cual es una sensación horrible cuando se colecciona como loco y se gastan grandes cantidades de dinero, pero es verdad.
Una de las cosas más importantes para mí al coleccionar arte contemporáneo cubano es que me divierto haciéndolo y, como dije, estoy tratando de crear más conciencia. Una persona no puede crear un mercado de arte, pero los artistas son tan fuertes que estoy ansioso de que llegue el momento en que se conviertan en artistas internacionales y no se les llame artistas cubanos. Unos pocos artistas chinos han hecho eso.
Estoy totalmente fuera del coleccionismo chino y ahora estoy viviendo y respirando arte contemporáneo cubano, y no voy a detenerme.

C.S. de B.: ¿Qué planes tiene con la colección cubana?
H. F.: No tengo planes. Sólo quiero seguir coleccionando, pero creo que es algo que finalmente debería ir a un museo.
C.S. de B.: ¿Por qué cree que hay una proliferación tan sobresaliente de buenos artistas contemporáneos cubanos?
H. F.: En mi proceso como coleccionista he encontrado más y más grandes artistas cubanos. Estoy seguro de que todos los países tienen su buena cuota de grandes artistas, pero durante los últimos 40 años de mi actividad, los artistas cubanos dentro y fuera de la isla son los que más me han conmovido. Estoy tratando de no ser político, pero algunos de ellos tenían una gran cantidad de impulso con furia creativa para compensar algunos de los aspectos de la vida real que no tenían. En realidad, pueden expresarse por medio de su arte, y no por su discurso. Entonces, creo que ésa es una de las razones de que existan tantos grandes artistas contemporáneos cubanos. Pienso que es la calidad del arte. Yo podría haber coleccionado arte de cualquier país, incluso Colombia, Argentina, Brasil, Rusia o Sudáfrica… ¡todos ellos tienen arte extraordinario! Pero escogí Cuba, y sé que no hice una mala elección.
Por alguna razón que tiene que ver con el coleccionismo, me gusta ir donde la gente no va. No soy la única persona que colecciona arte contemporáneo cubano, pero cuando uno mira las subastas, éste siempre está al final del catálogo, y por lo general se trata de obras mediocres. Entonces, en realidad, no podemos decir que al arte cubano se le haya dado una justa oportunidad. Yo creo que dentro de un año o algo así, el mercado va a recibir muchísima atención y esa atención repercute de manera positiva en el arte. Es lo que sucedió en China, y lo que sucederá en Cuba. Me parece que para un coleccionista el arte cubano contemporáneo es el secreto mejor guardado.
La otra cosa que noté respecto a los cubano-estadounidenses es que existe algo que nunca había visto en 40 años de coleccionar arte: un artista va a exponer en una galería; todos los demás artistas van y le ayudan a montar la exposición. Nunca había visto una camaradería así. Amo el arte; estoy pensando hacer otra exposición de museo, una que viaje, una mucho más grande, y un nuevo libro. No hay que escatimar esfuerzos. Los coleccionistas de arte contemporáneo cubano tienen que ver el despertar de Cuba y de su arte.

