Es en las coordenadas espacio público + comportamiento donde se encuentra la información clave para la tarea proyectual de Diana Cabeza, que busca ofrecer a las personas soportes útiles para sus ritos de encuentro en la ciudad o en la intemperie de otro paisaje.
El bebedero, el refugio para el colectivo, la rampa para discapacitados, el protector de árboles en la vereda, el cesto de la basura, los bancos y demás soportes de descanso, los faroles de las calles, las literas en las plazas. Son contados los diseñadores en el mundo que se especializan en el equipamiento urbano: los muebles de todos. La argentina Diana Cabeza es una de ellos. Para arribar a esta especialidad fue clave su doble formación en Arquitectura y en Bellas Artes, pero también un relevamiento antropológico en la Puna argentina, donde descubrió el valor del no objeto, la apropiación del paisaje y del espacio construido para los ritos comunitarios. Tras ese descubrimiento, que sucedió a los cinco años de haber iniciado su carrera como diseñadora de muebles domésticos, ya no podría volver a pensar su producción en términos de individuos sino de comunidad. Y si, por definición, los elementos urbanos ayudan a crear un espacio simbólico común e intervienen en la construcción de un espacio físico que hace singular lo que de otro modo se disolvería en la indiferencia (las calles, la espera, las personas), el diseño de Diana Cabeza es, también por definición, un diseño democrático.


Una frase de Louis Kahn parece hecha a la medida de su obra: “El diseño no es hacer belleza, la belleza emerge de la selección, las afinidades, la integración, el amor”. Referenciada internacionalmente por esta especialidad que aborda con sensibilidad de ciudadana y escala de urbanista, a lo largo de su trayectoria se reconocen tres preocupaciones centradas en el hombre: la búsqueda de las raíces, la reflexión sobre los espacios de uso comunitario y sus ritos, y las resoluciones en las que belleza y funcionalidad sean una sola cosa. Luego aparecerá su otro gran tema: las topografías.
Su recorrido por las relaciones entre cuerpo, espacio y diseño comenzó por el dibujo. Además de su paso por la escuela de Bellas Artes, en Buenos Aires, ejercitaba con modelo vivo en talleres donde tenía que dibujar en bloques, logrando que el espacio se viera como el negativo del cuerpo. Según cuenta, esa profundización en las intersecciones entre materia y cuerpo la hizo empezar a ver el espacio como algo activo. De aquella etapa estudiantil también viene otro dato fundacional de su especialización: la observación de las necesidades de los habitantes de la ciudad. Diana Cabeza se pasaba horas mirando a alguien en el bar La Paz o en la Plaza Francia, dibujándolo, prestándole atención a su comportamiento. Y es hasta hoy que Cabeza sigue relevando qué pasa con sus propios muebles en las ciudades: “Aprendo mucho de los diversos usos que les da la gente, y, a la vez, esas formas de apropiación hablan de los cambios culturales”.

Ya graduada como profesora de Dibujo y Pintura, comenzó a estudiar arquitectura suponiendo que esta sería un buen vehículo para capitalizar el arte y ponerlo al servicio de la gente. Pero, a poco de recibirse, se dio cuenta de que “necesitaba una escala que se pudiera verificar con el propio cuerpo”, dice ella, primera probadora de todas sus maquetas y prototipos ergonómicos.
A un par de mesas que proyectó mientras estudiaba arquitectura, le siguieron ejercicios alrededor del famoso asiento Red Blue, de Gerrit Rietveld. Ya en el marco de una línea de mimbre, la silla Galletita no fue sólo su primer producto sino, además, el inicio de un abordaje comprometido con los materiales, otro capítulo fundamental de su conducta proyectual y ambientalista. Por aquel entonces, fin de los años ochenta, cuando el mundo del diseño seguía mirando hacia Europa, Cabeza encauzó su búsqueda en la revalorización de los materiales locales que, por medio del diseño, podrían ayudar a revitalizar las economías regionales y a preservar la mano de obra artesanal.

