Bajo la responsabilidad de la curadora Graciela Schmilchuk1, la gran riqueza de la personalidad de Helen Escobedo se presenta en México –por primera vez en forma casi exhaustiva– en una museografía que combina las exigencias de una exposición de tipo retrospectivo (por la cantidad y diversidad de las obras y la riqueza de los documentos) con la calidad de un recorrido de sentidos y emociones tanto estéticas como conceptuales. Nacida en 1934 en el seno de una familia anglomexicana, Escobedo ocupa en la escena artística de su país un lugar que, sin embargo, no siempre fue reconocido en su justo valor: escultora, diseñadora de proyectos arquitectónicos y de arte público, y artista conceptual –una de las primeras en abordar la relación arte-ecología–, Helen Escobedo tiene también en su haber la dirección de dos importantes museos de la capital (el MUCA, Ciudad Universitaria, 1961-1978, y el MAM, 1982-1984). Lo que podría parecer ecléctico en su trayectoria es en realidad el fruto de una pasión por la investigación, el resultado de una apertura permanente al mundo, la manifestación de un fuerte instinto de libertad en donde se articulan y equilibran varias cualidades esenciales para lograr una creación innovadora y sensible: reflexión para una estética que interroga y se interroga sin perder de vista la forma; sociabilidad en la manera de compartir el trabajo; espíritu independiente que no excluye ni la poesía ni el humor.

La exposición pone en escena, prioritariamente, los procesos de creación de la artista: la presentación de las esculturas, desde su formación en el Royal Art College de Londres (con las influencias de Alberto Giacometti y Germaine Richier) hasta su período geométrico en los años setenta y ochenta; sus intervenciones en arte público pasando por su apertura a la integración plástica y a la pluralidad de las artes (ahí es donde se acerca a Mathias Goeritz) y, por último, la toma de conciencia ecológica, que va a llevarla por nuevos caminos y hacia nuevos desafíos, que la convierten en la pionera mexicana de las obras efímeras in situ, son testimonio de la fuerte coherencia de una obra que no cesa de cuestionar tanto al arte como al espacio en el que este debe inscribirse desde un punto de vista social, artístico y humano para traducir la relación del artista con el mundo.
En una escenografía espacialmente despejada y conceptualmente clara (gracias a los paneles explicativos que orientan al visitante), cronología y períodos clave se entrecruzan mostrando esculturas, fotografías, dibujos, libros y catálogos, maquetas y videos. La primera obra puesta en relieve desde la entrada de la exposición es un par de zapatos usados recompuestos (mitad [botas militares] mitad huaraches [sandalias artesanales]) (Huarabotas para la guerra y la paz, 1995), símbolo fuerte tanto en su representación material como también en su mensaje, que expresa ese conflicto permanente en el que el mundo no cesa de hundirse y los pueblos y sus culturas no cesan de desaparecer; sentimiento y postura que parecen habitar a la artista y atraviesan toda su obra, se imponen de entrada como el eje conceptual y sensible de esta exposición. Sólo después de haber atravesado la primera sala, intitulada Principio y fin, en donde se presentan las esculturas figurativas en bronce (1955-1966) dominadas por una inmensa fotografía de Helen Escobedo esculpiendo, se anuncia la ruptura. Utopías (segunda sala) nos introduce en el período llamado de “abstracción geométrica”, en donde descubrimos, además de sus numerosas realizaciones y experimentaciones esculpidas y espaciales, sus muros ondulatorios, vibratorios y dinámicos, ya sea dibujados, serigrafiados o tridimensionales. Los próximos módulos, Especulaciones (paisajes urbanos); Todos los espacios, en donde se confunden las fronteras entre las artes, y Ambientes totales y Paraísos familiares (proyectos de arquitectura y escultura urbana, entornos, muebles, etc.) nos invitan a descubrir, en el trasfondo de las obras presentadas, su insaciable curiosidad y un deseo jamás negado de responder a las preguntas del “vivir juntos urbano” y del respeto a la naturaleza. Ya sea que se trate de su participación en el Espacio Escultórico (invitada por Mathias Goeritz, UNAM 1977-1979) (Coátl, maqueta 1980, aluminio polícromo) o el Gran Cono de Jerusalén (1986, fotografías y dibujos a tinta), no podemos menos que sentirnos impresionados por su dominio de la levedad, su habilidad para crear transparencia y para dibujar durablemente en el espacio. La última sala, Desmaterialización y fugacidad, que reúne las últimas instalaciones efímeras a las cuales G. Schmilchuk califica de “conceptualismo muy personal, libre y anti-solemne”, es la prueba de su espíritu joven, del carácter poético y lúdico de sus experimentaciones, de su respeto por el lugar y su cultura. En frente de los documentos fotográficos que muestran la trayectoria de una artista que sabe pasar de la teoría al acto, dos grandes instalaciones dominan y cierran la exposición: la primera, de título elocuente, denuncia: El mañana del hoy (2010), reúne televisores usados, teléfonos, máquinas de escribir eléctricas, computadores, etc., y sus “dobles” indestructibles, embalajes en poliuretano cuya nefasta proliferación nada consigue frenar; la segunda, Silencio recordado (2000 y 2010), acumulación sonora de violones y violonchelos, evoca con nostalgia un pasado atravesado por la música.
NOTA
1. Investigadora del CENIDIAP (Centro de investigación, documentación e información de las artes plásticas de México), publicó en 2002, en las ediciones Turner (en español, 271 p.), Helen Escobedo: pasos en la arena, y para esa misma casa editorial, pero en inglés, Helen Escobedo. Footsteps in the Sand. Se trata de la monografía más completa hasta la fecha. Ver el reporte de esta obra en Art Nexus N° 61, 2006.
CHRISTINE FRÈROT
