Desde finales de la década de 1990, en la producción de Marilá Dardot (Belo Horizonte, Brasil, 1973) aparecen referencias a importantes obras y autores de la literatura mundial. El libro, en su materialidad física o textual, surge como libro de artista, objeto, video y parte de instalaciones. Presentando el libro como objeto, o provocando alteraciones y pequeñas subversiones en su texto, la artista añade una vivencia poética amplificada, de carácter sensorial, al acto de la lectura y a la experiencia apoyada en las ideas. La búsqueda de un cuerpo para el lenguaje escrito aparece en la forma como Dardot recurre en su obra a materiales tan diversos como la luz, la señalética pública, estructuras arquitectónicas, plantas, vidrio, espejos y tejido.
La célebre obra de la literatura inglesa Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll (1832-1898), fue utilizada por la artista como base de su exposición más reciente, Alicias (2010), que es el título de la instalación exhibida. La muestra le propone al espectador un juego de lenguaje y de percepción al replicar los cambios de tamaño del personaje principal de Carroll a lo largo de la novela, mediante el recurso gráfico de crecer o decrecer las páginas del libro. Con 13 piezas que miden 66 x 90 cm, algunas páginas del libro de Carroll fueron fotografiadas y posteriormente montadas sobre papel neutro, MDF y acrílico espejado. El reflejo creado por el acrílico hace que el espectador quede incluido en el universo del libro, con referencia también a la obra A través del espejo y lo que Alicia encontró allá (1871), continuación de Alicia en el país de las maravillas.

A lo largo de la narrativa, Alicia cambia de tamaño doce veces. El montaje comienza con la hoja inicial del libro presentada en proporciones reales, seguida de la primera alteración de formato que corresponde, en la historia, al momento en que el personaje bebe un líquido mágico y pasa a medir apenas 25,4 cm de altura, lo que le permite entrar por la pequeña puerta que la separaba de un misterioso jardín. Con el personaje empequeñecido, la página siguiente presentada por Dardot tiene los caracteres aumentados. Tal como Alicia, el visitante se ve transportado a un universo donde, temporalmente, el entorno parece agigantado. Más adelante, Alicia crece y pasa a tener 2,7 m, volviéndose mucho mayor que el medio que la rodea. Por eso la página siguiente aparece minúscula, revelando, mediante el espejo, la presencia de un espectador colosal. Esa relación semiótica e hipertextual se repite en el resto de la obra que replica los capítulos y permite que el visitante experimente las alteraciones de escala ofrecidas a lo largo del recorrido de Alicia.
Los cambios de tamaño del personaje se presentan como la condición de transformación que permea la obra de Carroll, y tal modificación va acompañada de una serie de dudas respecto a la propia existencia del personaje, de su identidad y su percepción del mundo. ¿“Será que fui cambiada durante la noche? Pensemos: ¿yo era la misma cuando me levanté esta mañana? […] ¿Al fin de cuentas, quién soy?”, se pregunta Alicia. Preguntas centrales en nuestra concepción de lenguaje y de sujeto, así como temas sobre identidad y desplazamiento, aparecen y permean la obra de Dardot.
El llamado a adentrase en este universo es sutil. Las salas de exposición del Centro Brasilero Británico sufren por falta de empatía, al ofrecer una arquitectura impersonal, débil como lugar de pausa y de reflexión. En la búsqueda del sentido de aquella narrativa que parece opaca, a veces indescifrable por la ausencia de elementos fundacionales del texto, el espectador se ve obligado a moverse en el espacio y construir, para su propia comprensión, las formulaciones suprimidas. Allí, en Alicias, la experiencia del espectador se imbrica con la del lector, que vive en su desplazamiento físico en el espacio la traducción de una sensación provocada por la narrativa.
Una vez más, nos encontramos con una obra que no acude a la transparencia de significado. Alicias, así como otros trabajos de Dardot, emplea un lenguaje visual que puede parecer hermético a quien no esté dispuesto a dedicarse a un cuidadoso examen de la lectura, a pesar de la belleza sobria y precisa de su montaje. El universo exuberante de la Alicia de Carroll queda restringido a tonos de blanco, negro y gris. Las múltiples y variables mutaciones de sentido comprendidas entre el universo racional y el mágico se simplifican en la dualidad de agigantar o empequeñecer al personaje central. Y de todos sus dilemas, tan sólo la pregunta “¿Quién soy yo?”, compleja y sin respuesta, reverbera a través del juego de escala propuesto por la instalación. En la historia de Carroll y en la obra de Dardot, Alicia es siempre demasiado grande o demasiado pequeña, está siempre fuera de los moldes, tal como nosotros delante del lenguaje, delante del mundo.
JÚLIA REBOUÇAS
