Las fotografías de Arturo Aguiar (Argentina, 1963) son misteriosas, tanto por lo que descubren como por los secretos que custodian. Desplegadas en Praxis International Art, las ocho composiciones de La luz argentina confirman que el artista trabaja la fotografía como si se tratara de la pintura. Sus obras “rinden tributo a la mejor tradición de la pintura barroca”, apunta Juan Travnik, director de la Fotogalería del Teatro San Martín de Buenos Aires. Con una iluminación casi teatral que dirige puntualmente a pulso, Aguiar realza el claroscuro, subraya los espacios, fija las escenas, contrapone interior y exterior y captura imágenes que copia en gran tamaño de hasta 120 x 150 centímetros.
Factor decisivo en el arte como en la vida, la luz en manos de Aguiar compone seductoras imágenes producto de elaboradas tomas, en las que el artista no deja nada librado al azar. “La técnica que uso puede llamarse Pintura de luz o Toma directa de acción”, señala Aguiar. “De modo que realizo mis fotografías en tomas de larga duración que introducen la temporalidad humana en el registro fotográfico y que me permiten intervenir física y directamente en la creación de la imagen durante la misma toma, iluminando manualmente la escena y creando con la luz un espacio de subjetividad”, dice a ArtNexus el artista.

Aunque apareció hace casi 40 años, esta tendencia de “hacer” la fotografía actualmente tiene un inusitado protagonismo y es lo que la filósofa francesa Dominique Baqué llama fotografía plástica. Pero la manipulación de la fotografía no es una novedad; ya a fines del siglo XIX, apareció lo que se dio en llamar fotografía pictórica, práctica que suscribía la idea de que la fotografía artística debería ser emotiva e imitar el grabado y la pintura. Las fotos blanco y negro o de tonos sepias eran trabajadas entonces con nuevos procesos técnicos y con efectos especiales: distintos filtros, capas de lentes, superposición de se cuestionan definitivamente las nociones sobre el medio fotográfico y, gradualmente, la fotografía llegó a ser otra herramienta de expresión para los artistas de cualquier disciplina. De hecho, Aguiar se formó como físico y se inició como artista en la pintura, en la que, ahora se da cuenta, solía utilizar los mismos colores saturados que brotan en sus fotos.
a fotografía es un cruce de géneros. Es un instrumento de investigación que, mayormente, construye sus propios motivos, retrata personajes reconocibles, cita los clásicos, como a Jeff Wall (maestro de la puesta en escena); Ascenso es la imagen de una escalera de estilo, de madera, y con una alfombra roja, que entre luces y sombras conduce al enigma, cuya seducción le resulta imposible de resistir al artista. La referencia a Marcel Duchamp es clara en Siempre es otro el que muere, foto con la que obtuvo el Primer Premio Petrobras-Buenos Aires Photo 2009, que remite a la compleja instalación Étant donnés y a la frase que luce la lápida del artista francés.
En ocasiones, con ojo atento Aguiar encuentra la perfecta escena que va a fotografiar, como la imagen La luz argentina que le da el título a la muestra. Se trata de una bella foto nocturna tomada desde un tercer piso frente al Congreso Nacional. Entre el departamento donde estaba situado el artista y el palacio legislativo hay por lo menos 250 metros y decenas de árboles y luminarias que, azarosamente, sugieren la silueta del mapa del país, Argentina. Aguiar también enlista los objetos inanimados en la categoría de “escenas encontradas”, que retrata a la manera de naturalezas muertas (uno de los temas favoritos de la historia del arte). Aquí despliega tres, dos de ellas tomadas en la casona de San Isidro de la legendaria escritora Victoria Ocampo, en las que la intensidad de los colores, el destello de la luminosidad y el silencio de la penumbra acentúan los centros de atención y los instantes que ya no son.
En Especta predomina la figura de una mujer que mira hacia lo desconocido, quizá aguardando lo impredecible. Con “la cámara totalmente inmóvil”, Aguiar vuelve a proponer una incógnita y a usar tiempos de exposición largos, aplicando fuentes de luz artificiales sobre personas y objetos –incluso con una linterna y desplazándose vestido de negro– en un ambiente completamente oscuro. Las composiciones de Aguiar alteran la luminosidad natural de la fotografía y poseen sombras definidas; lejos de lo documental, animan a multiplicar la apuesta por la ficción y la fantasía.
VICTORIA VERLICHAK
