La historia del arte ha sido un copioso caudal para el juego que Rubén Alpízar ha venido instrumentando por dos décadas. El tiempo de su progresión, marcado por las modulaciones de un discurso focalizado por la crítica como neohistoricista, pero esencialmente deudor del espíritu posmoderno que enaltece lo híbrido. Entre citas y apropiaciones formuló su comentario devastando con la ironía, la parodia y el sarcasmo, el poder que encarnan los relatos totalizadores. Su obra ha resultado ser una (re)construcción o (re)posicionamiento de lo mítico desde una perspectiva contemporánea, en cuanto los argumentos han ido de lo sagrado a lo profano, instalándose ahora en sus inmediaciones contextuales, tras un transformación gradual iniciada en 2003, que pudo apreciarse a cabalidad en Cenizas del paraíso, su reciente muestra personal en la galería Villa Manuela.

Valiéndose del título dado a su parodia de La creación, Alpízar constituyó un conjunto de diez piezas, con las que dibujaba un desplazamiento, a partir del planteo universal de su parábola acerca de la irracionalidad humana como punto de partida, hasta centrarse en una autorreferencialidad en franco ascenso y consolidación, mediante la cual traduce el espíritu insular y sus vibraciones, sin marginarse por ello de lo global. A partir de ese giro quedó establecida una relación (causa/efecto) más diáfana (inmediata) entre el ser y el tiempo, con la que parecía responder a un cuestionamiento semejante al que se hiciera Gramsci acerca de qué es el hombre, o con más exactitud, qué podría llegar a ser el hombre, habiéndolo definido como el proceso de sus actos, cavilación que recorría la totalidad de la muestra.
Una extensa alineación simulaban los vagones de un tren (Mi arca) y en ella, Alpízar puso buena parte de lo que salvaría para sí, suerte de declaración de fe en la que bajo el impulso metafórico de una locomotora veíamos pasar, asomados a las ventanillas –marco perfecto para diminutos y magistrales retratos–, numerosos personajes paradigmáticos: Cristo, Da Vinci, Velázquez, Goya, Van Gogh, Duchamp, Warhol, Frida, Fernando Ortiz, Lezama Lima, Martin Luther King, Virgilio Piñera, Gandhi y Gutiérrez Alea, entre otros, cual definición de su patrimonio artístico y ético.
Una atmósfera diurna y efectista se extendía en las vistas panorámicas pertenecientes a la serie Donaciones con intriga. Lo que antes se percibía como una ciudad fantasmagórica y ajena, resultaba ser en este instante una Habana entrañable y familiar, y aunque en la representación diluía y descolocaba signos que son cardinales a la urbe, ella alcanzaba a reconocerse en la inmensidad de arena donde sospechosamente pastaban sus caballos de Troya y todo el gratuito ofrecimiento que mediante ellos resulta cuestionado.
Cada una de las obras de la muestra eran, sin duda, compartimentos. En ellos discurrían la fe o la angustia, la plenitud o la esterilidad, el escarnio o la libertad. Espacios, en definitiva, múltiples en los que despejó esa conciencia de sí que deseaba compartir. En consecuencia, Ícaro pasó a ser el propio artista. El pulóver con que estaba ataviado en esas irónicas y al mismo tiempo líricas caídas es el mismo que Alpízar viste en sus singulares autorretratos. Una sencilla prenda de ropa actualizó y dio continuidad al ansia de volar y a la caída. Esta personalización facilitó un vínculo más directo con la vida común, con la existencia ordinaria.
Las transfiguraciones que se han venido descubriendo en el discurso de Alpízar hablan, sin embargo, de la persistencia en su juego con la historia. Juego que ha pasado a instrumentarse desde nuevos escenarios tácticos: atípicos paisajes y formas diversas de autorrepresentación. Los pasajes son en su mayoría del medio urbano, teatro mayor donde habitan y se concentran las fuerzas que con mordacidad enjuicia.
Llama la atención cómo el artista ha pasado a ser un ente al testimoniar las tensiones de una época desde su espacio corporal alegorizado. Al maniobrar con su autorretrato (en las cinco piezas de la serie El sabor de las lágrimas, se nos mostraba una y otra vez ante el mar y dándonos la espalda. Una espalda abierta para que se vieran converger el azul del cielo y el de las aguas. En esa línea de horizonte y/o límite está el peso de un drama, y al asomarnos a cada escena representada lo hacíamos a la fijeza social de una idea y de sus propias meditaciones. Sus nichos son espacios de libertad donde expande el pensamiento. Saltar, volar o permanecer eran elecciones posibles en medio de las encrucijadas del vaivén social que Alpízar alcanzó a condensar. Ojalá la denuncia de esa trampa en el camino, al parecer ya sin retorno, de las muchas violencias cotidianas que lo convirtieron también en San Sebastián, permita dilucidar y revertir los procesos que dieron lugar a estas parábolas que Rubén Alpízar construye acerca de un presente localizado y nuestro.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