Entre esas experiencias, se acercó al mimbre y los mimbreros del Delta del Tigre. Y así volcó sus primeras memorias de uso y observación de un mueble público: la popular silla de Mar del Plata, a la que, como a tantos compatriotas, la une un especial afecto asociado a los veraneos atlánticos. Posible de vincular con otro asiento filoplayero que marcó un momento regional, la Galletita es una digna sucesora de la sillas de mimbre del catalán Antonio Bonet para el balneario Solana del Mar, en Punta Ballena, Uruguay. Aunque es en el Sensual Pampa (1989), a esta altura un clásico contemporáneo internacional, donde Cabeza logra su mejor síntesis americana entre lenguaje, material y paisaje. Con este sofá, que encierra algo del banco de plaza, quiso aproximarse al campo a través del cuero y de la forma tradicional de trabajarlo. Los laminados posformados del asiento y el respaldo están cubiertos en suela natural, con costura expuesta hecha por talabarteros. En las antípodas del sofá mullido, el Sensual propicia el contacto con su superficie, que, por ser una piel animal, va cambiando con el tiempo. Inspirada en la leve ondulación de la llanura pampeana, esta pieza consolida para Diana Cabeza un nexo con la expresión del paisaje y su lectura, algo que pronto pasaría a ser uno de los ejes de su abordaje: la observación y el relevamiento de las topografías argentinas y el diseño desde esa cultura del no objeto que implica la utilización del suelo y sus particularidades como soporte.
Al comienzo de los años noventa, Cabeza hace su primera aproximación al equipamiento urbano, en Buenos Aires, y alrededor de una de las marcas más importantes de esta metrópolis, como es su carácter portuario. En ese fuerte contexto, el equipamiento de Puerto Madero rescata las lecciones de la tradición y las actualiza por medio del diseño. Cabeza empezó por relevar la identidad del lugar y sus cosas (se trata de una ex zona portuaria postergada que, a comienzos de los noventa, recibió un plan de desarrollo urbano, con alta apuesta inmobiliaria). Para allí salieron bancos (Buque, Bote, Cornamusa), que recuperan el lenguaje de los viejos barcos de chapa, hierro y madera, tanto en tecnología como en materiales y evocación. Con el equipamiento de las banquinas de ese nuevo barrio porteño, Cabeza inició una variada saga de muebles urbanos, que fueron recalando en distintos barrios de la capital argentina, primero, para posicionarse después en otras ciudades del interior del país y del mundo: Neuquén, Córdoba, Puerto Madryn, Almería, Pinamar, Nueva York, Bangkok, Tokio. En su vasta producción –que, en general, no es de piezas aisladas sino de propuestas de mobiliario-espacio– predominan los elementos de reposo: soportes con poco grado de determinación que hacen que sea el usuario quien define cómo usarlos (bancos Comunitario, Rambla, Picapiedras, Almejas). Los asientos Banda, de 1997, fueron concebidos como un banco búnker, monolítico y a la vez dinámico, para el barrio de La Boca, que linda con áreas postergadas de la ciudad. Al tener en cuenta la vandalización como posible apropiación de uso, Cabeza cambió el signo de lo que podría parecer una limitación de diseño, respondiendo con realismo y elegancia.

De su obra dijo la urbanista Zaida Muxí: “Es la unión de la estética y la función, de lo primitivo y lo metropolitano”. También, luego de ver gran parte de esta producción in situ, en Buenos Aires, el editor catalán de diseño Josep Ma Serra comparó el trabajo de Cabeza con el de la arquitecta Lina Bo Bardi 1 –figura que Cabeza admira, respeta y estudió–, señalando que ambas hicieron sus cosas con lo que tenían a mano, sin menospreciar materiales y abriendo nuevas posibilidades de uso a los de siempre, el metal, la madera, la piedra. “Trabajos siempre respetuosos –remarcó–, de una gran sensibilidad, libertad de composición e imaginación, con una actitud tanto ética como ecológica”.
La aplicación de esos valores y virtudes le valieron a Estudio Cabeza, ganar en 2005 el Concurso de Mobiliario Urbano para Buenos Aires, pendiente de ser producido por el Estado. “Ahora la ciudad ya tiene su catálogo. Va a ser un programa bastante integral de elementos urbanos que tejerán la trama de Buenos Aires”, observa Diana Cabeza acerca de esa ardua tarea que fue generar un sistema general para una ciudad tan heterogénea. Y muestra la pila in-cre-í-ble de documentación técnica: detallados hasta el último tornillo están allí los refugios para paradas de colectivos, los asientos, los bebederos, aquello que pronto deberían ser los muebles de todos los porteños. En tanto, el Gobierno le ha ido pidiendo algunas piezas puntuales en el ínterin: los Topográficos de cemento jalonan toda la Avenida 9 de Julio que cruza la capital. Y a propósito de la puesta en valor de la Avenida de Mayo durante el Bicentenario, le encagaron nuevos bancos. La respuesta fueron unos suaves moldeados de concreto rosado que están puestos mirando hacia la otra vereda, para apreciar el patrimonio arquitectónico de esa avenida donde, entre otras piezas, se encuentra el Palacio Barolo, del italiano Mario Palanti.

