Exposición Individualjun 2010 - ago 2010· Por Carolina Lara

Juan Luis Martínez

Galería Departamento 21

Ícono de ruptura y poeta de culto, Juan Luis Martínez (1942-1993) desarrolló –al mismo tiempo que su escritura– una obra objetual desconocida, pese a su carácter de avanzada. Luego de ser expuesta en Valparaíso a comienzos de los años setenta, recién en el año 2000, parte de esa serie de ensamblajes llegó a un espacio de arte consagratorio: Justo Pastor Mellado incluyó dos piezas en la etapa final de Chile, cien años de artes visuales, exposición organizada por el Museo Nacional de Bellas Artes para despedir al siglo XX. A ojos del curador, los collages –construidos con piezas de madera, trozos de cuerda, trapos, partes de instrumentos musicales, fragmentos de textos o fotografías de antiguas publicaciones– retomaban en otro tiempo y lugar el aporte del dadaísmo y el surrealismo, encarnando en forma inusitada un momento de anticipación de la neovanguardia chilena de los años ochenta, tan propensa a entablar densos juegos entre visualidad y texto, desde autores como Eugenio Dittborn, Raúl Zurita y Diamela Eltit.

Entre marzo y abril recién pasados, Señales de ruta propuso la puesta en valor de esta producción, mostrando cerca de treinta obras conservadas por su viuda, Eliana Rodríguez, que datan desde 1965 hasta 1990, incluida la publicación póstuma de Aproximación del Principio de Incertidumbre a un Proyecto Poético, todo bajo la curaduría de Ronald Kay, integrante fraterno de ese movimiento poético, artístico e intelectual. 

Exposición Individual: Juan Luis Martínez — imagen 1
Juan Luis Martínez. Cisne, 1990. Técnica mixta. 32 x 24 cm. (12 ½ x 9 ½ pulgadas).

Un mínimo acercamiento a la escritura del autor sirve para comprender cruces, mecanismos e intenciones comunes entre ambas producciones, en realidad inseparables en una sola gran propuesta sobre el lenguaje, que pasa tanto por lo lingüístico como por su objetualidad, materialidad y torsión. En sus escasas ediciones, Juan Luis Martínez trabajó también con el libro-objeto, y aportó a una tradición marcada por los juegos de lógica de Lewis Carroll y los caligramas de Apollinaire.

Los collages de objetos poéticos  presentan como acertijos surrealistas o enigmas visuales donde los restos aparentemente encontrados y relacionados al azar son en realidad composiciones muy bien pensadas, estrategia que en su primera obra publicada, La nueva novela (1977), significó un quiebre total con la historia literaria en Chile. Integrar citas y textos de distinta procedencia fue su modo de desacralizar los conceptos de originalidad y autoría. La fragmentación, el intertexto, las múltiples voces a punto de constituirse en un todo que se dispara como un juego de espejos, son ejercicios paralelos y similares a la “poética de la biblioteca, del archivo” de sus ensamblajes, que nos hacen transitar –en una primera aproximación– por librerías de libros viejos, por tiendas de objetos navales y por esas calles del puerto donde decaen antiguas glorias. Valparaíso es donde el poeta nació y vivió su juventud en rebeldía, convirtiéndose en mito. 

Piezas mínimas, múltiples vestigios y recortes disímiles cobran un orden dentro de pequeños cuadros o vitrinas. Se conforman visiones de muros, rincones íntimos, vistas al cielo estrellado, artilugios inútiles, rostros recordados. “Señales de ruta” dibuja una bitácora de viaje bajo una veladura sepia. Cada ventanilla es un vistazo al pasado que cobra errática vigencia. Las obras no son sólo piezas museales, versiones anómalas de Joseph Cornell, Duchamp o Kurt Schwitters, en un episodio extravagante y germinal del arte conceptual chileno. 

El recorrido cronológico vuelve esta producción cada vez más enigmática. En sus grabados de fines de los años setenta y ochenta, las relaciones entre imagen y texto se distancian. Culminante es Aproximación del Principio de Incertidumbre a un Proyecto Poético. En el centro de cada gran página en blanco, finos pictogramas se suceden ordenando y reordenando diagramas, formulaciones e ideas: el círculo, los cuatro elementos, el cultrún mapuche, el I Ching, esquemas científicos y conjeturas matemáticas; frases como la noción del doble, la muerte de los poetas, el libro en el libro y la copia como original. Esta última idea se encarna en la propia publicación como una suerte de espejo paradójico, donde las fotocopias de los años ochenta fueron rearmadas y digitalizadas hasta dar con originales de gran limpieza visual.

En las construcciones precarias de restos objetuales “sucios” hay también pulcritud y pensamiento; en la cita, el traspaso y la combinatoria se juega una construcción de mundo donde el tiempo y el espacio son reformulados. Ciertas estrategias resuenan en la escena de arte chileno de los años noventa y dos mil, donde varios artistas trabajan desde objetos y situaciones tanto cotidianas como urbanas, con operaciones de recolección, de sucesivos traspasos técnico-visuales y reordenamientos sintácticos, que derivan en una crítica al contexto de gran ascetismo estético. Frente a estas propuestas recientes, encontramos en Juan Luis Martínez el retorno a la poesía perdida. Los restos no son sólo ordenaciones gráficas evocadoras y retóricas, sino signos de gran contención conceptual que se activan en fórmulas secretas, suspendiendo la contemplación para hacernos caer en el País de las Maravillas.

CAROLINA LARA B.

Juan Luis Martínez, por Carolina Lara | artnexus