Escribir una reseña que en verdad juzgue las pinturas de esta exposición parece un poco tonto. Es como ir a una playa nudista y escribir un artículo sobre el cáncer de piel. Hacer caso omiso de lo obvio, cuerpos desnudos, en un caso, y pinturas como sustitutos de un performance en curso, en el otro, nos impediría tratar lo que en "realidad" se estaba proponiendo allí. Hace mucho tiempo que Diego Singh no hace una obra que se anime a pararse por sí sola ante el escrutinio. (Y si no, recordemos las pinturas en grupo, realizadas sin ningún esfuerzo, exhibidas el año pasado en Los Ángeles). Ni siquiera hay que ir a la galería para entender la obra. Las pinturas exhibidas eran buenas, aceptables, de colección. Eran indiferentemente abstractas y estaban dentro de una gama de tamaños adecuada. Empleaban óleo y pintura en aerosol, convertida hace poco en fetiche: el peso de la historia y la evanescencia de la despreocupación. Sus referencias eran oportunas e inteligentes: un poco Isa Genzken allí, un poco Josh Smith allá.
No obstante, lo que realmente importa de estas pinturas es que todas tenían la capacidad de señalar que para Singh el estudio no es el lugar importante para su actividad. Es el performance de ser artista –sea lo que sea que eso signifique por estos días– lo que estaba en juego allí; el performance de construir una subjetividad particular en una época en que esa posibilidad parece haber sido anulada y contra la ausencia de un denso campo social contra el cual estos esfuerzos alguna vez encontraron tracción. Este performance era la única obra que se estaba presentando allí. Que no se mencionara en el comunicado de prensa de la exposición no es de sorprender, ya que incluso este era parte de ella. La superficie de aluminio reflectiva de la enorme Presentation (2009-10) debería bastar para que nos diéramos cuenta de que la galería estaba siendo utilizada como un espacio de ensayo reflejado.

Sin embargo, el performance de Singh era un performance repetido. Y como sucede con todos los performance repetidos, se agota la audacia y sólo quedan las partes inestables e inquietantes. La versión original de esta obra fue presentada en Colonia hace veinte años. Sabiendo que era una comedia, Josef Strau la tituló The Non-Productive Attitude (La actitud improductiva), y el elenco original incluyó a todos los famosos de la ciudad, desde Martin Kippenberger hasta Kai Althoff (véase Make Your Own Life: Artists In & Out of Cologne, [ICA, Filadelfia: 2006]). Singh adaptó la pieza a nuestra época pero reemplazó al artista bohemio por un tipo diferente: el marica glamoroso, amante del vino blanco, que actúa frente a la ausencia de unl producido por comunidades opositoras de artistas. Él encarna este vacío, lo lleva de paseo.
Pero, como siempre, en la repetición está la diferencia. O más bien, las inseguridades masivas de aquellos que comercian en prendas usadas, que, siempre, al final, hacen que las cosas se tornen difíciles de manejar, que no pueden evitar que sus preocupaciones agrieten las superficies serenas que están persiguiendo, generan fallas esquivas, fallas que no se dejan eliminar por mucho que se intente. Estas fallas son más notorias cuando el performance es exagerado al punto que intoxica, cuando la pose teatral se convierte en personalidad, cuando narradores hiperbólicos se deforman y se vuelven mentirosos patológicos, cuando “el alma de la fiesta” se le transfiere a un acechador del tipo coleccionista, cuando “me importa un carajo” se convierte en “¿tengo los ojos lo suficientemente inyectados de sangre como para que la gente piense que estuve seductoramente borracha anoche, o debería frotármelos más?”. En resumen, “cuando las cosas llegan demasiado lejos”; cuando son tan falsas que se deslizan entre los espacios en que la autenticidad todavía importa.
Justo en el momento en que Singh entró en el estudio para hacer pinturas para su propio espectáculo en una galería real, estableció casualmente una galería e identidad ficticias. (Por supuesto, en este mundo, real y ficticio pueden ser términos intercambiables). El año pasado, Singh, junto con el artista Clay Deutsch, abrió Terri and Donna, una galería en la que una exposición puede consistir en cinco pinturas y 200 libras de arándanos regados por el piso. La actividad principal del espacio, cerrado casi todos los días, se lleva a cabo en un blog (terrianddonna.blogspot.com), en el que Singh and Deutsch (quizás sean ellos) como Terri y Donna, dos chicas de Jersey, publican sus problemas de amor y pegan fotografías eróticas en cuartos de hotel en Venecia. Es Thomas Mann deformado por el filtro de un punto de vista hormonal de adolescente. Es allí, en el performance del mundo del arte, descarrilado y transformado en el territorio de las chicas de Jersey, donde encontramos el volátil brebaje de extrañeza y estupidez, es decir, la tendencia suicida opcional como productores culturales serios, la indiferencia que libera de las obligaciones profesionales, la inversión de todo tipo de valores, lo que hace que incluso valga la pena pensar en las pinturas. Las abstracciones de Singh son pictogramas del juego de salón jugado por aquellos que llegamos a la fiesta demasiado tarde. Un texto acerca de ellas es una letanía sobre nuestras angustias generacionales, y tal vez si se entinta del despiste subversivo de todas las Terris y Donnas que andan por ahí, se podría convertir en un prolegómeno para una futura ciencia de rutas de escape.
GEAN MORENO
