Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Christine Frèrot

Cristina Martínez

Chapelle des Ursulines

Esta exposición es la primera retrospectiva de la artista argentina Cristina Martínez (1938) instalada en Francia desde 1962. Si bien muestra la evolución de su obra desde los años setenta, no fue organizada para servir a una cronología sino más bien para hacer perceptible una trayectoria a la vez misteriosa y poética, en donde se alternan sombras y luces. “Un paisaje cualquiera es un estado del alma”, escribió Rosario Assunto 1, y la presentación de la Capilla de las Ursulinas concretiza su dimensión cultural. La artista explica que la gran sencillez arquitectónica y la luminosidad de las salas de la Capilla fueron, en parte, las que le sugirieron abordar una nueva lectura de su obra, articulada en torno al blanco, al negro, y a los grises que estos constituyen. Su sutil trabajo sobre el color está siempre presente en obras más antiguas que dan testimonio de la sensibilidad cromática de la artista y de su relación perenne con las riquezas de la luz. La belleza del lugar estimuló su cuestionamiento sobre la desaparición y la aparición, sobre el paso de lo claro a lo oscuro, sobre el misterio de la oscuridad y la luz, sobre la ilusión. Su impacto hizo emerger las obras “nocturnas”.

Exposición Individual: Cristina Martínez — imagen 1
Cristina Martínez. Selva, 1982. Lápiz de color.

La primera sala está situada bajo el signo del blanco y el negro, de cosmos y constelaciones, pero también se ven allí algunas obras sorprendentes de la artista realizadas con alas de mariposas muertas. Ya sea que se trate de la pintura Le Fleuve (El río, 1999) o de las tintas a pluma intituladas Constellations (Constelaciones, 1998), Miroirs d’Étoiles (Espejos de estrellas, 2006) o Colonne de Vent (Columna de viento, 1999), el dibujo parece levantarse impulsado por una energía interior que esparce y aglutina “ramitas”, “gotitas”, trazos, segmentos, rasguños, visos, rayados, atrapados en un impulso. Sin embargo, todo está en movimiento, en un torbellino, nada permanece estático. Todo respira, todo cambia, todo evoluciona, nada queda inmóvil. El espacio modelado está dotado de un temblor permanente; el dibujo es un chorro de trazos que brotan. De su uso de alas de mariposa podemos retener el símbolo universal de la belleza evanescente y el misterio de las metamorfosis. Cristina Martínez no se interesa particularmente en los orígenes míticos de la mariposa pero no podemos evitar advertir las correspondencias simbólicas entre el alma (Grecia antigua), la salvación (mundo cristiano)  y, en forma más general, los sueños y quimeras. No obstante, esto representa para ella tan sólo un elemento gráfico que Cristina Martínez emplea como una especie de vocabulario formal, salpicando la superficie del papel blanco con pedazos de alas de mariposa (de color pardo). En el centro de la pieza, una instalación realizada para el sitio y compuesta de dibujos a pluma, se inspira en el célebre poema en caligramas de Mallarmé2, Un coup de dés jamais n’Abolira le hazard (Una tirada de dados nunca abolirá el azar). Allí, la artista transpone en imágenes abstractas la disposición espacial del texto, cuyo título original conservó, pues las zonas de sombra (negras) y de luz (manchas blancas) hacen eco y reemplazan las frases y sus palabras. Cristina Martínez respeta la grafía del poema que instala, materialmente, frente a su interpretación plástica. Ratificando las opciones que ella escogió, a la vez conceptuales –título/azar– y formales –las constelaciones–, la artista crea una nueva obra, duplicado plástico del poema de Mallarmé. Nos encontramos frente a una evocación estética, táctil y sonora del poema. 

En la segunda sala, especialmente diseñada para el lugar, la instalación  Trait de Lumière (Rasgo de luz, 2010, 6 m x 2, 50 m) –sucesora de otra instalación presentada en 2006 e intitulada Trait d’Ombre (Rasgo de sombra)– ocupa el muro del fondo e impone su aura resplandeciente. El espacio dejado en blanco al centro de la composición, cual camino de luz, centellea al contrastar con los cientos de discos de papel (de entre 5 y 10 cm de diámetro) dibujados con tinta china negra e impregnados con toques de ocre jaspeado, esparcidos a uno y otro lado de la superficie virgen. La artista reivindica la ausencia de simbología en esta instalación a la cual ella describe como esencialmente gráfica. Sobre los muros laterales, se enfrentan obras relacionadas con la naturaleza, tales como Forêt (Bosque, 1982), Buisson-Sphère (“Matorral-esfera”, 1984), Arbre (“Árbol”) y Déplacement (“Desplazamiento”, 1983), entre otras, en donde, como hemos dicho anteriormente, los elementos se funden para crear universos móviles y trémulos cuyos colores suaves están dominados por vibraciones interiores y modulaciones sonoras.

La afirmación, desde hace años, de un discurso artístico coherente, tanto en el concepto como en la forma, permiten una búsqueda y una sensibilidad donde se inventan y cruzan las líneas que se van encadenando, una tras otra, unas en otras, a capricho del gesto y del instante, para formar un ovillo y una trama, tanto musical como formal. Cristina Martínez ama la naturaleza, la aprehende en su dimensión más abstracta, lo que sólo una mirada en la proximidad más íntima puede suscitar. Es como si escrutáramos la naturaleza a través de una lupa, penetrando hasta su corazón. La artista teje con sutileza una obra de apariencia frágil y su arte no apunta sino a lo efímero.

NOTAS

1. Filósofo italiano de la naturaleza (1915-1994). 

2. Compuesto en 1897 y publicado en 1914.

CHRISTINE FRÈROT

Cristina Martínez, por Christine Frèrot | artnexus