C.S. de B.: ¿A dónde irá?
H. F.: No tengo idea. Estoy empezando a trabajar en eso. Van a pasar quizás cuatro años antes del primer lugar. Tengo tantas obras maravillosas ahora, obras fabulosas que hoy ni siquiera podría comprar, obras que adquirí desde 2006; ¡ya no las puedo conseguir! Pero me embarco en lo que llamo “misiones de búsqueda y rescate”. Me siento como un detective tratando de encontrar o rastrear una obra, y la mayoría de las veces la encuentro. De verdad soy un completo adicto al arte. ¡Me dan unos ataques de arte!
C.S. de B.: Me parece muy interesante. ¿Alguna vez hará un museo por su cuenta?
H. F.: Es una posibilidad. Miami parece ser el sitio para hacerlo pero preferiría dar mi colección a un museo. Es una de mis opciones.
C.S. de B.: ¿Cómo se sienten su esposa y su familia con respecto a su coleccionismo de arte cubano?
H. F.: Bueno, como tuve éxito con la subasta de mi arte estadounidense y chino, ya no se ríen tanto de mí. ¿Como si pensaran quizás que no estoy loco? Les dije que uno no puede tener la razón todo el tiempo, pero en realidad estoy dedicado al arte contemporáneo cubano por amor; a la gente le cuesta trabajo creer, pero es cierto. Me parece increíble la cantidad de dinero que estoy gastando. Existe un propósito en esto; es como tratar de ser parte de un movimiento. Cuando estaba comprando el arte chino no me di cuenta de que a lo largo de mi vida iba a encontrar un mercado tan increíble, y sucedió en tal forma que funcionó. Yo no lo provoqué, simplemente pasó.
Me gusta la gente cubana, me gusta el arte. En la última Bienal de La Habana conocí a algunos de los artistas que no había conocido antes, y cuando me los presentaron, nos abrazamos; ya sabe, es realmente maravilloso.
C.S. de B.: ¿Quién es su curador?
H. F.: Abelardo Mena. Intercambiamos correos electrónicos todo el tiempo, y peleamos constantemente. Nos conocimos en la Bienal. Mi esposa Patty estaba allá y cuando nos conocimos empezó a gritar. Dijo: “¡Por fin conociste a tu amigo!”. Durante un minuto la situación fue un poquito incómoda, pero después de un minuto ya estábamos encaminados porque sabíamos todo uno del otro, desde 2001 hasta 2009. Es mucho tiempo para tener una relación por correo electrónico.

C.S. de B.: Hace unos años no se podía hacer la exposición que se hizo en el Lowe Art Museum de Miami. ¿Qué cree que cambió? ¿Por qué piensa que pudo hacerla ahora?
H. F.: Creo que las cosas están cambiando en cierta forma con la nueva generación. Pienso que Cuba misma también cambiará. Pero soy un coleccionista de arte; no quiero ser un político y discutir sobre todo lo que está sucediendo, sobre el embargo, etcétera. Tengo mis propias opiniones sobre estos asuntos, pero sólo estoy concentrado en el arte, entonces no voy a hablar de política con nadie, ni en Cuba ni en Estados Unidos. Puedo comprender el punto de vista de todo el mundo, pero si todo eso se deja de lado, para mí queda sólo el arte.
C.S. de B.: ¿Quién hizo la selección en el Lowe Art Museum?
H. F.: Ésa es una exposición que comenzó en el Harn Museum de la Universidad de Florida y continuó viajando. Fue a Portland, Washington, Calgary, Miami, y luego irá a Carolina del Norte; seguirá viajando por unos cinco años más. Yo dije que no quiero que regrese, ¡dejen que viaje! Cuantos más lugares visite, más educación, más conocimiento estará despertando. Después viajará al exterior.

C.S. de B.: ¿Quién le ayudó?
H. F.: Hay una compañía en California que reserva estas exposiciones. Existen muchas compañías que hacen eso. Esta se llama CATE, es de Los Ángeles, gente muy agradable.
C.S. de B.: Hablemos de la Fundación.
H. F.: Con el fin de ayudar a crear esta conciencia, mi esposa y yo tomamos la decisión de crear una fundación para ayudar a la cultura cubana. Se llama Fundación Cuba Avant-Garde. Es una fundación privada. No estoy buscando donaciones. Yo soy quien va a gastar el dinero y voy a estar dando becas para ayudar a promover la cultura cubana: el arte, la danza, la música, la comida, todo lo que sea cultural. La Fundación también abrió un sitio web llamado Cuban Art News, www.cubanartnews.org, y va a suministrar las últimas noticias y actualizaciones sobre toda la cultura cubana a lo largo y ancho del mundo. Es un proyecto más grande de lo que pensé, pero… “uno obra de acuerdo con sus opiniones”.
Fundadora y directora de la revista ArtNexus.

