Exposición Individualsept 2010 - nov 2010· Por Richard Leslie

Alexandre Arrechea

Magnan Metz Gallery

Las producciones e ideas de Alexandre Arrechea durante estos últimos años aceptan, crean y revelan, desde el punto de vista de la crítica, un mundo en el que la normalidad es una cuestión de identidades múltiples y cambiantes. Las ideas están escalonadas en tal forma que, cuanto más fijamente se mire, más se comprende. La literalidad no se suprime, es a la vez el punto de partida y el de retorno. Como de costumbre, la arquitectura es la llave que abre la mayoría de las puertas, aunque no todas.

En el nivel literal, la exposición tenía dos tipos de nueva obra que comenzaban con objetos conocidos del mundo. Los más imponentes desde el punto de vista físico eran dos trompos gigantes (de 13 y 7 pies de alto) basados en juguetes infantiles. Estaban hechos de madera y resina pero en la parte superior remataban en réplicas de famosos edificios de La Habana hechas de aluminio pintado cortado a chorro de agua, cuyos nombres hay que saber; el edificio Bacardí en uno de los trompos, y el Someillán en el otro. En las paredes circundantes se hallaban los dibujos de Arrechea, su acostumbrada fuente de ideas, de trompos con edificios a los que ahora también se refiere como “danzantes”, para enfatizar no sólo el alegre juego de trompos que bailan sino el del movimiento social. Esta instalación fue posible gracias a la nueva y enorme galería de Magnan Metz.

Exposición Individual: Alexandre Arrechea — imagen 1
Alexandre Arrechea. Chrysler elástico (Según la serie Monumento), 2010. Aluminio. 149,8 x 20,3 x 127 cm. (59 x 8 x 50 pulgadas).

Pocos visitantes se daban cuenta de que la punta metálica del trompo Bacardí, el de 13 pies de alto, le permitía girar (danzar), e incluso muy pocos intentaron ponerlo en movimiento. El equilibrio físico era exacto, debido a que el artista le pidió a Alan Gray, el experto fabricante de trompos de Omaha (Nebraska), que los fabricara. Desde el punto de vista conceptual, tenían que girar y bailar porque la visión que el artista tiene del mundo, lo hace. ¿A qué me refiero cuando digo esto? Después de todo, ¿no se trata de un divertido juego de niños? ¡No sólo eso! Su discurso estaba dirigido a los cambiantes sistemas públicos de poder en movimiento, donde nada es autónomo.

La arquitectura sigue siendo un pivote para este artista, debido a que es historia vivida, en forma congelada, aunque en permanente cambio. Mientras que Estados Unidos y Cuba están empezando a mirarse mutuamente de nuevo sobre la pista de baile, su compleja historia es puesta otra vez en consideración mediante el juego de Arrechea, y nada más conmovedor que la conexión entre los edificios que escogió y los cambiantes significados históricos, demasiado complejos para desarrollarse en detalle. Pero un breve resumen puede dar algunas pistas.

El ron Bacardí fue creado por una familia española cuyos miembros fueron encarcelados por haber apoyado el movimiento independentista cubano de finales del siglo XIX, y luego apoyaron a Castro y su Revolución. Durante la ocupación estadounidense después de la Guerra hispanoamericana, prosperaron como buenos capitalistas, y en la década de 1920 construyeron su hermoso edificio Bacardí, estilo , que ya entrados los años cincuenta se convirtió en símbolo internacional de La Habana del momento. Pero para esa época la familia había trasladado la mayoría de sus activos a otros países, y a la larga utilizó su dinero y sus contactos con la CIA para apoyar el conflicto de los exilados con el régimen de Castro y ayudó a escribir la extensión del embargo contra Cuba, de 1996 (la Ley Helms-Burton, condenada por la mayoría de los aliados de Estados Unidos), a la vez que ganaba demandas en ese país para garantizar la protección de la marca registrada. Aunque en Cuba no existen bebidas ni vínculos comerciales Bacardí, a finales de la década de 1990 reintrodujeron sus conexiones con la Isla mediante etiquetas falsas y reviviendo el antiguo nombre del ron y la bebida cola Cuba Libre, en apariencia sin ningún sentido de ironía.

Las demandas y contrademandas abundan en todo el mundo en este juego flotante de dinero y poder ligado a las identidades aquí referenciadas.

De manera similar, el elevado edificio de concreto Someillán, construido en la década de 1950 como el primer condominio moderno de la Cuba posrevolucionaria, ha cambiado de significado varias veces: fue expresión de la exuberancia posrevolucionaria de las clases altas fusionada con el nombre de un ciudadano cubano naturalizado en Estados Unidos (Luis Someillán) y encarcelado por la época de José Martí como agente de la junta opuesta a la ocupación española. Luego vino la decadencia de la edificación, como símbolo del fracaso revolucionario, y, ahora, después de la restauración de los años noventa en el muelle de La Habana, un poco de los dos, dependiendo de donde se mire.

En el segundo tipo de nuevas formas de arte que se encontraba en la exposición se aplicó un enfoque similar. Eran reproducciones de edificios famosos hechas en metal, cuyas secciones inferiores estaban enrolladas en réplicas de carretes de mangueras contra incendios, lo que los hacía parecer personajes de historietas. Dos de los edificios “elásticos” de Nueva York, el Metropolitan Life Insurance y el de Chrysler, se desarrollaron en su época como signos de riqueza y prestigio empresarial, ya que compitieron en varias ocasiones por el título de rascacielos más altos de la ciudad (y, en efecto, lo obtuvieron). Trazar sus historias es igualmente fascinante, y se conecta con el concepto que Arrechea tiene de los edificios o del mundo material en general, que se expande en épocas de prosperidad y se encoge durante los apagones del mercado.

No sólo los niños y los artistas juegan.

RICHARD LESLIE

Alexandre Arrechea, por Richard Leslie | artnexus