Exposición Individualjun 2010 - ago 2010· Por Edward Rubin

Tania Bruguera

Neuberger Museum of Art

Los artistas del performance han estado disfrutando de un importante resurgimiento de su popularidad en todo el mundo, renacimiento a la cabeza del cual están museos y bienales. ¡Y ¿por qué no?! Estos certámenes teatrales, únicos en su clase, en los que cualquier cosa puede suceder, y a menudo sucede, son, ante todo, entretenimiento. Hace poco, en la ciudad de Nueva York y sus alrededores, cinco importantes museos de arte recibieron un tsunami de artistas del performance. The Kiss  y This Progress, dos de las situaciones estructuradas  en vivo de Tino Sehgal, sin ninguna pintura a la vista, ocuparon el vestíbulo del Guggenheim y todas las rampas de exposición del museo. Otra pieza del mismo artista, This is Propaganda (2002), parte de la exposición Skin Fruit curada por Jeff Koon, funcionó por sí sola en el New Museum. En el Museum of Modern Art se representaron cuatro décadas de la obra de Marina Abramovic, todas por otra gente, excepto una, mientras que en el Whitney, durante el transcurso de su Bienal de 2010, hicieron su aparición, en vivo y en película, unos diez artistas del performance.

Exposición Individual: Tania Bruguera — imagen 1
Tania Bruguera. Desplazamiento, 1988-1999. Performance, personificando un ícono nkisi nkonde de la tierra cubana, pegamento, madera, clavos sobre tela.

Manteniéndose a la par con los grandes, el pequeño pero selecto Museo de Arte Neuberger, a una hora de la ciudad de Nueva York, exaltó la carrera de la artista cubana Tania Bruguera, residente Chicago, al montar su retrospectiva de veinte años titulada On The Political Imaginary. Esta artista, provocadora desde el punto de vista político, conocida por ir más allá de los límites, con frecuencia a punto de ser encarcelada –como parte de uno de sus performances en Colombia se hizo circular entre el público una bandeja con cocaína–, comenzó su ascenso a la prominencia al canalizar las obras tierra-cuerpo de la artista cubana Ana Mendieta (1948-1985). En Burden of Guilt (1997), podría decirse que su obra más importante, Bruguera, desnuda, con una oveja sacrificada colgando de su cuello, pasó 45 minutos comiendo tierra mezclada con agua y sal. Imitando el ritual de suicidio que muchos de los nativos de la isla practicaron cuando se vieron enfrentados a la amenaza de los conquistadores españoles, le recordó de manera inquietante al público de La Habana, donde se presentó por primera vez, que la libertad y la autodeterminación no son ideales abstractos sino logros que escriben sus efectos sobre nuestras formas físicas.

En esta exposición, bajo la mirada vigilante de la curadora, Helaine Posner, el Neuberger, empleando artistas del performance entrenados por Bruguera, re-presentó unas dieciocho de las obras de la artista; las más conmovedoras estaban respaldadas por instalaciones de intrincado diseño que amenazaban, asustaban, sermoneaban, educaban y entretenían, aunque en una especie de carnavalesco espectáculo secundario. Justo dentro de la entrada al museo, una película en continua reproducción mostraba a la artista representando Displacement (1998-99). Allí, una Bruguera claveteada, cubierta de barro, vestida como Nkisi Nkonde, un ícono africano empleado para propósitos espirituales en África y también en Cuba, que parecía un monstruo de una película de horror, se veía deambular por una congestionada calle de Cuba. Guiando a los espectadores directamente a las galerías principales de la exposición se hallaba  Poetic Justice (2002-2003), un largo túnel de olor cáustico, forrado en bolsas de té, que hacía referencia a la relación económica y colonial entre el colonizado y el amo, en este caso India bajo el explotador régimen del Imperio británico.

La parte más estimulante de la exposición la constituían las diversas salas que albergaban las instalaciones de la artista. En Untitled (Havana, 2000) y Untitled (Kassel, 2002) –muchas de sus obras reciben el nombre de la ciudad en la que se representaron por primera vez– la oscuridad acentuaba el mensaje de la artista. En Havana nos encontrábamos en un salón oscurecido, caminando sobre una capa de bagazo de caña podrido peligrosamente dispareja. Al fondo del salón, sobre una pequeña pantalla de televisión apenas perceptible, se veía a Castro pronunciando uno de sus interminables discursos. Pegados a las paredes del salón, cuatro hombres desnudos, apenas visibles, imitaban los gestos vacíos de su icónico líder. En Kassel, nos encontrábamos de nuevo en un salón oscuro. Sólo esta vez, en un momento nos encontrábamos inmersos en una oscuridad absoluta, y al siguiente, cegados por resplandecientes luces provenientes del cielo raso. Acentuaba la oscuridad y la luz el sonido de amenazadores pasos y de un revólver que se cargaba y descargaba, tácticas de interrogación que no podían menos que acaparar nuestra atención.

En Untitled (Moscow, 2007) y Tantlin’s Whisper #6 (Havana Version) Bruguera, cambiando sus tácticas, invitaba a los espectadores a que fueran actores en sus escenarios, en lugar de participantes pasivos. En Moscow se nos hacía pasar a lo que parecía ser un pequeño laboratorio fotográfico y se nos pedía que nos sentáramos debajo de una fotografía enmarcada del fundador de la policía secreta bolchevique para que nos tomaran una fotografía. A los modelos se les daba la opción de posar con un águila viva que representaba el poder del viejo establecimiento o una jaula llena de micos que simbolizaba el surgimiento del capitalismo en Rusia. En Tantlin’s Whisper #6, representada por primera vez en Cuba en 2009, los ciudadanos eran escoltados al escenario por personas vestidas con uniformes de fatiga y se les daba un minuto para que hablaran de lo que quisieran. La libertad de expresión, los blogs e internet, todos relacionados con la censura, fueron los temas favoritos. No es de sorprender –no podía ser de otro modo en una sociedad democrática acostumbrada desde hace tiempo a la libertad desenfrenada– que en el Neuberger, durante la inauguración de la exposición, menos de un puñado de los asistentes se dirigió al escenario, y eso después de mucha insistencia, mientras que en Cuba las autoridades de la Bienal de La Habana cancelaron la presentación de Bruguera después del primer performance. Si algo no estuvo bien en esta exposición fue que a muchas de las obras sacadas de su contexto original se les despojó de su poder fundamental. Sin embargo, percibimos más que el olor de lo que es la vida en los países en los que la libertad de algo no está garantizada.

EDWARD RUBIN

Tania Bruguera, por Edward Rubin | artnexus