El amor por lo que hace no se nota solamente en su producción sino en el entusiasmo que van cobrando sus croquis a mano alzada mientras avanza cada proyecto, como dejan ver sus carpetones de calcos anillados y sus lápices de colores, todos petisitos de tanto dibujar. Apoyada en su biblioteca de relevamientos topográficos (que incluyen la Patagonia, la escollera de pesca en Mar del Plata, las rocas de la costa uruguaya y el altiplano argentino boliviano), de los dibujos pasa a la comprobación. Nunca mejor expresada la frase poner el cuerpo que en su proceso proyectual.
Fue en 1993, el mismo año en que inició su camino en el equipamiento de ciudades, cuando Diana Cabeza comenzó con las exploraciones territoriales. Empezó por la Puna argentina, adonde llegó casi 10 años después de su tesis sobre viviendas autoabastecidas para ese ecosistema. El relevamiento de los ritos comunitarios allí, con el uso de las topogafías o de los cercos bajos como soportes corporales neutros, la enloqueció. Y, desde entonces, cada año vuelve en agosto a esa porción de cordillera para profundizar el tema del diseño anónimo en la producción regional y para disfrutar de las fiestas populares. Cuenta de aquel primer viaje que, en un momento generalizado de culto al objeto, descubrir ese diseño, que es tan simple como el uso de formas de la naturaleza, le provocó una profunda reflexión sobre el habitar.

Y todo este estímulo reencendió en ella las ideas del contextualismo que había cultivado en la facultad, en las que se siente filosóficamente unida a todo un movimiento de arquitectos locales: “Al pensamiento de la cátedra de Roberto Fernández, en la UBA; la línea del cristianismo socialista de Claudio Caveri; la reivindicación de lo nuestro en cuanto raíces, patrimonio y pertenencia que tan bien sabe expresar Jorge Ramos; los trabajos de Ramón Gutiérrez, como Pueblo de Indios, que le dieron sentido a toda mi investigación en el altiplano, el grupo Amereida de Chile, por su libertad en la búsqueda de lo latinoamericano”, enumera entre otros. Aunque, como referente máximo, nombrará al antropólogo Rodolfo Kush, cuyas obras completas son su libro de cabecera.
Alrededor de esta búsqueda, otro punto se conectó muchos años después, cuando, en 2005, fue convocada a una reflexión acerca de la seguridad en el ámbito doméstico, para la muestra internacional Safety Nest 2. No sabía bien qué hacer y salió a andar por su otra biblioteca: la ciudad. La experiencia en las relaciones entre la topografía y los soportes de uso, reaparecieron. “Nuestras metrópolis latinoamericanas, de borde urbano civilizado y margen contiguo postergado, arrojan un costado sombrío que es ese ‘no lugar’, ese pedazo de espacio público sin nombre y sin identidad que constituye un vacío posible de apropiación”, comenta, para explicar que la observación de ese diseño sagaz con que los excluidos arman su reparo básico en los pliegues de la piel urbana, le resultó “un ejercicio muy potente para pensar en lo esencial, que es lo que muchas veces se olvida a la hora de proyectar”. Las preguntas que se hizo entonces (¿cómo es construir un mundo privado en lo público?; ¿cómo es el interior del exterior?; ¿cómo es cubrirse con lo que los demás desechan?) la llevaron a desarrollar una serie de nidos urbanos que, lejos de querer proponer una vivienda para los sin techo, invitaban a repensar el habitar desde lo antropológico y su relación con el bioambiente. La instalación tuvo alto impacto, sobre todo para los europeos.

