Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Eva Grinstein

Fabio Kacero

Ruth Benzacar Galería de Arte

de las formas que Fabio Kacero ha encontrado para hablar en su obra graciosamente de sí mismo es inventando un libro firmado por un tal Flavio Kacer (esta afirmación simple contiene varias verdades sobre su trabajo: Kacero es discursivo, gracioso, inventivo y autorreferencial). Su última exposición, que ocupa la sala principal de la galería Ruth Benzacar con una generosa cantidad de piezas, permite ver a Kacero en su salsa, cómodo en su conceptualismo de solemnidad cero, presentando obras nuevas y re-presentando otras anteriores, recontextualizadas y conectadas entre sí. Esta exposición, inteligentemente monitoreada por la curadora Inés Katzenstein, arroja luz sobre los méritos de un artista que hoy se muestra en las antípodas de aquellos herméticos objetos acolchados que producía en los noventa. Basta echar un vistazo a sus obras de los últimos años para verificar ese giro de su actitud, ese despegue desde el formalismo, para acercarse ahora a posiciones mucho más narrativas, más afines con su notable sentido del humor y con su condición de artista culto, con muchas fuentes donde abrevar. 

Kacero (Buenos Aires, 1961) presenta aquí un conjunto de obras que se pueden agrupar en relación con el uso de la técnica: están las falsas pinturas de pequeñísimo formato, veintena de impresiones en color que, gracias al barniz y a las convenciones de presentación (paspartú, marco de madera, vidrio), seducen como delicados cuadritos abstracto-geométricos; están los cinco cuentos impresos en papel y ofrecidos a la lectura a través de vitrinas; están los tres videos, dos proyectados sobre mesas y otro visible desde toda la sala, sobre la pared del fondo; está la colección de libros imaginarios, incluido el de Flavio Kacer, y están las cajitas de luz, esas obras-objeto con las que causó furor hace unos años, armadas con filminas impresas superpuestas que crean deslumbrantes profundidades de diseños hiperestilizados. Y más allá de toda nomenclatura están los dos carteles desopilantes, tallas rústicas en madera que no anuncian la entrada a una casa de té decorada con estilo folk sino a los dos grandes museos del primer mundo: Tate y MoMA (firmados por “Artesanías Luquitas”). 

Exposición Individual: Fabio Kacero — imagen 1
Fabio Kacero. Gremet, 2007-2009. Impresión a color, barniz, paspartú, marco de madera y vidrio.

Tal vez la pieza más relevante de la muestra sea la película cuyo sonido flota como un mantra dominando todo el espacio, y cuya imagen propone a un Kacero muerto en diferentes locaciones. Se basa en Totloop, película filmada en 16 mm en 2003 y que registraba una serie de  performances en las que Kacero aparecía acostado e inmóvil en los escenarios más diversos, conocida por eso como la saga del muertito. Esta nueva película incorpora magistralmente el “accidente” protagonizado por la película al participar en una muestra colectiva en Nueva York en 2007. Vilipendiada por el crítico Ken Johnson –quien, disgustado con el planteo general de la curadora, dedica al film de Kacero una despectiva afirmación, en la que sostiene que ni un estudiante de primer año de performance podría hacer algo tan malo–, la película que entonces era muda aparece ahora musicalizada con la voz del propio Kacero, que se graba entonando gravemente el texto de esa crítica vertida en su contra. Para reforzar el gesto, el texto aparece también escrito en un papel, y en los subtítulos del video. El efecto no podría ser más hilarante: Kacero capitaliza con maestría lo que para otros sería una catástrofe.

Por último, los otros dos videos y los cuentos comparten un espíritu de vocación borgesiana que valora las situaciones imposibles o absurdas, lo metanarrativo y cierto tono, que, si bien puede parecer irónico, termina siendo melancólico o tierno, especialmente en el caso de los videos. En uno de ellos, una chiquita dibuja toscas mariposas y flores sobre las páginas de la Fenomenología del espíritu de Hegel. En el otro, una niña pequeña lee con esfuerzo, en voz alta, la Crítica a la razón pura de Kant. Ambas piezas incluyen el comentario zumbón pero finalmente se rinden ante el encantamiento producido por la actuación de las niñas. Kacero se regodea con sus movimientos infantiles espontáneos, con el hecho de que están absortas en sus tareas, ajenas a la magnitud de lo que tienen entre manos. 

EVA GRINSTEIN

Fabio Kacero, por Eva Grinstein | artnexus