Franco Manterola (Ciudad de México, 1957). El artista vive entregado a una lucha formal con sus materiales (que se impone literalmente en sus cuadros), que se traduce en ecos cromáticos y transparencia que dejan intuir un campo de abstracción tras lo meramente figurativo. La mancha en el cuadro brilla, desnuda de atributos, como un protagonista emocional en sus cuadros.
Los temas y motivos japoneses y chinos son una excusa. Pájaros y ramajes, mínima evocación del paisaje que resulta de una retórica aprendida o robada, se conjuran en su evidencia para disolverse en el patrón de un múltiple tapiz que apela a la simetría como un último sentido posible. El paisaje se pierde, literal, desde el instinto que resuelve las tensiones hechas de color y emplaste, para resumirse como un esquema esencial, punto de partida escondido en la provocación lírica que se señala desde los elementos que constituyen la composición.

Los pájaros, transcritos con la prolijidad taxonómica del aficionado a la ornitología, no son tanto los puntos de tensión necesarios como representación del momento transcurrido. Sin imposiciones flagrantes que redundan como accidente preciosista en la trama del tapiz que se desdibuja desde lo orgánico. Están ahí, sobre los retablos, como los convidados impertinentes que son: un lugar y una ocasión, siempre prontos a desaparecer en el salto y vuelo, atrapados como metáfora de su ruido.
Manterola no va en pos de dobles o triples lecturas en su ansia de significación, como monje zen va en pos de la nada, que brilla y se escurre entre los resquicios de sus reticulados como la falla que tienen de por sí los recursos de este mundo para la representación del siguiente: su tema es lo inasible.
El trazo reticular sirve de red para un paisaje abolido. El diagrama cartesiano lo señala como el patrón para un mosaico posible que se arma –en su juego de simetrías– a partir de accidentes, fuerzas elementales e intemperie. El nombre de estos retablos (Amanecer, Atardecer) lo etiqueta en esa evidencia. Hoja de oro (o de plata) que se tizna, que se ve atacada por una pátina que la transforma, con una sutileza brutal, en el hecho de un paisaje. Luz, sólo luz, refractada, si fuera posible, hecha de instantes que se sobreponen para hacerse uno solo, tan imperecedero como inasible.
La emoción –el ataque que se le inflige a la madera– no es más que un gesto hacia lo abstracto. Entre tema y representación, Manterola deja a la tradición escurrirse para delatar fuentes y provocar, desde la violencia, la transcripción de algo que se quisiera todavía madera, más como esencia que como material. El retablo se hace manifiesto como una suma de atisbos, elementos que brillan en el rigor de lo mínimo. Al ser sobreimpuestos transcriben los patrones simétricos en los que aparece, como tentación insalvable, lo figurativo. Los pájaros, insisto, más que una contingencia, son eso que –capturado– resuelve una composición que no puede existir antes o después de ese momento. Los quiere como una estridencia, como lo son también las latas de té que usa para uno de los retablos: es una forma de risa, digna de un santón, un provocación que igual se redime que se conjura en la vocación que se le puede achacar. Los pájaros y ramajes son la perpetuación –siempre artificial y dada al adorno– de un momento presente, que se continúa como ideal parmenídeo, como conjura desesperada del tiempo, en la posibilidad de lo inmóvil.
RICARDO POHLENZ
