Crónicas eventuales, el título de la exposición de Jorge Macchi en Ruth Benzacar, combina dos palabras con significado opuesto para originar, así, nuevos sentidos. Aquello que es crónico ocurre con periodicidad, es largo, se prolonga en el tiempo. En cambio, lo eventual está sujeto a cualquier contingencia, puede suceder o no. Juntos, lo crónico y lo eventual producen una intermitencia singular.
En el inicio de la exposición hay un enorme neumático titulado 24 horas (2010), como el que utilizan los talleres mecánicos a modo de letrero, que lleva pintado una flecha y la inscripción “24 hs”. Macchi nos coloca ante la rueda del tiempo. Las horas vuelan, el mundo gira, nada se detiene. Luego, situado al fondo de la galería, está instalado el video 10:51 (2009). La imagen proyectada de un reloj juega con los límites espaciales de la sala: exactamente a las 10:51, las dos agujas del reloj parecen chocar contra el techo de la galería. Ahora si, el tiempo para. La manecilla que marca los minutos intenta avanzar pero no logra hacerlo, retrocede y vuelve a intentarlo, obstaculizada por la presencia real del cielorraso. Está trabada en ese movimiento, congelada en un segundo. La oposición de estas dos obras, 24 Horas y 10:51, marca el tiempo diferenciado que propone la exposición. En el tictac constante, Macchi aísla pequeñísimos hiatos, narra algunas historias probables de las miles que podrían ser posibles.

Crónicas eventuales está plagada de o juegos con el doble sentido de imágenes y palabras. La fotografía Fragata (2009), por ejemplo, retrata una caja de fósforos inclinada sobre un fondo azul. Los fósforos son marca “fragata”, muy común en Argentina, y tienen un buque dibujado en su caja. El buque se hunde entonces en el mar. La acuarela Liberación I (2009) es una hoja blanca, arrancada de una libreta, en cuyo margen quedaron las perforaciones típicas de la espiral que la sujetaba a las demás páginas del bloc. Esparcidos en la cara de la hoja, en varios colores, hay pequeños cuadraditos pintados, cada uno de igual forma y tamaño que los agujeros del margen. Los cuadraditos de colores se liberan así de la fila recta de cuadraditos perforados. Macchi elude el discurrir habitual de la lógica, produce desconcierto al frustrar las respuestas aprendidas. Sus juegos de sentido tienen una inteligencia similar a los puns de otro artista, Bruce Nauman, quien llevó la incongruencia al extremo, desbarató expectativas y presentó otra manera de entender el mundo. Recuerdo que Peter Schjeldahl escribió que, al salir de la retrospectiva de Nauman, se sentía golpeado, vapuleado por la desazón de advertir que sabía menos de lo que creía que sabía. Las obras de Macchi, sin embargo, no dejan ese resabio amargo en los labios. Todo lo contrario. La tensión de sus giros interpretativos se concentra en objetos cotidianos. Macchi trabaja con aquello que nos resulta familiar y bien cercano, afectivo. Quizás por ello sus transformaciones no causan angustia. El suyo es, valga la contradicción, un desencanto encantador. Si bien las cosas ordinarias pierden la función que normalmente les atribuimos –hay una perversión, un cambio del estado de las cosas–, ganamos una nueva manera de relacionarnos con ellas. Macchi, sin duda, hace una diferencia. Cambia modestamente el día a día.
My wave (2009) es un plano de color celeste que se extiende en uno de los muros de la galería. Mirar esa obra es como mirar el cielo. Incluso una pequeña tarima, ubicada junto al mural, permitiría ganar altura para contemplar, parados en ella, el horizonte dilatado. Aunque es obvio desde el vamos que la inmensidad azul está pintada. Macchi exhibe aquí su franca gestualidad. Se ven las marcas rápidas de la brocha gorda del pincel. Hasta la tarima, de color blanco, está salpicada de pintura celeste. No hay simulación. No hay trompe l’oeil. My wave podría ser un telón que da la sensación del cielo natural o de amplitud ambiental, pero que manifiesta de inmediato toda su teatralidad, se presenta justamente como representación, como engaño escenográfico. Macchi comentó, respecto de sus obras: “No hay tragedia, el código es la exacerbación del artificio […] Como pasa con el teatro, uno sabe que todo es artificial y sin embargo nos conmueve”. El romántico firmamento de My wave muestra como falso su efecto de profundidad, de la misma manera que una cañita voladora explota en la noche sólo para extinguir su luz. La pólvora de esos fuegos de artificio –abiertos, aleatorios, sin pretensiones de fijar la realidad– enciende la emoción, perturba e inquieta. Fuegos de artificio fue, precisamente, el título de otra exposición de Macchi en Ruth Benzacar, en 2002, que continuaba la “Música incidental” de una muestra anterior, allí mismo, en 1998. Hoy, Crónicas eventuales corrobora y continúa la mirada que ya estaba latente en estas exposiciones precedentes. Macchi ofrece visiones incisivas, revelaciones, siempre con humor e indeterminación; provoca reacciones íntimas; atiende al pulso de la vida diaria; trabaja con la ficción y la transformación; encuentra, sobre todo, a contramano del sentido común, un extraño orden en el azar.
FLORENCIA MALBRÁN