Cabeza redobló la apuesta, al preguntarse cómo sería plantear ese tema en una realidad social distinta, en una economía urbana desarrollada, con menor marginación, con un espacio público ordenado y una cultura orientada hacia la selección y la clasificación de los residuos urbanos. Y así llevó esos planteos al formato de un workshop: Nidos Urbanos, que realizó en 2007 para el “Laboratorio de la Vivienda del siglo XXI”, en la ETSAB de Barcelona.
Con esta temática, se acerca a su última iniciativa, Ruedas, que, al igual que Nidos, encaró junto a la arquitecta Andrea Saltzman, con una larga trayectoria en la reflexión alrededor del habitar y el cuerpo. El proyecto revisa las posibilidades de la rueda como soporte de vinculación comunitaria en el espacio público. Y, si bien los primeros ensayos utilizan conjuntos de cámaras de tractor unidas al modo de topografías neumáticas, Cabeza estudia la posibilidad de arribar a un conjunto de ruedas de concreto que mantengan el confort de la tecnología del aire y puedan recrear las huellas de los cuerpos planteando situaciones de uso inéditas (¿quién alguna vez se encontró leyendo el diario en una plaza con alguien que lo mira desde arriba como en una cama cucheta?). Una interesante búsqueda al nivel de propuesta vincular y un desafío en su materialización.

Y, llegado este capítulo, de su primer vínculo con los materiales retrocede hasta una textura: de témpera, cargadísima, que había hecho para un cuadro infantil. Le atrajo que al secarse tomara volumen. Su última creación, el níveo juego de mesa y sillas componibles Mantel de encaje, logra una textura a partir del calado (¡no es digital!) sobre chapa doblada. Y, curiosamente, con este conjunto vuelve a la intimidad de lo doméstico, aunque su foco sigue firme en el mueble comunitario.
Puesta a elegir materiales, arranca con el hormigón: “por la suavidad, porque permite dejar una huella, porque tiene poros, se ensucia, se puede grafitar”, dice. Acerca del uso de maderas, un material que adora, es tajante: “Si no se resuelve el tema de la sustentabilidad, no voy a volver a dialogar como antes con la madera, me genera mucho placer verla y hay veces que me tiento”, asegura, antes de revelar que se frena para no generar demanda. contar que, hace poco, su marido la frenó en la compra de un stock de palo santo. “La madera se terminó, hay que frenar su uso hasta tanto no haya condiciones de renovación consensuadas mundialmente, que garanticen el manejo responsable de los bosques”, remarca. A propósito, el estudio desarrolló un laminado especial preparado para exteriores, con una subvención que otorgó el Centro Metropolitano de Diseño de Buenos Aires.

Del plástico, otro material que la atrae, dice que le gustaría desmaterializar su condición sintética: hacer que no parezca plástico en superficie. Su única incursión plástica es la línea rotomoldeada de maceteros gigantes y bancos enanos, que parecen de arena al tacto y de juguete a la vista, gracias a una paleta vibrante desarrollada por su hermana Elizabet.
Entonces la diseñadora cuenta que, de chica, la fascinaba ver cómo inyectaban matricerías con plástico en la fábrica de electrodomésticos de su papá, un lugar del que también la atraía la sala de diseño, llena de tableros. Aunque, si es por encontrar marcas que llegan de lejos, gigante en su recuerdo aparece el almacén y confitería de su abuelo Benito Medrano, en las calles French y Bustamante. La mirada se le enciende al hablar de ese lugar y enseguida dibuja la planta para ir contando en detalle cada rincón de ese mundo de polémica, cafecitos y vermú, sentada en la barra por su tía Ñata, así podía ver el cisne de la grifería. Y mientras dibuja y recuerda, se detiene: “Acá es donde más me gustaba estar” (señala el umbral entre el patio y la vereda con mesitas). Allí Diana Cabeza tomó sus primeras lecciones sobre los ritos del encuentro y las partidas, de discutir y compartir, todo eso que la gente hace cuando vive el espacio público.
NOTAS
1. Arquitecta italiana que emigró a Brasil junto con su marido Pietro Bardi.
2. Muestra Nido Seguro, curada por Nicola Goretti, con la consultoría de Paola Antonelli, del MoMA, en Río de Janeiro. De Argentina participaron Cabeza y Sarmiento. Del mundo lo hicieron.
CAROLINA MUZI
Periodista y curadora independiente de diseño.

